Fue el asesinato político más relevante de la historia reciente de Brasil. En marzo de 2018, bajo el gobierno de Michel Temer, varios sicarios asesinaron a tiros a Marielle Franco, estrella emergente de la izquierda carioca y concejala del Partido Socialismo y Libertad (PSOL) en Río de Janeiro, junto a su acompañante. Un crimen que no sólo tenía un tinte terrorista y político, para amedrentar a los movimientos populares, sino que implicaba a destacadas figuras de la policía y del poder económico de la ciudad.
Dos ex policías militares fueron condenados en 2024 como los autores materiales del asesinato de Marielle Franco, pero es ahora, cuando se ha juzgado y condenado a dos poderosos políticos locales -los hermanos Domingo y Chiquinho Brazão- como autores intelectuales, cuando se ha terminado de hacer justicia.
Casi ocho años después del crimen, Brasil aún se estremece al recordar el asesinato a tiros de Marielle Franco, entonces de 38 años y concejala izquierdista carioca, defensora de las minorías étnicas y sexuales, y siempre feroz contra el racismo y la LGTBIfobia. No es la única: la violencia política de extrema derecha, con vínculos con la policía y el ejército, se ha cobrado las vidas de unos 700 brasileños, entre electos y activistas, en los últimos 20 años.
Por eso, el juicio contra los autores materiales e intelectuales del asesinato de Marielle sabe a victoria, a precedente de peso en la lucha contra la impunidad y por depurar de elementos fascistas -es decir, bolsonaristas- las cloacas de los cuerpos armados no sólo de ciudades como Rio de Janeiro, sino de todo Brasil.
Los hermanos Brazão lideraban una mafia policial en Río que se dedica a la extorsión y los negocios inmobiliarios, asegurándose feudos electorales y total impunidad. Junto a estos capos, un detective de la policía de Río fue arrestado, sospechoso de obstruir las investigaciones y participar en el crimen.
La sentencia deja claro que el asesinato de la concejala izquierdista perseguía un doble objetivo: eliminar una opositora política que, como parte del PSOL suponía un obstáculo a sus intereses económicos y, de paso, enviar un recado a cualquiera que se atreviera a imitarla.

