Los que recogían las nueces

“Los inmigrantes tienen la culpa de que Euskadi no sea independiente” (X. Arzallus)

Conviene recordar dos hechos imprescindibles para comprender la naturaleza del terror de ETA.

El 20 de agosto de 1981, Arzallus se reunió en secreto en el sur de Francia con los dirigentes de ETA-pm, justo cuando estaba debatiendo si proseguía con la tregua anunciada o reanudaba la actividad criminal. Para recordarles que las negociaciones del nuevo estatuto no estaban cerradas, y era necesario que ellos siguieran intimidando. 

En 1990, Arzallus volvió a reunirse en secreto con ETA para firmar el pacto de Lizarra, y estableció una famosa “división del trabajo”: “No conozco de ningún pueblo que haya alcanzado su liberación sin que unos arreen y otros discutan. Unos sacuden el árbol, pero sin romperlo, para que caigan las nueces, y otros las recogen para repartirlas. Antes, aunque sin un acuerdo explícito, había un cierto valor entendido de esta complementariedad”.

A este pacto le siguió la escalada de terror de ETA, sobre la que se asentó la ominosa década de los gobiernos de Ibarretxe. Que llegó a proponer excluir a la mitad de la población vasca, la de origen inmigrante o que no estaba dispuesta a renunciar a ser española, del censo de vascos de pleno derecho.

No pueden entenderse los 43 años de terror, en Euskadi y en el resto de España, señalando solo a ETA. Sin tener en cuenta que en el PNV coexisten dos almas, por un lado un nacionalismo democrático, pero por otro sectores -representados por los Arzallus, Ibarretxe, Eguibar…- que defienden una línea basada en concepciones etnicistas y totalitarias.

Para imponer sus planes de ruptura y sus proyectos étnicos a la sociedad vasca, estos sectores más reaccionarios del PNV necesitaban recurrir al terror para doblegar la resistencia de la mayoría.

Eran los Ibarretxe y Arzallus quienes señalaban a colectivos como “enemigos de Euskadi” que luego eran objetivo de ETA. Resucitando las teorías más racistas de Sabino Arana para señalar quien es vasco y quien no. Fomentando el odio a España y a todo lo español. Justificando el terror de ETA como consecuencia lógica del «conflicto político» que vive Euskadi. Utilizando el poder autonómico para sostener y amparar el entramado del terror.

Conviene recordarlo ahora que el PNV ofrece, de la mano del actual lehendakari, Iñigo Urkullu, un cara mucho más suave y pragmática. 

Fue un cambio obligado. El rechazo de la sociedad vasca a los delirios etnicistas les condujo a una perdida acelerada de apoyo social, hasta ser desalojados -por primera y única vez en la historia democrática- del gobierno vasco. Solo entonces, el PNV retiró de la primera plana política a los Arzallus e Ibarretxe, adoptando otra cara.

Si hubo miembros del PNV, algunos destacados como el ex alcalde de Vitoria José Angel Cuerda o Joseba Arregui, que respaldaron a la rebelión democrática. Pero Urkullu era un alto dirigente del PNV en los peores tiempos de Ibarretxe. Y no se recuerda ni una sola ocasión donde lo denunciara. Y personajes como Joseba Eguibar -máxima expresión del fanatismo etnicista- siguen ocupando hoy puestos de alta responsabilidad en el PNV.

 

 

 

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