¿Por qué todos hablan ahora de la necesidad de una "segunda transición"?

Lo que la “nueva transición” esconde

Hoy todos, a derecha y a izquierda, hablan de la necesidad de una “segunda transición” que afronte los cambios que necesita España. Pero ya vivimos una transición, abierta con la restauración democrática y cerrada con la dimisión de Suárez, de la que nadie quiere hablar, y cuyos pilares, mucho más allá del bipartidismo o los “vestigios del franquismo” siguen determinando la polí­tica española.

La verdadera “segunda transición”Se ha convertido en un lugar común de la política española hablar de la “segunda transición”. Lo hace Pablo Iglesias, para reclamar “el inicio de un régimen político distinto, donde los protagonistas fundamentales de los cambios no sean las élites políticas y económicas, sino los ciudadanos”. Pero también María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP, para exigir “en el ámbito de la moderación”, un acuerdo entre “los partidos constitucionalistas”, es decir PP, PSOE y Ciudadanos. Incluso el PNV acaba de presentar su propuesta de “una segunda transición para Euskadi”, con “el reconocimiento de la nación vasca y la institucionalización del derecho a decidir”.

Todos ellos eliminan la “segunda transición” que realmente ocurrió. Y lo hacen con un interés.

Como los lectores podrán comprobar, el periódico de nuestro partido publicó ya en enero de 1981 un editorial titulado precisamente así: “La segunda transición”.

En él se establecía como la agudización de la disputa entre las dos superpotencias, EEUU y la URSS, en el momento álgido de la Guerra Fría, había triturado las bases sobre las que se construyó la primera transición. “Al eliminar la “segunda transición” que realmente existió se nos oculta el dominio norteamericano y su capacidad de intervención sobre nuestro país”

La exigencia perentoria de EEUU de que España se incorporara de forma inmediata a la OTAN obligaba a prescindir del consenso con la izquierda que había permitido la consolidación del entonces nuevo régimen democrático.

Y el estricto encuadramiento de España en el frente antisoviético exigía eliminar las “veleidades neutralistas” de un Suárez que no solo se negaba a integrarse en la OTAN al toque de pito norteamericano, sino que recibía con honores de jefe de Estado a Yassir Arafat, considerado como terrorista por Washington, o incluso llegó a enviar un observador a la Cumbre de los Países No Alineados celebrada en La Habana.

Al mismo tiempo, la otra superpotencia, la URSS, movía también sus hilos para colocar al PCE, que con Carrillo gozaba de un relativo margen de autonomía, total y completamente a su servicio.

Las presiones de Washington y Moscú se tradujeron precisamente en la decapitación de las líneas que representaban tanto Suárez como Carrillo.

Para conseguir su objetivo, EEUU estaba dispuesto, si ello era necesario, a sacrificar la naciente democracia. Y el 23-F, que el secretario de Estado norteamericano calificó como “un asunto interno de España” para no mover un dedo, así lo confirma.

Después de Suárez se impuso como ley máxima de la política española que los distintos proyectos políticos que gobiernen no deberán salir ya de los estrechos límites que marca ser un peón del hegemonismo. Felipe González, Aznar, Zapatero y Rajoy serán los hombres encargados de ejecutarlo.

Este grado de intervención y control imperial -y no el “modelo económico neoliberal”- es el que ha permitido que en España se nos condene, junto al resto de PIGS, a sufrir un saqueo sin límites impuesto a golpe de mandatos del FMI o de la UE.

Y esto, el dominio norteamericano y su capacidad de intervención sobre nuestro país, es lo que se nos oculta al eliminar de un plumazo la “segunda transición” que realmente existió.

Detrás de cada “transición” hay un imperioEn julio del año pasado, Pablo Iglesias publicó un artículo titulado “Una nueva transición” que posteriormente se convirtió en un libro. Donde planteaba la necesidad de un cambio afirmando que “hemos vivido muchos avances durante los últimos 40 años, pero quizá sea hora de decir: ‘Muchas gracias, 1978. Hola, 2016”.

El secretario general de Podemos comenzaba su artículo recordando “la genial Queimada de Guillo Pontecorvo”.Todo un acierto, porque en ella Pontecorvo, un director comunista, nos desvela la intervención imperialista, también detrás de algunos “cambios” y “transiciones”, presentadas bajo causas “liberadoras”. Estableciendo que ningún cambio real puede suceder sin acabar en primer lugar con el dominio imperialista.

Si valoramos desde aquí la transición española, el relato es muy diferente al que presenta Pablo Iglesias, cuando afirma que “nuestra exitosa Transición” fue “un proceso de metamorfosis pilotado por las élites del franquismo y de la oposición democrática que hizo que España pasara de ser una dictadura a transformarse en una democracia liberal homologable”. Recordando como la “correlación de debilidades” entre estas dos fuerzas forjó el pacto de la transición.

Claro que “las élites del franquismo” y “la oposición democrática” intervinieron en la obra, pero el director era otro.No se puede contar la transición, ni el curso el nuevo régimen democrático, sin colocar en primer plano a EEUU.Numerosos investigadores e historiadores han aportado una catarata de pruebas en libros, e incluso en películas o series de televisión, que desvelan aspectos claves de la intervención norteamericana en la transición. “Tras la forzada dimisión de Suárez se impuso como ley máxima de la política española que los distintos gobiernos no deberán salir ya de los estrechos límites que marca ser un peón del hegemonismo”

La lucha popular provocó la quiebra del franquismo. Pero Washington intervino dirigiendo el proceso del cambio de régimen para que su dominio y capacidad de intervención saliera reforzada en la nueva democracia.

Existen algo más que dudas razonables acerca de que detrás de ETA, la mano ejecutora del atentado contra Carrero Blanco, el delfín de Franco que se negó tajantemente a aceptar la apertura del régimen que Washington demandaba para dar estabilidad a su dominio, estaba la CIA.

Y muchos de los hilos en la operación de “acoso y derribo” que obligó a dimitir a Adolfo Suárez, el presidente que se negó a aceptar la integración inmediata en la OTAN que EEUU exigía en los momentos álgidos de la Guerra Fría, vuelven a conducir hacia la intervención norteamericana sobre la política española.

Negar el pasado para borrar el presenteAl hacer desaparecer, como hacen desde la derecha más rancia hasta Pablo Iglesias, la intervención norteamericana de nuestro pasado reciente se la elimina también del presente.

La forma que adoptó el régimen político tras la destitución de Suárez, el bipartidismo que concentraba en torno a un 80% de los votos, ha entrado en quiebra también por la intervención exterior.

El proyecto de saqueo contra el 90% impuesto desde EEUU provocó primero la crisis del PSOE con Zapatero, y ahora está llevando al PP de Rajoy a los infiernos.

El modelo político con que el hegemonismo y la oligarquía habían impuesto su dominio en las últimas décadas ya es poco menos que inservible. Lo que ha impuesto la necesidad de introducir cambios en el actual modelo político y en el propio régimen.

A través de una “reforma política controlada”, iniciada con el relevo en la Corona, y que ahora debe extenderse al resto de aparatos del Estado, cuyo objetivo último es reconducir y encuadrar el movimiento popular ya hacer aún más profundo el dominio del hegemonismo sobre España.

Así sucedió tanto en la primera como en la segunda transición. El cambio de régimen acabó fortaleciendo el dominio de la oligarquía y de Washington o Berlín sobre España. Y tras la defenestración de Suárez se eliminó cualquier veleidad neutralista de la política española.

Claro que la “segunda transición” que ahora se nos ofrece va a provocar cambios, en la lucha contra la corrupción, en una regeneración democrática… que le permitan alcanzar el imprescindible consenso social.

Pero si hacemos desaparecer el aspecto principal, la intervención exterior que fue la clave de la “segunda transición” en 1.981, derribando a Suárez, volveremos a sufrir los mismos resultados.

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