82º edición de los Oscar

Las recetas de oscar

El mensaje que se representará en la gala resume las recetas que vienen prescribiendo “el emperador negro”, más allá de los lí­mites del Imperio. Ante cómo resolver la crisis a su favor, cómo mantener las fronteras imperiales, y la preponderancia del sistema de valores del “american way of life”.

Al cierre de esta edición se mantiene la exectación respecto a cuál será el resultado de la gala de los Oscar. Suele decirse que todo es posible y que las sorpresas llegan cuando menos te lo esperas, aún conociendo las favoritas. Pero sin esperar a los resultados y adelantándonos a ellos, podemos señalar los claroscuros, su tendencia dominante y, sobretodo, rescatar a la gran olvidada, “The Road”, de John Hillcoat, con Viggo Mortensen y la participación del director de fotografía español, Javier Aguirresarobe. Fabrica de opinión A estas alturas no es necesario aclarar la función que cumple la gran maquinaria de Hollywood para crear “modelos de comportamiento, elementos de cultura cotidiana, individualismo político…” (Dr. Sánchez Noriega, “El verdadero poder de los medios de masas”). Aún así mencionaremos un par de referentes. Por una parte el libro/documental “Operación Hollywood” de David Robb – reportero de Variety y The Hollywood Reporter -, en el que se detallan las relaciones de la meca del cine con el Pentágono, sus acuerdos, autocensura, y la participación de “consejeros técnicos” en cualquier rodaje que precise material militar de alto coste, que imponen condiciones innegociables en el contenido del guión y el rodaje de las escenas. Y por otra “La CIA y la guerra fría cultural”, artículo de James Petras recomendando el libro del mismo título de la autora Frances Stonor Saunders: “la CIA realizó congresos culturales, montó exposiciones y organizó conciertos […] tradujo a autores conocidos que seguían la línea de Washington, patrocinó el arte abstracto para contrarrestar el arte con algún contenido social y, subvencionó a periódicos, por todo el mundo […] La propaganda más efectiva era definida por la CIA como aquella en la que ‘el sujeto se mueve en la dirección que uno desea por razones que cree son propias.’” Este año Hollywood ha apostado por la “calma chicha”, no remover las aguas y potenciar los aspectos más “positivos” de la era Obama. Hay que “remontar las encuestas en contra” y cohesionar en los aspectos ideológicos fundamentales de su política. Respecto a lo ya dicho sobre la orientación y censura en la producción de guiones, debemos contar además con los seis mil socios de la Academia. A las diferentes fidelidades existentes en la industria hay que añadir, en la época de los weblogs, que los jefes de prensa activan durante la campaña de selección de las nominaciones un ejército de bloggeros que bien serían capaces de derrocar a un gobierno. Puede que se convierta en un escándalo que el coproductor de “En tierra hostil” haya enviado emails a sus compañeros haciendo campaña por su película, algo que prohíben las normas, pero nadie puede considerar que la multimillonaria Avatar compite en condiciones de igualdad con “Moon”, galardonada como la mejor película del cine independiente británico, y que ha sido retirada por su propia distribuidora, Sony, como candidata. Poli bueno, poli malo Lógicamente no podemos obviar lo evidente. Una película que ha proporcionado beneficios históricos en taquilla a la industria debe ser reconocida y galardonada. En el caso de obtener el Oscar a la Mejor Película, Avatar sería la cinta premiada con más recaudación de la historia de Hollywood. Pero de lo que aquí se habla es de opinión, es decir, de guión. O lo que es lo mismo, quién lo dice, cuándo lo dice, y para qué lo dice. Y en este sentido los Oscars apuestan por las recetas de Obama. En primer lugar Avatar despliega una de las características más propias del cine de altos vuelos made in Hollywood, la alta tecnología… militar. Exhibir increíbles posibilidades tecnológicas cuando existen las condiciones para hacerlo sin que su uso en otros campos pueda ser cuestionado. En este sentido incluso la ciencia ficción es más veraz que cualquier novela de Julio Verne. Podemos encontrar algunos ejemplos en “Enemigo público”, estrenada en 1998 y protagonizada por Will Smith, en la que imágenes sorprendentes mostraban la capacidad del sistema de satélites norteamericano para el seguimiento y el espionaje. Entre 1999 y 2001 estalló el escándalo de la red “Echelon” con 120 satélites espía y bases en Reino Unido, Australia, Canadá… o “El ultimátum de Bourne” en la que, con un “más difícil todavía”, los servicios de inteligencia norteamericano enseñaban con precisión sus métodos para rastrear emails, móviles, palabras en la red, etc. La película fue estrenada en el 2005, dos años después de que saltaran todas las alarmas ante las denuncias de espionaje contra “Carnivore”, el programa espía desarrollado por la CIA. En este caso, Avatar presenta la capacidad de los científicos norteamericanos de reproducir genéticamente un cuerpo y controlar su mente desde un laboratorio. ¿Solo ciencia-ficción?. Bajo el mandato de Clinton tuvo que ordenarse la desclasificación de documentos secretos, – con excepciones que acabaron reduciendo la información a nada – ante las denuncias de la asociación ACHES-MC, formada por familiares de los afectados por el proyecto Mkultra, en el que se experimentó con diferentes sustancias la posibilidad de controlar la voluntad de los individuos con miras a su desarrollo militar. Más investigaciones apuntan en esta dirección y la simple sospecha asusta. Moralmente, solo pensarlo es profundamente reaccionario. Y no precisamente por sus posibilidades en el terreno de la ciencia ficción, cosas más “terribles” hacen las delicias de los aficionados al cine de terror o fantástico. Sino por el contexto: un planeta invadido con el objetivo de explotar un mineral valiosísimo, y dos formas de hacerse con él. A través de la fuerza, del ejército – poli malo -, o a través de la negociación y la confianza ganada mediante la infiltración y la “emulación pacífica” – poli bueno -… algo así como lo que pretendió presentar Obama – o Clinton, o Carter – frente a la línea Bush – o Reagan, o Bush padre -. El tiempo – más bien la ofensiva en Afganistán, el golpe de Estado en Honduras, los marines en Haití… – han aclarado de qué tipo de negociación hablaba Obama. Al mismo tiempo “los buenos” de la película no son “burdas” y simples personas, embrutecidos trabajadores o “ignorantes” habitantes de un país remoto, sino idílicos indígenas de cuerpos cuasi puros en perfecta conexión y armonía con la naturaleza, de tal manera que todos, animales, plantas, y el propio planeta, forman parte de una misma inteligencia natural que almacena en su interior hasta los recuerdos y la sabiduría colectiva. Lo que el invasor busca es el mineral, pero lo que los indígenas defienden no es el progreso y el desarrollo independiente – la gestión de sus propios recursos -, sino la conservación de ese idílico estado primitivo. A parte de los inevitables referentes inconscientes a la prolífica carrera ecológica de Al Gore, después de que EEUU se haya lanzado a frenar el desarrollo de las nuevas potencias emergentes como India, Brasil o China, en nombre de la defensa del medioambiente, los términos ideológicos de Avatar no quedan limitados al terreno artístico, evidentemente. “Nuestros muchachos” “En tierra hostil” se presenta como la rival inmediata de Avatar y ha sido la gran triunfadora de los BAFTA, los oscars británicos. En ella se recupera la vieja “tradición” del héroe de guerra, el orgullo por “nuestros muchachos”: un norteamericano medio, valiente hasta la temeridad, que padece el horror y el pánico pero dentro de una adicción desmedida a la adrenalina del campo de batalla. Cuando vuelve a casa solo puede pensar en el frente y, por eso, sabe que allí está su sitio. Mientras los ataúdes siguen llegando a los aeropuertos estadounidenses y las familias siguen enterrando a padres, hijos y hermanos, la popularidad de Obama y sus promesas electorales chocan con la realidad de su política en Irak y, especialmente, en Afganistán. No sirven ya los panfletos del “eje del mal”, es necesaria una factura más humana, “sensible” con el pueblo invadido. En la película, el protagonista hace amistad con “Beckham” un niño que vende películas piratas a los soldados. Mientras el enemigo utiliza a los niños como bombas-humanas, el buen soldado es capaz de sacrificar su vida por salvarle. Levantando la bandera de la tragedia humana y el conflicto personal de los soldados, el director decide dónde dirige el objetivo. En el 2009 los suicidios en el ejército norteamericano aumentaron un 1.400% respecto al año anterior. Son los datos más escandalosos desde que se empezaron a registrar los suicidios en las tropas, en 1980. La crisis es una oportunidad Por último, entre las tres favoritas, está “Up in the air”, protagonizada por George Clooney. Un ejecutivo que trabaja para una gran empresa especializada en despidos masivos nos ilustra sobre cómo la crisis puede aprovecharse para “hacer todo aquello que siempre quisiste hacer”. El apuesto “despedidor” comprende la tragedia personal de cada uno, los acompaña en su sufrimiento y les aconseja – dossier incluido – a cerca de cómo deben “crearse nuevos hábitos para recuperar pronto la normalidad”. Una normalidad que, por su puesto, pasa por no demandar a la compañía… ni suicidarse, que da muy mala imagen. La cinta nos presenta como cotidiano los más despreciables chantajes emocionales, en los que el cariño de los tuyos compensa todo lo que haya que tragar, hasta el punto de buscar el agradecimiento hacia el “despedidor”. Él sabe que está haciendo algo que no está bien, pero puestos a pasar este “mal trago”, mejor hacerlo lo más “humanamente” posible. Para más inri, el sistema de valores que ensalza la película juega entre la “mansa y floja” vida familiar y el ultraindividualismo talibán: las relaciones con los demás, el compromiso y la unidad más allá de uno mismo pesan como una losa. La libertad es la del que no tiene nada más que el compromiso con su trabajo. Y ¡menudo trabajo!. En definitiva, el rebelde, el que vuela por encima de los demás, es el que reniega de la familia, los amigos, las relaciones, los compromisos… ¿que ha de vender su alma al diablo?, no importa, total, al resto no le queda más que agachar la cabeza, engrosar las listas del paro y contentarse con lo que tienen. “Por lo menos me queda el cariño de mis hijos y los sueños que abandoné por pagar la hipoteca”. Mientras cientos de miles de trabajadores son despedidos en EE.UU., “Up in the air” busca amansar a la fiera, consciente de que lo peor está por llegar. De lo malo, lo peor Hemos de dedicar unas líneas a la película “revelación” que se disputa la estatuilla a la Mejor Película: “Precious”. Aunque no disponemos de espacio para abordarla debidamente, han de separarse aquí dos aspectos fundamentales de esta enorme película. Por una parte, esta producción “independiente” que ha contando con Ophra Winfrey entre sus productores ejecutivos, ha sabido desentrañar lo políticamente incorrecto, mostrar la realidad de millones de habitantes de los barrios periféricos norteamericanos – dominantemente negros e hispanos – enfrentándose a un callejón sin salida, sumido en la desesperación como proyecto y la degeneración moral. Sin embargo, para en el tema que nos ocupa, la película perdona y comprende. La brutalidad de Harlem o el Bronx usa como contrapunto la “envidiable” felicidad de las clases medias, que “por lo menos” no deben sufrir hasta la degradación física y el insulto como lenguaje. Hay futuro para ellos “¿por qué no he de tenerlo yo?”. Y es aquí donde “The Road” pone los puntos sobre las íes. Basada en el libro del mismo nombre de Cormarc McCarthy, “La carretera” narra la historia de un padre y su hijo caminando hacia el sur, buscando la costa, después de una hecatombe. No existe el Estado ni las instituciones, el sistema ha implosionado y la humanidad se ha convertido en un desierto de ruinas y ceniza en el que la gente lucha por sobrevivir, enfrentándose a los nuevos enemigos, bandas fascistas de caníbales que actúan como pequeños “señores de la guerra”. La tragedia no es la humanidad sino la tragedia en sí misma. El amor entre padre e hijo desborda la pantalla con verdad cortante. Y es desde esta relación que el autor reconstruye todo un sistema de valores, el de “los portadores de la llama”. Lo que importa no es sobrevivir, sino ser de “los buenos” … y sobrevivir. Una pasión tan poderosa y trágica al mismo tiempo – hay que ver la película -, que podría construirse cualquier cosa sobre ella. La película lo dice alto y claro: por donde nos están llevando acabaremos sumidos en la barbarie; y frente a la destrucción, el amor de la gente por los suyos – incluso siendo desconocidos -, por vencer y no ser vencidos, es indestructible. Cierto es que otro universo aparece también en cuanto se dirige la mirada a la candidata argentina al Premio a la Mejor Película de habla no inglesa, “El secreto de sus ojos”; una coproducción hispano-argentina en la que participa Gerardo Herrero con Tornasol Films. Pero salvo sorpresas en boca de los premiados, que nunca son descartables, aunque sí difíciles dado el grado de narcotización en un sector importante de la intelectualidad norteamericana, generado por el efecto Obama, el mensaje que se representará en la gala, y que ha de quedar, resume las recetas que vienen prescribiendo “el emperador negro”, más allá de los límites del Imperio. Ante cómo resolver la crisis a su favor, cómo mantener las fronteras imperiales, y la preponderancia del sistema de valores del “american way of life”.

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