Especial EEUU

Las primeras medidas de Biden

«No hay tiempo que perder», parece ser la consigna de la administración Biden. En el primer día de su mandato, el nuevo presidente de EEUU firmó diecisiete órdenes ejecutivas que suponen un giro de 180º respecto a importantes pilares políticos de Trump, mostrando una clara voluntad de borrar sus huellas en aspectos como la gestión de la Covid-19, la migración o el cambio climático. Sin embargo, su puesta en marcha deberá contar con al menos una parte de los republicanos y medirá su margen real de maniobra.

Las primeras medidas de Biden están pensadas a la luz de empezar a resolver algunos de los principales problemas internos y externos de la superpotencia.

La más acuciante necesidad de EEUU es atajar una pandemia que ya ha causado más de 420.000 muertos -casi dos veces y media el número de bajas norteamericanas durante toda la II Guerra Mundial- y 25 millones de contagios (10 millones de ellos activos) y en aumento. Una catástrofe sanitaria que además de sus hondas repercusiones sociales es en lo económico un auténtico agujero negro para la superpotencia.

Biden ha firmado un decreto que obliga a los estadounidenses a llevar mascarilla en edificios públicos y  medios de transporte, algo a lo que muchos Estados se resisten. Además impondrá una dirección mucho más centralizada, coordinada y acorde a las recomendaciones científicas en la contención de la pandemia, lanzando un plan que pretende extender a 100 millones los estadounidenses vacunados en los 100 primeros días de mandato (de momento solo lo han hecho 17 millones).

El nuevo presidente quiere invocar la Ley de Producción de Defensa, pensada para tiempos de guerra, y que permite forzar a las empresas privadas a colaborar en la producción de suministros críticos, tales como mascarillas, EPIs y material médico, que escasean en muchos Estados. Sin embargo, Biden ha advertido a los estadounidenses que la cifra de fallecidos por el virus probablemente alcanzará el medio millón el mes próximo, y que su administración tardará meses en “dar la vuelta a las cosas”. 

La segunda prioridad de Biden es impulsar en el Congreso un enorme paquete de ayudas públicas por valor de 1,9 billones de dólares para mitigar el impacto de la pandemia. Este paquete está dividido en dos iniciativas legislativas, e incluye una nueva remesa de pagos directos a los ciudadanos y un aumento del salario mínimo hasta los 15 dólares la hora. 

La rapidez o lentitud de la tramitación en el Capitolio de estas ayudas va a ser un buen indicador de cuál es la correlación de fuerzas legislativa con la que cuenta la nueva administración. Los demócratas tienen una exigua mayoría en el Congreso y controlan por la mínima el Senado, y necesitarán que la parte moderada del partido republicano -la que ha roto públicamente con el trumpismo- acepte, precio político mediante, la implementación de sus políticas.

Otra de las medidas con las que la administración Biden traza una línea divisoria con la anterior es el entierro de los aspectos más sangrantes de la política migratoria de Trump. El presidente ha enviado un proyecto de Ley al Congreso que daría la ciudadanía a más de 11 millones de inmigrantes indocumentados. Algo que -no se le escapa a nadie- significa una enorme bolsa de votos en la aguda contienda entre fracciones dentro de la clase dominante norteamericana. 

Biden también va a resucitar el programa DACA, clausurado por Trump, y que protege a los llamados «dreamers», los menores ilegales que llegan al país, y va a reunificar a medio millar de niños indocumentados -hoy cruelmente retenidos- con sus padres. Si bien Biden mantendrá las restricciones de llegada de extranjeros por covid, ha eliminado la prohibición de entrada a EEUU desde países musulmanes. 

Asimismo, Biden ha dado la orden de detener el proyecto estrella de Trump: el muro fronterizo entre EEUU y México, algo a lo que muchas veces ha llamado «una pérdida de dinero» que «desvía recursos críticos de las amenazas reales». Ante las dificultades para lograr que el Congreso autorizara la financiación, Trump había desviado miles de millones del presupuesto de Defensa para destinarlos a su Muro.

En el plano social, el nuevo presidente ha dado órdenes para que todas las agencias del gobierno tomen medidas para combatir el «racismo sistémico» e implanten políticas de equidad, lo que podría ser la antesala a leyes que promuevan lo mismo en las filas de la policía, algo que vienen reclamando movimientos como «Black Lives Matter». 

Con estas medidas “sociales”, Biden trata de meter mano a hondos antagonismos que han causado en 2020 agudos estallidos, con disturbios y toques de queda en cientos de ciudades tras las noticias de asesinatos de afroamericanos a manos de la policía. 

En el plano internacional hay dos movimientos inmediatos. Una es volver al seno de la Organización Mundial de la Salud (OMS), agencia de la ONU de la que Trump sacó a EEUU acusándola de ser pro-China. Con ello Biden marca su voluntad de que vuelva a ser Washington -y no Pekín- el que lidere los organismos globalistas.

Y otra directiva da la orden de que EEUU vuelve a unirse a los compromisos de Acuerdo Climático de París, lo cual quiere decir que a lo largo de 2021 la Casa Blanca deberá concretar cómo va a reducir drásticamente la emisión de gases de efecto invernadero, lo cual sin duda tendrá un importante impacto en diversos sectores productivos y en la batalla entre fracciones. Biden está decidido a que EEUU no pierda el tren de la «revolución industrial verde» que de otro modo liderará Europa… o incluso China.

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