SELECCIÓN DE PRENSA NACIONAL

Las plebiscitarias y el problema del 45%

Me inclinaba a creer que Artur Mas era un político sensato al que un error de cálculo en el 2012 –alarmado por las protestas a sus recortes e impresionado por la gran manifestación del 11-S– llevó a unas elecciones anticipadas en las que perdió 12 diputados. Entonces, el ‘president’ se sintió impelido a adoptar una hoja de ruta tan ambiciosa como equivocada. ¿También aventurista?

Bueno, desde el 9-N (dos meses) estamos pendientes del ‘sí’ o el ‘no’ a una elecciones plebiscitarias. Y el espectáculo entre CiU y ERC (con cuatro cumbres MasJunqueras y Unió haciendo novenas para que no haya acuerdo) va dejando claro que el presidente de la Generalitat solo quiere elecciones si le garantizan que encabezará la “candidatura de los mejores” y ERC se conforma –ya que no acepta la lista única ni ponerse entre paréntesis durante 18 meses– con una lista de partido lo menos competitiva posible. Es decir, que el futuro de Catalunya depende de que la sociedad civil –reducida al parecer a la ANC, Òmnium y Vila d’Abadal— logre ponerle las cosas como le colocaban las bolas de billar a Fernando VII. Mas ha aprendido del disgusto del 2012 y solo quiere saltar al campo para ganar. Está en su derecho, pero no es una actitud seria.

Entre otras cosas, porque conllevaría que Catalunya celebrara nada menos que cuatro elecciones entre finales del 2010 y mediados del 2016 (2010, 2012, 2015 y 2016), un auténtico récord mundial. Se revela así como un presidente que -coqueterías aparte, como presumir de estar dispuesto a ser el último de la lista- pone la voluntad de poder muy por encima de la sensatez. Y todos salimos perdiendo. Lo peor es la frivolidad con la que el ‘president’ y los partidos del actual tripartito (Unió, CDC y ERC) abordan las consecuencias económicas de su falta de gobernación y su hoja de ruta. Mas es un político con imagen de solvencia y que sabe manejar los datos. Y tenemos todos tendencia (me incluyo en el todos) a un exceso de credulidad. Pero ignorar los avisos de los comisarios de la Unión Europea y querer tapar todas las dudas con un discurso triunfalista (como el pasado septiembre) repitiendo que Catalunya es el motor de España (ninguna novedad) ya suena a hueco.

Hoy el PIB español crece a un ritmo anual del 1,6% anual y el catalán, al 1,5%. No es relevante, pero conviene prestar atención. El pasado viernes me llamó la atención un artículo de ‘Expansión’ en el que se decía que la inversión extranjera en Catalunya se ha desplomado un 45% en enero-septiembre, mientras que en la totalidad de España el descenso ha sido solo del 5,1%. Y, excluyendo Catalunya, en España la inversión extranjera subió un 4,7%.

Me froté los ojos. ¿No estaríamos ante otro ataque de Madrid contra el ‘procés’? Pues no, son datos ciertos y están en la página web del Idescat. ¿Por qué entonces silenciar algo que puede ser tan relevante? Máxime cuando parece grave porque Bernat Garcia explica también que las desinversiones suben en Catalunya y bajan en España. Y de esta forma las inversiones extranjeras netas estarían cayendo un 56% en Catalunya, mientras aumentan un 20% en el resto de España. No son datos sagrados. Sí cifras para analizar, discutir y, en su caso, intentar corregir, pero que ningún gobierno solvente puede ignorar o ningunear. Y sería urgente que el ‘president’ Mas –superado ya el Tricentenario– diera vacaciones a la propaganda, las explicara en el Parlament y dijera qué va a hacer para dar la vuelta a esta alarmante evolución.

El bienestar de los catalanes depende más de las inversiones que de los choques «teológicos» sobre las plebiscitarias entre Mas y Junqueras bajo el docto arbitraje de la presidenta de la ANC.

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