Explosión social en Reino Unido

Las “bangeluies” también hablan inglés

“Aquí­ se cultiva la semilla de la injusticia”. Así­ explica un vecino del barrio londinense de Brixton los disturbios que han sacudido el Reino Unido. Como en Francia en 2.005, el asesinato a manos de la policí­a de un joven inmigrante ha provocado la explosión de la olla a presión en que se han convertido los barrios periféricos de las grandes ciudades, donde centenares de miles de personas se hacinan condenados a una vida sin futuro. Una chispa -exacerbada por los draconianos recortes sociales- basta para que se desborde -sin norte definido y violentamente- la rabia y el odio de clase larvado durante décadas.

Todo comenzó cuando la olicía londinense acribilló a balazos a Mark Duggan, un joven de origen africano y padre de cuatro hijos. Contrariamente a lo difundido por la versión oficial, los informes balísticos confirmaron que Mark Duggan no disparó contra la policía. El sábado por la tarde, unos 300 vecinos se concentraron ante la comisaría central de la Policía Metropolitana, en la calle mayor del barrio para protestar contra el asesinato policial. A las ocho de esa misma tarde, la ira ya se había transformado en enfrentamientos violentos. No es la primera vez que esto ocurre. En los años ochenta, los draconianos programas de ajuste social implantados por los gobiernos de Margaret Thacher, se abrieron paso entre violentos disturbios en los barrios obreros londinenses. Ahora, los durísimos programas de ajuste del gobierno británico han vuelto a incendiar el país. Una mujer de origen jamaicano explica el origen de los disturbios: “los jóvenes no tienen nada que hacer, no tienen empleo y han subido las tasas universitarias. No sólo los jóvenes están hartos, los adultos también. El gobierno recorta el presupuesto cada vez más. No apruebo lo que hacen las bandas, pero hay gente que no deja de enriquecerse y nosotros nunca prosperamos”. Muchos de los barrios periféricos de Londres o Manchester son una olla a presión donde se concentra una clase obrera hiperexplotada, llegada desde multitud de países. Sus hijos forman una juventud desheredada, condenados a un infierno sin futuro. Como ocurrió con los jóvenes norteafricanos de las “bangeluies” parisinas en 2.005, la chispa de la brutalidad policial ha desatado una ira sin norte. Nada tiene que ver con las movilizaciones de los “indignados en España o Israel, que exigen justicia social y se dirigen contra los desmanes de los poderosos. A los jóvenes de los barrios obreros londinenses también se les ha robado la conciencia, y sólo pueden expresar su rabia mediante la destrucción. Y el gobierno británico ha aprovechado las revueltas para implantar una mayor represión y control policial, alimentando con ello la semilla de nuevos disturbios. Exactamente la misma medicina que utilizó Margaret Thacher para quebrar el espinazo al movimiento obrero, y que podemos ver reflejada en las películas de Kean Loach.

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