El epicentro de la protesta es Minneapolis, donde una huelga general histórica logró detener buena parte de la actividad económica. Más de 15.000 personas salieron a las calles, cientos de comercios bajaron sus persianas y sindicatos, organizaciones comunitarias, líderes religiosos y colectivos de derechos civiles impulsaron un “apagón económico” en rechazo a las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). La movilización estalló tras la muerte de Renée Nicole Good, una ciudadana estadounidense asesinada durante una operación migratoria, un caso que ha desatado indignación y sospechas de abuso de poder.
Las protestas denuncian la intensificación de las redadas contra inmigrantes, la militarización de las fuerzas policiales y el despliegue de miles de agentes federales en Minnesota en el marco de operativos especiales. Para muchos activistas, estas acciones forman parte de una estrategia deliberada de intimidación y control social, en sintonía con la retórica dura y punitiva de la administración Trump.
Pero Minneapolis no está sola. En Nueva York, Chicago, Washington D. C., Los Ángeles, Wisconsin, Nuevo México y Virginia, se han convocado marchas masivas, concentraciones frente a edificios federales y protestas en aeropuertos y centros de detención. Bajo consignas como “ICE Out For Good”, “No Kings” y “No a la deportación masiva”, miles de manifestantes reclaman el respeto a los derechos humanos, el fin de la persecución a comunidades migrantes y una rendición de cuentas real por los abusos policiales.
La tensión se ha agravado tras otros episodios recientes de violencia durante operativos federales, como el asesinato de Alex Pretti, que han alimentado el temor de que la represión se normalice. Organizaciones de derechos civiles y legisladores progresistas exigen investigaciones independientes, transparencia institucional y límites claros al poder del Departamento de Seguridad Nacional.
El clima político también se ha visto marcado por ataques y amenazas contra figuras progresistas, como la congresista Ilhan Omar, en un contexto de creciente polarización y discursos de odio promovidos desde sectores trumpistas. Para muchos observadores, la retórica antiinmigrante y nacionalista está generando un entorno peligroso, donde la violencia simbólica puede traducirse en agresiones reales.
Lo que comenzó como una respuesta local a una tragedia se ha transformado en un movimiento nacional contra la deriva autoritaria, la criminalización de la protesta y el retroceso de libertades civiles. Las calles estadounidenses vuelven a llenarse de pancartas, huelgas, paros laborales y actos de desobediencia, recordando que la resistencia social sigue siendo una fuerza viva.
Minneapolis se ha convertido en símbolo. Símbolo de duelo, de rabia, pero también de organización y dignidad. Y mientras Trump refuerza su agenda de mano dura, una parte creciente de la sociedad estadounidense parece dispuesta a responder con lo único que siempre ha puesto freno al autoritarismo: la movilización popular.
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EEUU vive el resurgir de un nuevo movimiento sindical
El nuevo pulso obrero en EEUU
Algo se está moviendo en el corazón del capitalismo global. En almacenes, cafeterías, estudios de Hollywood y fábricas de automóviles, miles de trabajadores estadounidenses están recuperando una palabra que durante décadas pareció pasada de moda: sindicato. ¿Qué hay detrás de este renacer laboral en el país que históricamente combatió la organización obrera?

Tras años de retroceso, el sindicalismo en Estados Unidos vive un repunte histórico. Nuevas organizaciones en empresas como Starbucks, Amazon o compañías tecnológicas han marcado un punto de inflexión, impulsadas por jóvenes, mujeres, personas racializadas y colectivos LGTBI+, que conectan la lucha laboral con demandas feministas, antirracistas y de justicia social. Este fenómeno, conocido como “nuevo sindicalismo”, apuesta por estructuras más horizontales, campañas creativas y una fuerte presencia en redes y comunidades locales .
La pandemia actuó como catalizador. Trabajadores esenciales expuestos al riesgo, salarios estancados, inflación y precariedad alimentaron un malestar que se transformó en organización colectiva. En 2023, Estados Unidos registró el mayor número de huelgas en medio siglo, desde Hollywood hasta el sector automotriz y logístico, evidenciando un cambio de ciclo en las relaciones laborales .
Aunque la afiliación sindical sigue siendo baja —especialmente en el sector privado—, el respaldo social a los sindicatos alcanza máximos no vistos desde los años sesenta. Este renacer no solo busca mejores salarios y condiciones, sino también cuestionar la desigualdad estructural, la concentración de poder corporativo y la falta de democracia en los lugares de trabajo .
El nuevo sindicalismo estadounidense no es una nostalgia del pasado industrial, sino una reinvención del movimiento obrero para el siglo XXI. Si logra consolidarse y expandirse, podría alterar el equilibrio de poder entre capital y trabajo en la mayor economía del mundo. Lo que está en juego no es solo un contrato laboral, sino el futuro de la justicia social en la era neoliberal.

