La naciente paz entre las dos Coreas debe ser alentada y defendida

El conflicto entre las dos Coreas lleva décadas siendo un punto volcánico de la situación mundial, porque es producto directo de la presencia del poder de EEUU en el Extremo Oriente. El encuentro histórico entre el presidente de Corea del Sur y el líder supremo de Corea del Norte tiene una honda repercusión para la situación internacional y es una gran noticia para la paz mundial.

Sin embargo, los asuntos de la península coreana han ganado más y más importancia geopolítica, conforme el centro de gravedad del planeta se trasladaba a la región de Asia-Pacífico, y el centro del proyecto de la superpotencia pasaba a ser la contención de Pekín. En los últimos años, las periódicas escaladas de tensión con Corea del Norte han servido a Washington como un extremadamente útil pretexto para acelerar el traslado del grueso de su fuerza bélica a la región, para reforzar la militarización de la península y el Mar Amarillo, fortaleciendo el cerco sobre China.

Por eso, el encuentro histórico en la localidad fronteriza de Panmunjom, entre el presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, y el líder supremo de Corea del Norte, Kim Jong-un -en un ambiente de cuidada cordialidad- tiene una honda repercusión para la situación internacional y es una gran noticia para la paz mundial. Es un paso firme hacia la firma de la paz de dos naciones que llevan aún oficialmente en guerra desde 1953, conflicto apenas contenido por un frágil armisticio.

Como culminación a un proceso de deshielo entre Seúl y Pyongyang que dura ya varios meses, ambos países han mostrado su voluntad conjunta de poner fin a una guerra de siete décadas, comprometiéndose a buscar la “desnuclearización completa” de la península. Y de fondo a la compleja coreografía diplomática entre el Norte y el Sur, brilla el horizonte de la eventual reunificación de los dos países.

En una inaudita y rápida sucesión de movimientos diplomáticos, los acontecimientos se mueven rápidos en torno a la distensión. Tras reunirse con Moon Jae-in y después de anunciar que renunciaría a llevar a cabo más pruebas nucleares y a realizar nuevas pruebas balísticas intercontinentales, Kim Jong-un ha ofrecido desmantelar su centro de pruebas atómicas, ante expertos surcoreanos y estadounidenses y con la presencia de los periodistas del mundo entero. “No hay razón para que tengamos armas nucleares mientras sufrimos problemas, si se sientan las bases para una confianza mutua con EEUU mediante reuniones frecuentes a partir de ahora, y se promete el final de la guerra y de las agresiones”, ha dicho Kim, citado por el Gobierno surcoreano.

La diplomacia china también se mueve ágilmente estos días en torno al deshielo coreano. El ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yi, se ha reunido con el gobierno de Pyongyang, apenas unas semanas después de que Kim Jong-un mantuviera su primer encuentro con Xi Jinping. Pocos días después, Corea del Sur, China y Japón celebran una reunión para acercar posturas en la distensión y la desnuclearización de la península. La prensa nipona ha desvelado que Tokio busca su propia cumbre entre Shinzo Abe y Kim Jong-un, a lo que el norcoreano ha respondido que está dispuesto a dialogar con Japón “en cualquier momento”.

En otro gesto de concordia, el régimen de Pyongyang ha adelantado los relojes para alinear su huso horario con el de Seúl. Todo un gesto simbólico del verdadero norte -más o menos evidente- que guía todo este proceso: la reunificación de la península bajo una sola bandera.

Todos estos acontecimientos -cuyo motor último son los propios intereses del conjunto de los países de la zona, hastiados de una situación de continua y desestabilizadora tensión- (junto a otros prácticamente simultáneos como la mejora de las relaciones entre China o India o la cumbre de la ASEAN, que se ha cerrado con el acercamiento de las economías del sudeste asiático a Pekín y Delhi y el distanciamiento respecto a Washington) confirman una vez más que los asuntos en la decisiva región de Asia-Pacífico tienden a moverse crecientemente al margen -o incluso en dirección contraria- de los designios norteamericanos.

En cuanto al deshielo Seúl-Pyongyang, la administración Trump mantiene una actitud ambigua, y ha perdido momentáneamente la iniciativa. De cara a la galería, está obligada a dar la bienvenida a la distensión en la península, pero mantiene por debajo un furioso resquemor. En una entrevista en la cadena Fox, el consejero de Seguridad Nacional, John Bolton -uno de los halcones más agresivos de la época de Bush- ha defendido la política de la mano dura contra Corea del Norte, y la necesidad de mantener la “presión económica, política y militar”.

Aunque Donald Trump ha aceptado la propuesta norcoreana de celebrar un próximo encuentro con Kim Jong-un, la fecha y el tono todavía están configurándose, y ni siquiera la entrevista es segura. La Casa Blanca ha dicho que está estudiando “3 o 4 fechas” (en principio para mayo o junio) y “5 localidades” para esa hipotética entrevista. “Podría ocurrir que me vaya (de la entrevista) rápidamente, con respeto, pero podría pasar. Podría ser que el encuentro nunca se lleve a cabo. Pero ahora mismo puedo decir que quieren que nos veamos”, ha declarado Trump.

Más allá de los intereses tácticos de la administración norteamericana, que quizá esté interesada en un momentáneo deshielo con Pyongyang para poder concentrarse en otros focos mundiales, a la superpotencia norteamericana no le interesa en absoluto la pacificación de la península norcoreana, y ni mucho menos su eventual desmilitarización o la reunificación de las dos Coreas.

Tal cosa es anatema para los intereses de la superpotencia, ya que pondría en peligro la presencia de los 28.500 soldados norteamericanos destacados en Corea del Sur, así como su importante despliegue naval en torno al Mar Amarillo. La desmilitarización de la península de Corea no solo abriría un boquete en el cerco militar que Washington intenta erigir en torno a China, sino que obligaría a EEUU a tener que retrasar su “cabeza de puente” en el Extremo Oriente, concentrando sus tropas en Japón (tampoco lo podría hacer en Filipinas, dado el rumbo crecientemente hostil hacia Washington de un Rodrigo Duterte que ha exigido que se desmantelen las bases yanquis en su país) y tensando todas las relaciones americano-niponas.

Por eso, a pesar de la buena y rápida marcha de los acontecimientos a favor de la paz y el entendimiento entre las dos Coreas y sus países vecinos, debemos guardar una obligatoria cautela. La superpotencia norteamericana tiene muchos instrumentos y mecanismos -políticos, diplomáticos, militares y de intervención encubierta- para torpedear o entorpecer la paz de Panmunjom. Los demócratas, los revolucionarios y los amantes de la paz deberemos entonces salir en defensa de la concordia entre las dos Coreas.

Un comentario sobre “La naciente paz entre las dos Coreas debe ser alentada y defendida”

  • Empezar saludando la dignidad del pueblo coreano y muy especialmente la dignidad del pueblo de la RPD de Corea, quien, sin transnacionales arrancando plusvalor al proletariado mundial, intenta vivir dignamente en condiciones orográficas y geográficas más que arduas (apenas el 15% del terreno es cultivable). No nos pueden ocultar la realidad: incluso los documentales del imperialismo no pueden evitar sacar imágenes de las estructuras urbanas en la RPD de Corea, de su tecnología, de sus industrias, de los buenos abrigos sintéticos que visten los nordcoreanos en invierno, de sus parques de recreo, etc. Póngase esto al lado de las chozas de barro y junco en cualquier pequeño país del Extremo Oriente.
    Hay que defender la paz: al Presidente Trump no le interesa ahondar en las contradicciones coreanas, ni tampoco seguir manteniendo a Corea del Sur como gigantesca base naval y aérea, y esos vientos de respeto estadounidense por las soberanías, hay que aprovecharlos tanto como había que aprovecharlos durante la presidencia del Presidente estadounidense Wilson.
    Clave es, asimismo, subrayar la condición no socialista de la RPD de Corea, con existencia de explotación entre territorios y hábitats al interior del país, y donde el intercambio mercantil desigual (bajo la apariencia de distribución al campo) entre el hábitat urbano y el rural, conduce a desigualdades hasta dramáticas bajo una política de prioridad de abastecimiento a las ciudades. También existe antagonismo entre un sector de la burocracia y la fuerza de trabajo productiva de la RPD de Corea. Para concluir, decir que es imposible, literalmente, avanzar hacia el comunismo desde las máximas ideológicas que dirigen la educación de masas en la RPD de Corea, al tratarse de una ideología de partido y de Estado que naturaliza la jerarquía y la eterniza, apoyándose en preceptos pre-capitalistas culturales nacionales.

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