Turquí­a

La maldición de Turquí­a

En la década pasada, Turquí­a era un paí­s relativamente seguro y estable. La desestabilización de Oriente Medio y el mundo islámico -iniciada por las intervenciones norteamericanas de Afganistán e Irak y recrudecida tras el estallido de las “primaveras árabes” y muy en particular tras la cruenta guerra de Siria- ha terminado por hacer llegar sus ondas expansivas a la nación otomana. Una creciente sucesión de atentados, junto al fallido golpe de Estado del 15 julio de 2016, socavan los cimientos de un paí­s que es un pivote geoestratégico clave en el diseño de dominio global norteamericano. ¿Por qué la pení­nsula anatolia vive esta conmoción? ¿Cual es el hilo conductor del que hay que tirar?

Turquía ha comenzado el 2017 herida y conmocionada. En la nochevieja de Estambul, un hombre armado irrumpió en la fiesta de una exclusiva discoteca y abrió fuego indiscriminado contra la multitud que celebraba el año nuevo, causando 39 muertos y 65 heridos de diferentes nacionalidades. El sangriento atentado ha sido reivindicado por el Estado Islámico, pero más allá de que esa sea la autoría directa, el viceprimer ministro de Turquía, Numan Kurtulmus, ha sugerido que ciertos «servicios de Inteligencia extranjeros» podrían estar detrás.

Kurtulmus ha señalado la «profesionalidad» con la que se llevó a cabo el ataque. «Soy de los que opina que no es posible que un atacante lleve a cabo un atentado como este sin ningún tipo de ayuda», ha explicado. «Parece cosa de los servicios secretos. Todo esto está siendo evaluado», ha añadido.

Los atentados reivindicados por el extremismo islamista -como el magnicidio que acabó ante las cámaras de televisión, con la vida del embajador ruso en Turquía- se han cobrado la vida de 300 personas en Turquía en 2016. Se suman al terror del grupo armado kurdo Halcones de la Libertad del Kurdistán, una escisión del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). Murat Karayilan, uno de los jefes del PKK, se apresuró a afirmar que “las fuerzas kurdas no han tenido nada que ver” en la masacre de Estambul.

Los atentados -de firma islamista, kurda, o de cualquier tipo- sirven objetivamente a los más oscuros intereses de Estado, y de entrada conducen a recrudecer la deriva autoritaria y represiva del gobierno de Erdogán contra los pueblos turco y kurdo. Pero comprender las razones de la sucesión de hechos desestabilizadores que sacuden Turquía obliga a mirar más allá de las fronteras otomanas.

Turquía no es un país cualquiera. Los analistas norteamericanos lo definen como un pivote geopolítico, una nación que por su situación geográfica, alianzas, movimientos y cambios internos, puede afectar a regiones claves (Oriente Medio) o a jugadores activos (Rusia, y en menor medida a Irán). Controla el acceso al Mar Negro desde el Mediterráneo, equilibra la proyección de Rusia hacia Europa y el Cáucaso y es el pilar sur de la OTAN. Por ser tal su importancia, los proyectos de la superpotencia norteamericana repercuten con especial intensidad en Turquía.

Y más aún con un gobierno presidido por Erdogan que ha mostrado un doble carácter. Si por un lado Turquía es miembro de la OTAN y Erdogan ha prestado sus bases para la intervención en Siria; o ha ofrecido su “mano de hierro” para la contención de la llegada de refugiados a Europa, a cambio de jugosas concesiones… por otro lado el gobierno del AKP ha mostrado un notable y excesivo margen de autonomía para las exigencias norteamericanas.

Bajo el mando de Erdogan, Turquía ha desarrollado unas tupidas y fructíferas relaciones con Rusia o Irán, acercamientos que tras el golpe de Estado de julio -de olor “made in USA”- se han fortalecido. Una de las claves de la política exterior del nuevo presidente norteamericano, Donald Trump, no sólo es recomponer las relaciones con Moscú, intentando atraer a Putin a un “frente mundial antichino”, sino hacer lo propio también con Erdogan, reestableciendo la relación Washington-Ankara.

No sabemos los pormenores de cada uno de los sangrientos atentados que ha sufrido Turquía a lo largo de los últimos años. No disponemos de los medios para desentrañar sus oscuras tramas. Pero sí sabemos el papel que cumple siempre el terrorismo: imponer por la fuerza de la violencia y de la muerte, abyectos intereses de centros de poder mundial. Y Turquía está -por su colocación geográfica, por ser puente entre Oriente y Occidente, entre Europa y Asia, entre el mundo laico y el islámico- en la encrucijada de los intereses de varios de esos centros de poder, en especial de la superpotencia norteamericana, que necesita tener a la península anatolia bien anclada a sus designios.

Este es el hilo conductor del que habrá que seguir tirando para comprender los trágicos sucesos que con toda probabilidad, y por desgracia, están lejos de haber acabado en Turquía.

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