Cine

La Clase

Llega a España con la vitola de gran pelí­cula laureada en Cannes, pero con un tí­tulo edulcorado y melifluo: “La clase”. La versión original es “Entre les murs”, “entre los muros”, algo que describe mucho más certeramente la realidad que narra la pelí­cula y que refleja sin engaño la actitud y los sentimientos de los protagonistas, un grupo de profesores y alumnos de un instituto de la “banlieu” parisina, encerrados todo un curso dentro de los muros de un “sistema” en el que la enseñanza ha devenido una práctica imposibilidad.

Llega a Esaña con la vitola de gran película laureada en Cannes, pero con un título edulcorado y melifluo: "La clase". La versión original es "Entre les murs", "entre los muros", algo que describe mucho más certeramente la realidad que narra la película y que refleja sin engaño la actitud y los sentimientos de los protagonistas, un grupo de profesores y alumnos de un instituto de la "banlieu" parisina, encerrados todo un curso dentro de los muros de un "sistema" en el que la enseñanza ha devenido una práctica imposibilidad. El atractivo modelo teórico de la enseñanza universal, multiétnica y multicultural se convierte en una verdadera pesadilla desde el momento en que en el aula se suman, a la rebeldía e insumisión propia de los adolescentes, los infinitos conflictos, contradicciones y antagonismos que estos traen ya encima como resultado de la sociedad en la que viven. Si la simple "convivencia" ya es difícil, la enseñanza es prácticamente imposible. EL cineasta francés Laurent Cantet trata de acercarnos a esta realidad, con un realismo que podríamos llamar "a lo Sthendal", es decir, limitándose a "poner un espejo en el camino y observar lo que pasa", sin emitir juicios explícitos ni aventurar propuestas o soluciones. Una aparente mirada "objetiva", tras la que se esconde un evidente malestar por la situación del problema y una cierta angustia ante su carácter irresoluble. Cantet procura no dramatizar. Elude los "extremos": por ejemplo, la violencia explícita (que la hay en la mayoría de institutos) o los "guettos": en la clase (o entre los muros) de su película aún hay una buena proporción de franceses blancos, aunque abundan los magrebíes, los negros de distintas etnias y hasta los chinos. Creo que hace bien Cantet: sea más o menos "realista" esa mezcla y su proporción, es perfecta para que nos hagamos cargo de una situación que, con un planteamiento más radical, más extremo, podría abocar a la caricatura. La película narra el tránsito desde las "buenas intenciones" de principios de curso (sobre todo por parte del profesorado) hasta la espiral represiva del final (con la expulsión del malí Suleimán), un tránsito modulado con notable eficacia narrativa, y en que la tensión se va acumulando de forma paulatina y constante hasta el desolador desenlace. El sustrato de la película es implacable. El grupo de pequeño-burgueses que tiene a su cargo la educación de esos centenares de estudiantes "asilvestrados" no parece, en ningún momento, el más idóneo para la tarea. Tampoco el burócrata ejemplar que está al frente del instituto, obsesionado por rellenar las casillas de los formularios que le pide el Ministerio, parece el más adecuado para dirigir este complejo proceso. Pero esto es lo que hay. Cantet intenta reproducir los debates sempiternos de la escuela actual en la sala de profesores: las contradicciones entre duros y blandos, entre partidarios de la disciplina y la comprensión, entre los que creen que para poner orden en las aulas no hay más vía que el castigo y quienes sostienen que castigar cierra más las puertas, y conduce a un callejón sin salida. La sala es un mar de dudas, pero a la hora de la verdad triunfa el expediente y la expulsión. Como ocurre en la realidad, los profesores apenas hablan de lo que enseñan y de cómo enseñan: la conducta de los alumnos es su principal y casi única obsesión. El universo variopinto y caótico de los alumnos, de entre 13 y 14 años, es lo más logrado del film. Cantet no elude los conflictos de base. Un tercio al menos de los alumnos, pese a serlo, rechazan ser franceses. Su desarraigo es absoluto: ni pertenecen a su país de origen (como mucho apoyan a su selección de fútbol) ni tampoco al de adopción. Los rencores de la era colonial nunca se han borrado del todo. Aunque están lejos de ser lúmpenes o marginales, muchos saben que por mucho que hagan nunca pasarán de ser trabajadores esclavizados y mileuristas, si es que llegan a trabajar… Aunque puedan asomarse a los escaparates de la abundancia, nunca podrán entrar dentro. Los cantos de sirena que quieren contarles los aborrecen. Están tan hartos de mentiras, condescendencia y falsa conmiseración, que vomitarían antes de creer o escuchar lo que los profes les cuentan "entre los muros". Y encima tienen 14 años. La conclusión de una película sin aparentes conclusiones es ciertamente desoladora. Cuando el profesor pregunta a los alumnos al final lo que han aprendido durante el curso la mayoría contesta que "nada" o alguna cosa peregrina. Tanto esfuerzo, tanta energía, tantas horas… para nada. Aunque "Entre les murs" está lejos de la genialidad de "Zero de conduite", de Jean Vigo, o "Los cuatrocientos golpes", de François Truffaut, y en absoluto se atreve a alentar la rebeldía juvenil contra el sistema, como hacían aquellos, es una película que merece verse.

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