La Casa Blanca contra el acuerdo nuclear con Irán

Donald Trump tiene entre ceja y ceja dinamitar el acuerdo nuclear con Irán, pero no está nada claro que pueda hacerlo, o al menos, que pueda hacerlo por las bravas.

Esto es así porque hacer volar por los aires el Tratado Atómico con Teherán -para poner a la República Islámica en el centro de la diana estadounidense- no sólo tiene explosivas implicaciones en el intrincado puzzle de Oriente Medio, sino en la arquitectura de las relaciones de EEUU con sus aliados europeos, y en la correlación de fuerzas de las dos líneas enfrentadas en el seno de la misma clase dominante norteamericana.

Desde antes de su llegada a la Casa Blanca, Donald Trump siempre ha tenido palabras gruesas contra el acuerdo nuclear que su predecesor Omaba -junto a China, Rusia, Francia, Reino Unido y Alemania- con Irán, y ha mostrado su firme voluntad de echarlo abajo. Tras la firma del Tratado con Teherán, el Congreso estadounidense aprobó una ley, que exige al Presidente certificar cada 90 días si la República Islámica cumple con el pacto, y si el acuerdo mantiene el “interés nacional” de EEUU. Ahora Donald Trump se ha negado en redondo a firmar esa certificación, lo cual deja al acuerdo en un extraño limbo. No se atreve a romperlo tajantemente, sino que busca que otros lo hagan por él.

El objetivo de la administración Trump no parece ser simplemente el de derribar el acuerdo sin más, sino -según parece desprenderse de las palabras de Thomas Shannon, subsecretario de Estado con G.W.Bush, Obama y Trump- el de forzar otro, mucho más draconiano y restrictivo para Irán. Uno que sea una verdadera camisa de fuerza para la República Islámica, y por tanto un poderoso elemento de intervención y control en manos de Washington. O quizá uno que Teherán nunca esté dispuesto a firmar- y que justifique una respuesta dura del Pentágono cuando se rompan las negociaciones.

Pero para conseguirlo, Trump se enfrenta a importantes escollos. El presidente quiere corregir las “débiles inspecciones” que contempla el acuerdo, y amenaza con abandonarlo si no hay modificaciones en el mismo, bien unilateralmente -por parte de Washington, cosa que sólo puede aprobar el Congreso norteamericano- o de forma multilateral, si lo aprueban las otras potencias firmantes, el resto de integrantes del Consejo de Seguridad, junto a Alemania

Trump ha desplegado una batería de acusaciones contra Teherán tan vitriólica y agresiva como poco convincente. Entre sus acusaciones, hay algunas que no sólo no tienen nada que ver con el programa nuclear iraní, sino que no tienen nada que ver con Irán. El republicano ha acusado a los chiíes de respaldar a los terroristas ultrasunníes de Al-Qaeda, a los talibanes, y al atentado de 1996 en Arabia Saudí. Ni siquiera se ha molestado en esgrimir falsos informes de la CIA o del Pentágono como hizo Bush contra Saddam Hussein.

No está nada claro que el órdago de Trump para romper el acuerdo nuclear, que ahora está en manos del Congreso, salga bien parado de allí. Cierto que el tratado tiene declarados enemigos en las filas tanto republicanas como demócratas, pero tampoco todos los conservadores se han mostrado partidarios de derribarlo. Ni siquiera en la propio equipo presidencial hay total unanimidad en torno a la cuestión. En este asunto, como en tantas otros, la clase dominante norteamericana y sus élites políticas se encuentran profundamente divididas.

Pero en lo que se refiere a conseguir que los otros firmantes del acuerdo le acompañen en la ruptura, Trump lo tiene aún más difícil. No sólo se han negado tajantemente Pekín y Moscú -que guardan muy buenas relaciones con Teherán- sino sus propios aliados europeos, incluído su fiel escudero británico. La alta representante para Política Exterior europea, Federica Mogherini, haciendo de portavoz de Berlín y de París, ha declarado que “el acuerdo nuclear no está en manos de Estados Unidos”, y que “Irán está cumpliendo al 100%” el mismo. Los tres firmantes europeos, incluído el gobierno de Theresa May, han emitido un comunicado conjunto en el que apelan a la Casa Blanca y al Congreso de EEUU a que “consideren las implicaciones para su seguridad y la de sus aliados antes de dar ningún paso, como reimponer sanciones”.

El presidente iraní, Hasan Rohani, ha declarado que “EEUU está más aislado que nunca”, y parece que -al menos en este asunto- no anda muy equivocado. Solo Israel y Arabia Saudí, enemigos acérrimos de Irán, han aplaudido a Trump. Además, en el interior de Irán, las bravatas de Trump actúan a modo de mortero, ejerciendo un efecto aglutinador entre la población persa. Hasta los más críticos con el régimen de los ayatolás y partidarios de abrirse a Occidente han cerrado filas contra el “Gran Satán”.

La pugna por romper o no el acuerdo nuclear para Irán no está, ni mucho menos, decidida. Es indudable que el sector de la clase dominante norteamericana que respalda al actual presidente va a jugar duro y sucio, al igual que sus antagonistas oligárquicos y sus acólitos en los aparatos de Estado. Que lo consiga o no va a ser un buen botón de muestra de los límites y de la correlación de fuerzas a los que se enfrenta la administración Trump para poder trastocar los fustes estratégicos de la política exterior de Obama.

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