Discurso del rey en la Pascua militar

Juramento de lealtad al Gran Patrón

Todo el mundo dice que el complejo resultado de las elecciones del 20-D van a poner a prueba el temple y las capacidades del nuevo rey, Felipe VI, para arbitrar la polí­tica española. Pero más importante todaví­a que esto, y que sin embargo ha pasado desapercibido, ha sido el contenido de su discurso con motivo de la Pascua militar el pasado 6 de enero.

En él, el primer llamamiento que el rey quiso destacar, antes que cualquier otro, fue la necesidad de reaccionar de forma “valiente, decidida y firme” para “defender nuestro modelo de convivencia” contra quienes “en cualquier lugar atacan nuestros derechos y libertades”. Un implícito pero claro alineamiento con la guerra contra el terrorismo global que capitanea EEUU.

En un discurso en que cada palabra está medida, hablar de reaccionar contra los ataques terroristas “en cualquier lugar”, es abrir la puerta a nuevas participaciones de las tropas españolas en cualquier rincón del planeta.

Felipe VI destacó en esta parte de su discurso cómo España “ha participado en un número de operaciones en el exterior que no habíamos conocido hasta ahora”, resaltando el estrecho grado de colaboración “con nuestros aliados” en distintos escenarios “en los que trabajamos para garantizar la paz y la estabilidad internacionales”. ¿Seguro que la presencia de tropas españolas en Afganistán, en la frontera turco-siria, en Malí, República Centroafricana o haciendo labores de policía aérea en el Báltico sirven a la paz y la estabilidad internacional? “El Pentágono exige un salto cualitativo para que ocupemos un puesto de peón cada vez más destacado en su estrategia bélica”

A continuación afirmó que la realización hace unos meses de las maniobras Trident Juncture en nuestro territorio –el mayor despliegue de tropas de la OTAN desde el fin de la Guerra Fría– “han dado visibilidad a nuestras Fuerzas Armadas y han puesto de relieve nuestra capacidad de liderazgo internacional”. Visibilidad y liderazgo que, según Felipe VI, volveremos a demostrar este año cuando España asuma “el mando del componente terrestre de la Fuerza de Respuesta Aliada y de la primera Fuerza Conjunta de Muy Alta Disponibilidad de la OTAN”.

En opinión del rey, todas estas colaboraciones internacionales “confirman una vez más a España como un socio responsable, fiable y leal con los compromisos internacionales asumidos”. Haciendo, finalmente, un llamamiento a hacer un gran esfuerzo “por adaptar nuestras Fuerzas Armadas a los diferentes escenarios estratégicos que se hallan en constante evolución y en los que los riesgos son cada vez más complejos”, destacando entre ellos “la mejora de obtención de inteligencia a nivel estratégico y operacional, esenciales para las operaciones militares en las que participamos”.

Juramento renovadoEn junio de 1976, a los pocos meses de ser investido Jefe de Estado tras la muerte de Franco, Juan Carlos I realizó la primera visita de un rey español a EEUU. En ella, Juan Carlos pronunció un largo discurso ante la Cámara de representantes norteamericanos –una sesión conjunta de congresistas y senadores– para confirmar su voluntad de abrir paso a la democracia y renovar el juramento de lealtad del Estado español con EEUU, asegurando tanto la permanencia de las bases militares yanquis en nuestro territorio como el firme alineamiento de España con Washington en medio de la Guerra Fría. Ambas cuestiones, apertura democrática y alineamiento con EEUU, eran las “líneas rojas” imprescindibles para obtener el plácet del centro del Imperio a su reinado.

40 años después, para su hijo, Felipe VI, como nuevo Jefe del Estado era obligado también renovar el juramento de lealtad con el gran patrón occidental. Sólo que esta vez ha debido hacerlo sin el boato y la pompa que acompañó al juramento de su padre.

En el discurso de la Pascua militar, al que tan poca atención se le ha prestado en nuestro país, Felipe VI ha sido tan claro como tajante en esta cuestión: bajo su jefatura, el Estado español seguirá siendo un “socio responsable, fiable y leal con los compromisos internacionales asumidos”. En otras palabras, el estatus quo de una España dócil e incondicionalmente alineada con EEUU queda garantizado. Y el nuevo rey, como Jefe de Estado y mando supremo de las Fuerzas Armadas, asume plenamente el papel de peón y plataforma militar asignado a España por el Pentágono.

Lo relevante del asunto, en este caso, no es tanto lo que se dice, sino quién lo dice. No habla un ministro de Defensa o un presidente de gobierno cuyo mandato político es, por definición, temporal y limitado. Es el Estado, por boca de su máximo representante, no sujeto a limitaciones temporales o electorales, quien reafirma su lealtad con los compromisos adquiridos.

Y ya sabemos lo que significan esos “compromisos adquiridos”. Disposición cada vez mayor y más amplia de poner las bases militares norteamericanas en nuestro suelo al servicio de los planes y objetivos marcados por el Pentágono, ya sea la instalación del escudo antimisiles en Europa o la intervención de su cuerpo de Marines en África. Plena utilización de las tropas españolas “en cualquier lugar” donde lo dicten los intereses de hegemonía y dominio mundial de EEUU, desde el Báltico hasta Mali, Irak o Afganistán. Aceptación del salto cualitativo de la participación de España en los planes bélicos de EEUU, desde la dirección de la Fuerza de Muy Alta Disponibilidad de la OTAN, capaz de desplegarse en cualquier punto del planeta en menos de 72 horas a la dirección de la llamada policía del Báltico durante los primeros meses de 2016 o de la Agrupación Naval Permanente nº 1 de la OTAN, con la fragata Álvaro de Bazán asumiendo el mando de esta fuerza en alta mar.

Con su discurso de la Pascua militar, Felipe VI ha dejado claro ante el gran patrón norteamericano, que al igual que su padre se comprometió a que el Estado bajo su jefatura ocuparía “el lugar que nos corresponde en el concierto internacional”, compromiso que se haría realidad 5 años después con nuestro ingreso en la OTAN, él también está dispuesto a asumir y garantizar el nuevo salto cualitativo que el Pentágono nos exige para ocupar un puesto de peón destacado en su estrategia bélica.

En 1986, en el referéndum sobre la OTAN, la mayoría de la sociedad española votó por la entrada en la OTAN a cambio de que se desmantelaran las bases norteamericanas y que no nos integráramos en la estructura militar. 30 años después no sólo tenemos más bases y una plena integración en la estructura militar, sino que nuestro grado de implicación como “punta de lanza” de la estrategia militar yanqui avanza a pasos tan vertiginosos como convenientemente ocultos a ojos de la opinión pública.

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