“La tragedia de Peterloo”, de Mike Leigh

Incompatibles con la democracia

Leigh nos muestra cómo reprimir salvajemente a quien demanda democracia está en los orígenes que permitieron el desarrollo del capitalismo inglés.

El 26 de agosto de 1819, una multitud en torno a las 60.000 personas se reunió en la plaza de St Peter´s Field, en el Manchester de la revolución industrial. Eran obreros, hombres y mujeres con sus familias, que demandaban el sufragio universal, igualdad de derechos y el fin del trabajo infantil.

La respuesta de las autoridades inglesas ante estas demandas fue enviar a 600 soldados de caballería, cientos de efectivos de infantería, una unidad de artillería con cañones… para reprimir de la forma más salvaje a una pacífica manifestación que exigía democracia.

El saldo fueron 19 muertos y más de 400 heridos, hombres, mujeres, ancianos y niños.

Este hecho ha sido borrado de nuestra memoria. Todos los británicos han estudiado los logros de la revolución industrial. Pero casi todos desconocen que se impusieron a costa de una salvaje represión.

En la Inglaterra considerada cuna de la democracia, en 1819 solo podía votar el 2% de la población

Sobre esta realidad fija su mirada Mike Leigh, uno de los cineastas británicos de referencia, siete veces nominado al Oscar, Palma de Oro en Cannes con “Secretos y mentiras”, y León de Oro en Venecia con “El secreto de Vera Drake”.

Su cine mira siempre a la clase obrera y al pueblo trabajador, a sus problemas y dificultades, a la forma en que los enfrentan y resuelven, a través de un cine social muy personal, que sabe construir personajes complejos y que nos impacta y emociona.

“La tragedia de Peterloo” es una película histórica, pero sigue teniendo la impronta de todo el cine de Leigh. A través de una mirada de clase que recorre toda la trama.

Vemos al inicio el regreso de las tropas británicas que han derrotado a Napoleón. Pero inmediatamente este ejército nacional presentado como un todo único se divide. Entre unos generales que reciben sus recompensas y nuevos cargos, y unos soldados rasos que pasan a engrosar las filas del proletariado de donde han surgido. Uno de ellos, un corneta hijo de una familia obrera en el Manchester de la revolución industrial, es el hilo a través del cual Leigh engarza toda la historia.

Leigh nos demuestra con hechos que el capitalismo es desde su mismo nacimiento incompatible con la democracia

Leigh nos retrata a una clase obrera ya en ebullición. Enfrentada a draconianas condiciones, con salarios de miseria, con niños encadenados a las máquinas de las fábricas para que no abandonen su puesto de trabajo. Y privada de cualquier derecho: los sindicatos estaban prohibidos y se les negaba el derecho al voto.

En la Inglaterra que es presentada como el paraíso del liberalismo democrático, como el país “con más antigua tradición democrática”… en 1819 solo podía votar el 2% de la población. Para tener derecho a voto había que acreditar la posesión de propiedades o tierras por un valor superior a los 40 chelines. Algo que solo podían hacer 200.000 ciudadanos en un país de más de 15 millones de habitantes.

Esta es la clase de democracia que trajo la revolución burguesa en Inglaterra. Democracia para un 2% de la población, para las élites burguesas y aristocráticas.

Leich retrata a esa élite, colocándonos frente a su auténtico carácter. Dibujando a un príncipe de Gales, el regente Jorge de Hannover, conscientemente ridiculizado inspirándose en las grotescas caricaturas de la época.

Mostrándonos a un primer ministro, Lord Liverpool, que ha suspendido el “habeas corpus”, figura clave que impide la detención arbitraria, para poder reprimir con despótica y salvaje libertad las revueltas obreras.

Y que culmina con las palabras del clérigo y magistrado John H. Mallory, cuando al contemplar el éxito del multitudinario mitin obrero decide disolverlo a cualquier precio: “ Hombres, mujeres, esposas, niños, me da igual. Tenemos la superioridad moral. Es nuestro deber cristiano bajar el hacha sobre esta muchedumbre amotinada”.

Frente a ellos, la cámara de Leigh mira también la resistencia obrera. Se recrea en las asambleas, en los discursos de unos trabajadores sin estudios pero que saben lo que quieren y citan a los clásicos, en la participación de las mujeres obreras, que han sido arrastradas a las fábricas y también empiezan a reclamar un papel político activo.

Dos mundos que chocan irremediablemente, pues sus intereses son irreconciliables.

La prensa de la época bautizó la matanza con el nombre de Peterloo, una construcción que une la batalla de Waterloo, la histórica derrota napoleónica ante una coalición encabezada por Inglaterra, y el nombre de la plaza de Manchester -St Peter´s Field- donde se desarrolló el mitin bañado en sangre por el ejército. La expansión imperial en el exterior y la represión de la oposición obrera en el interior aparecen fundidos. Sobre estas bases se construyó la hegemonía británica.

Es historia, pero también rabioso presente. Hace pocos meses, una encuesta de uno de los periódicos de mayor tirada nos desvelaba que cuatro de cada diez españoles consideraba al capitalismo incompatible con la democracia, un porcentaje que se elevaba al 60% entre las mujeres.  “La tragedia de Peterloo” nos demuestra que ya nacieron con esa tara congénita.

Un comentario sobre “Incompatibles con la democracia”

  • Huy,que buena esta.Un trailer https://www.youtube.com/watch?v=Kd6qxN92EqY .Y es que el capitalismo,en contra de lo que plantean teóricos «economicistas» ha surgido a sangre y fuego,no de forma «económica» lineal(esclavismo,feudalismo y de este surge el capitalismo).Ya,para que los campesinos trabajaran en las fábricas capitalistas,el ejército les quema las casas,las tierras..todo.Aparte imponiendo leyes terroristas a los vagabundos o los que no querían trabajar en la fábrica.Esta de «Peterloo» es para estudiarla a fondo

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