Dieciséis años de gobiernos ultrareaccionarios, iliberales y extremadamente agresivos contra los derechos civiles, y contra los trabajadores migrantes, las mujeres y el colectivo LGBTI llegan a su fin. Hungría ha puesto punto y final al ultraderechista Viktor Orbán y a su reinado corrupto, autoritario y sobre todo alineado tanto con el hegemonismo norteamericano como con el imperialismo ruso.
El candidato del partido opositor Tisza, Péter Magyar -también conservador, pero de perfil más moderado y europeísta- ha logrado una contundente y aplastante victoria, haciéndose con una mayoría parlamentaria de dos tercios, lo que le permitirá deshacer el sistema iliberal y antidemocrático que durante más de una década ha ido tejiendo Orbán, estableciendo un régimen clientelar con gran parte de los medios de comunicación o imponiendo su dominio sobre el poder judicial.

No ha sido simplemente una victoria, sino un éxito arrollador, que pulveriza incluso las encuestas más optimistas. En unas elecciones con datos de participación récord, y con el 60,2% de los votos escrutados, Péter Magyar obtiene 138 escaños, frente a los 54 del actual primer ministro, el ultranacionalista, trumpista y prorruso Viktor Orbán, que no ha tenido otra que reconocer su derrota.
Con los datos parciales, Magyar lograría superar la mayoría de dos tercios imprescinible para poder emprender una reforma a fondo del sistema iliberal construido por Orbán.

De nada ha servido que el vicepresidente de EEUU, JD Vance, se personara en Budapest en plena campaña electoral para apoyar a Orbán, asegurando -como lo hicieron en las elecciones argentinas- que EEUU premiaría a Hungría si y solo sí el ultraderechista lograba remontar el mal resultado que le daban las encuestas, entre 10 y 20 puntos por debajo de Magyar. Tampoco el apoyo expreso de Putin, o de Netanyahu, Milei, Le Pen o del líder de Vox, Santiago Abascal
Una injerencia electoral trumpista, abierta e indisimulada, que se suma a las siempre más sutiles interferencias rusas y sus granjas de bots, o a un sistema electoral que Orbán lleva más de una década moldeando a su gusto, para dar más peso a los distritos rurales, donde tiene su principal granero, en detrimento de las grandes ciudades donde levanta mayor animadversión.
Desde hace 16 años el gobierno de Orbán -alineado con Washington, pero también con Moscú- ha venido siendo un factor de tensión con Bruselas y las principales cancillerías europeas. Un auténtico caballo de Troya de las potencias imperialistas que buscan el máximo descosido, la máxima debilidad, o directamente la disolución de la Unión Europea.


