SELECCIÓN DE PRENSA NACIONAL

“España necesita un Gobierno de transición de PSOE, Podemos y C’s para reformar la Constitución”

A Antonio Gutiérrez (Orihuela, 1951) no le gusta pontificar ni hablar desde la atalaya de quien fue secretario general del CCOO desde 1987 hasta el 2000. Tampoco quiere hacerlo desde su condición de ex diputado por el PSOE durante las legislaturas de José Luis Rodrí­guez Zapatero. Prefiere enmarcar sus afirmaciones en el perfil de alguien que no permanece indiferente ante los devenires polí­ticos y sociales del paí­s. A Antonio Gutiérrez (Orihuela, 1951) no le gusta pontificar ni hablar desde la atalaya de quien fue secretario general del CCOO desde 1987 hasta el 2000. Tampoco quiere hacerlo desde su condición de ex diputado por el PSOE durante las legislaturas de José Luis Rodrí­guez Zapatero. Prefiere enmarcar sus afirmaciones en el perfil de alguien que no permanece indiferente ante los devenires polí­ticos y sociales del paí­s.

A Antonio Gutiérrez (Orihuela, 1951) no le gusta pontificar ni hablar desde la atalaya de quien fue secretario general del CCOO desde 1987 hasta el 2000. Tampoco quiere hacerlo desde su condición de ex diputado por el PSOE durante las legislaturas de José Luis Rodríguez Zapatero. Prefiere enmarcar sus afirmaciones en el perfil de alguien que no permanece indiferente ante los devenires políticos y sociales del país.

Gutiérrez está decepcionado con la clase política, incapaz de llegar al acuerdo que, opina, los ciudadanos han solicitado en las urnas el pasado 20 de diciembre. Su idea es clara y quirúrgica: un gobierno de transición de un par de años formado por PSOE, Podemos y Ciudadanos para reformar la constitución y someter el nuevo texto a referéndum. Excluye al PP sin ninguna duda: “Antes de pensar en gobernar, tiene que gobernarse a sí mismo. Es un foco de corrupción estructural”, lamenta. Pero durante la entrevista le da tiempo a hacer balance de aquellas dos legislaturas socialistas que terminaron con el país sumido en la peor crisis económica de su historia reciente.

¿A qué se dedica hoy un ex secretario general de CCOO y ex diputado del PSOE?

Trabajo. Cuando salí del Parlamento me incorporé a mi trabajo en el Servicio de Estudios de Caja Madrid, donde estaba en excedencia. Había un ERE muy ventajoso, pero no me acogí a él, quería trabajar. Pero me cogió faltamente el segundo ERE de 2013, con la reforma laboral, y no tuve más opción que irme al paro. Tal cual. Estuve en paro hasta que me ofrecieron un trabajo de los que hay ahora: autónomo dependiente, asesorando a empresas sobre emprendeduría, datos mercantiles… Me pago yo la Seguridad Social. No me quejo [casi susurra].

Ha dicho “un trabajo de los que hay ahora”. ¿Cómo ve el mercado laboral español actual?

Terrible. Precarizar el empleo para un país que se pretende desarrollado es tirar piedras contra tu propio tejado. La base de la competitividad está en el conocimiento, la cualificación. Todo lo que signifique precarización es despilfarrar esa fuente de riqueza. Eso va unido a que detrás haya proyectos empresariales en precario.

Por otra parte, las reformas laborales son como el principio de la termodinámica: ni crean ni destruyen empleo, sólo lo transforman. Y lo han hecho más vulnerable y precario. Eso hace que la economía cree empleo a borbotones en ciclos expansivos y que los destruya a mansalva cuando hay un primer síntoma de crisis.

¿Siempre se ha optado en España por competir en precios en lugar de en calidad?

Los capitalistas españoles han rehuido cualquier innovación, cualquier riesgo inversor para modernizar y prefirieron el negocio con menor inversión y menor riesgo con mayores beneficios, que era el ladrillo. También la hostelería, después.

El ingreso en el Mercado Común lo preparó Felipe González de la peor manera posible. Un gobierno que había prometido el cambio optó por el continuismo más rancio y conservador en economía. Ubicó nuestra economía en el segmento más bajo del mercado, el que compite en precios y salarios con la reforma laboral de 1985. Precarizó el empleo e hizo excesiva la temporalidad en su primer Gobierno. En ese año había un 12,3% de temporalidad y en tres años después casi se triplicó. Los gobiernos posteriores han seguido esa línea.

Fue militante del PCE en la clandestinidad y llegó a liderar CCOO de la mano de Marcelino Camacho. En el 91 abandonó el PCE. ¿A qué se debió?

Ingresé con apenas 16 años en el PCE porque sólo con soñar la libertad estabas cometiendo un delito en aquel entonces, y la referencia de la lucha antifranquista había sido el PCE. Bastante después empecé a constatar que, como pasaba en países comunistas europeos, negar las libertades individuales en aras de una pretendida libertad colectiva era una falacia. El comunismo había degenerado en regímenes dictatoriales que negaban la libertad, como en España el franquismo. Estuve en el inicio de Izquierda Unida, muy de acuerdo con la idea de Gerardo Iglesias, que tuvo el coraje de darse cuenta de que el comunismo tal y como lo había conocido la humanidad estaba periclitado y que, sin embargo, lo más importante era el caudal de compromiso y lucha de los comunistas españoles.

Para mí, la creación de una organización nueva, abierta y plural comportaba la disolución o resolución del PCE en el seno de IU. Eso no se quiso hacer así y, con Anguita, se acentuó más la preponderancia y subordinación de IU al aparato del PCE. Creo que en democracia, quien no se verifica en las urnas es una secta. Yo creía más en una alternativa a la izquierda del PSOE que incorporaba el bagaje del PCE, pero luego se acabó frustrando.

¿En qué situación ve al PCE hoy día?

Pues no lo veo, como no lo ven los ciudadanos. Lo que se presenta a las elecciones se llama IU. Dejo claro que no soy ningún renegado de él. Su papel fue encomiable bajo la dictadura y en la construcción de la democracia. Pero para mí no es un vector de progreso en España. Debería haberlo sido IU, pero no el PCE.

Parece que finalmente iremos a nuevas elecciones, y la confluencia entre IU y Podemos se antoja más cerca. ¿Es deseable y factible para usted?

Siempre es deseable la unidad en la izquierda. Siempre hemos estado viendo quién es más o menos de izquierdas para terminar derrotados todos a manos de la derecha. Ahora bien, el proceso debe resultar creíble y solvente, que no sea sólo la suma de siglas y batiburrillo de partidos. Podemos huía de la sopa de siglas en las anteriores elecciones, pero han terminado en un maremágnum de partidos difícilmente presentable como proyecto vertebrador del conjunto de España y capaz de inspirar confianza en la ciudadanía. Confluencias que no sean para coyunturas electorales, sino con perspectivas más de futuro, más estratégicas, siempre son deseables.

¿Considera un error que no haya un acuerdo de Gobierno progresista?

Es peor que un error. Lo que parece que va a suceder indica que es mentira lo de que “cada pueblo tiene el Gobierno que se merece”. Se vuelve a demostrar que la ciudadanía ha demostrado una madurez y una altura política mayor que la clase política. La inestabilidad no nace de los votos del 20-D, no son los ciudadanos los que han llevado al país a la inestabilidad, son sus gobernantes haciendo que España carezca de un mínimo proyecto de futuro. Hay partidos políticos que han empezado a ponerse unos a otros líneas rojas y condiciones irrenunciables. Si hubieran hablado de condiciones renunciables en vez de irrenunciables hubiera sido más fácil armar el Gobierno que creo que se necesita, un Gobierno de transición.

¿De transición hacia qué? ¿De quiénes sería, para qué y por cuánto tiempo?

Hablo de un gobierno compartido por PSOE, Podemos y Ciudadanos que atienda a los retos más importantes que tiene España: un programa de emergencia social, una actualización constitucional hacia un estado federal y la lucha contra la corrupción. Esto, creo, contaría con apoyo de los nacionalistas si el compromiso es hacer un referéndum para toda la soberanía nacional. Tendría difícil justificación si no apoyan este compromiso. Después, un periodo tasado de un par de años, con flexibilidad, para aplicar estas reformas y volver a convocar elecciones.

¿Qué tendría que cambiarse en la Constitución para solucionar las tensiones territoriales?

El Estado de las Autonomías es una singularidad española dentro de los países desarrollados. Fue una necesidad de la Transición y ahora hay que hacer una homologación hacia los Estados federales con un nuevo texto constitucional sometido a referéndum. Esa es la manera de ejercer el derecho a decidir de todos los españoles.

Fue diputado durante las dos legislaturas de Zapatero, en las que se aprobó la reforma laboral y la reforma de la Constitución. ¿Cómo vivió un ex líder sindical la huelga contra el partido por el que era diputado?

Bueno, fui a la manifestación y estuve apoyando la huelga. Lo que publiqué se lo dije a Zapatero la víspera de la votación de la reforma. Estaba descerrajando un palo de ciego al mercado laboral y a los derechos, que era la gran contradicción a lo que incorporaba en su discurso de que de la crisis no se salía debilitando los derechos de los trabajadores, sino reforzando el aparato productivo. Era una reforma que atendía a los criterios de los asesores de las patronales, hacía más fácil despedir que reorganizar empresas. Y me lo reconoció. Me dijo: “tienes razón, me la han colado”.

La huelga fue un gesto de los sindicatos que demostró más responsabilidad y voluntad de negociación que el Gobierno, que la despreció. Lo viví como el inicio de una gran involución del Gobierno Zapatero en la gestión de la crisis.

¿Por qué se abstuvo en lugar de votar en contra?

Porque Zapatero me prometió que durante el verano se pondría en marcha un equipo conmigo y más gente para hacer enmiendas, para reformarla en su trámite en el Senado. Nunca cumplió su promesa.

¿Y cuando en agosto se reforma la Constitución, con el artículo 135?

Fue la puntilla para muchos. Para la economía y para la propia Constitución. Ya no pude hablar con Zapatero. Fue una decisión cocinada por el presidente y por Rajoy al margen de cualquier debate democrático. El artículo 135 no tiene nada que ver con la estabilidad presupuestaria si tienes el sistema fiscal más injusto y dando prioridad al control del déficit más que a cualquier otra cosa. Era una soga al cuello de la economía española, no sólo para el Estado del bienestar, sino que está dificultando que España cambie su modelo productivo. No hay un solo país por liberal que haya sido que haya dado un salto cualitativo sin haber incurrido en déficits importantes y largos.

Después de su etapa en CCOO fue diputado del PSOE por Madrid. ¿Por qué tomó esa decisión?

Por la involución de IU en esos años, que me aleja más de ellos, y el aire de renovación que encarnaba Zapatero, aunque luego decepcionó. Tomé la decisión porque no soy un indiferente. Mi único carné es el de CCOO y, desde mi independencia partidista, creo que no hay que ser indiferente. Cuando yo entré en política venían antes los palos que los cargos.

Me llamó Zapatero para las municipales de 2003 y lo rechacé. No estaba de acuerdo en cómo se hizo esa candidatura y no veía un proyecto definido para cambiar Madrid. Un año después me volvió a llamar y puse condiciones: mantener mi independencia y mi libertad de criterio y de voto. Esa segunda legislatura del PP con Aznar fue terrible. No sólo por la guerra de Irak, que fue el estrambote final, sino porque empieza retomando aquella ley de extranjería.

¿En qué situación ve ahora a los sindicatos?

La renovación es ineludible. El papel de los sindicatos es encomiable e insustituible en las empresas. Si no fuera por los comités de empresa los trabajadores lo estarían pasando bastante peor, han contenido algo los ataques de la patronal y de reformas laborales. Pero ese papel es el menos visible. El más apreciable es el de los intereses generales de los trabajadores, la capacidad de incidir en las esferas sociales e institucionales. Ahí es donde se aprecia una deficiencia, un achicamiento. Los grandes sindicatos no deben limitarse sólo a la reivindicación laboral, también tiene que incidir sobre temas políticos y sociales. Estamos obligados a generar nuestra propia opinión política. Detrás de todo sindicato apolítico hay un sindicato amarillo controlado por la patronal o una empresa.

¿Por dónde pasa esa obligada renovación de la que se habla?

Ya que los sindicatos han sido capaces de superar sus divisiones, hay una cosa que creo que se tendrá que hacer. Ahora hay unidad de acción y programática. Pero para ejercer la misma función de representación social se mantienen dos estructuras diferenciadas. Tienen que tomar la iniciativa para ir hacia la unidad orgánica, hacia una gran central sindical unitaria, pluralista, sin depender de partidos. Eso sería un revulsivo que le daría mucha más fuerza con los trabajadores y frente a patronales o gobiernos.

Deja una respuesta