Año Caravaggio

Enfrentarse a la verdad

En una de las tertulias en el Ateneo Madrid XXI, Antonio López recordaba como uno de los cuadros de Caravaggio fue rechazado por la Iglesia porque San Mateo era representado con el rostro de un avejentado jornalero, y el ángel que lo acompañaba “tení­a los pies sucios”.

Caravaggio quería mostrar la verdad, y ara ello debía enfrentarse a la idealizada representación de la realidad que el poder establecido -en este caso la Iglesia- imponía al arte.Cuatro siglos después de su muerte, y cuando los fastos de magnas exposiciones colocan el foco de la actualidad sobre el pintor italiano, conviene recordar que Caravaggio abrió las puertas a la pintura moderna porque se enfrentó a buscar la verdad, independientemente de las consecuencias que ello le acarreara. ¿Dónde está la irreverencia?La magna exposición de Caravaggio en Roma -la más completa dedicada nunca al genio italiano- se está convirtiendo en un fenómeno de masas. Semanas antes de inagurarse, más de 50.000 personas habían reservado su entrada.Claudio Strinati, el comisario de la exposición, concluye que "el interés creciente en la figura de Caravaggio se explica en que es el artista por antonomasia, el de la vida descontrolada, el de la vida que todos querrían vivir pero que ninguno tiene el valor de llevar. Libre, creativo, no sometido a las leyes, siempre en conflicto y siempre desesperado”.Efectivamente, la vida de Caravaggio está muy lejos de una existencia plácida y acomodaticia. De carácter pendenciero, habitual visitante de tabernas, bajos fondos y peleas, los problemas con la ley fueron una constante en su carrera. Condenado a muerte varias veces por asesinato, se vio obligado a huir de ciudad en ciudad, para morir en el olvido.Pero reducir la irreverencia de Caravaggio a su “existencia bohemia” es quedarse con la pose, con una fachada efectista pero hueca que lima las aristas más puntiagudas de su obra.Lo revolucionario en Caravaggio es la nueva mirada que introduce en la pintura, radicalmente nueva. Y para hacerlo tuvo que enfrentarse al poder -a los cánones artísticos que dictaba el poder-, no en sus pendencias personales, sino en sus cuadros.Cuando Caravaggio inició su carrera artística, se público el tratado sobre pintura de Lomazzo. En él se concentraban “las normas de la buena pintura”, extraídas del gran arte del Renacimiento.Caravaggio nunca aceptó las normas. Consideraba que el verdadero modelo para el arte no era el Renacimiento o la estatutaria clásica, sino la propia naturaleza.Frente a las jerarquías de motivos establecidas en el canon -los temas que el gran arte debía tratar y los que no eran dignos de tratarse-, para el pintor italiano un cuadro sobre la vida cotidiana estaba a la misma altura, como motivo artístico, que una historia bíblica.Pero fue la norma del “decoro” la que Carvaggio violentó consciente y radicalmente. El “decoro” imponía que ólo se eligen para ser representados aquellos elementos que convienen a la dignidad del tema. No debía pintarse, por ejemplo, a Cristo vestido como un mercader, sino como un personaje divino.Permanentemente, Caravaggio representaba a personajes bíblicos como avejentados jornaleros, sensuales muchachos o mujeres que podían encontrarse en los mercados romanos.Su cuadro “La conversión de San Pablo” fue rechazado -el pintor tuvo que realizar una segunda versión- porque “tenía un aire excesivamente terrenal”.Su “Madonna con el niño y Santa Ana” sólo permaneció dos días expuesta en la Basílica de San Pedro. El secretario de un cardenal mandó retirarla, afirmando escandalizado que “en esta pintura todo es vulgaridad, sacrílego y disgusto. Es un trabajo hecho por un pintor con un espíritu oscuro y que ha estado alejado de Dios durante mucho tiempo”.Otro cuadro de la virgen fue también rechazado porque Caravaggio representaba a la madre de Jesús moribunda, falleciendo como cualquier otra persona, y no ascendiendo a los cielos como mandaba el canos eclesiástico.No estamos hablando de motivos banales. Las pinturas religiosas, expuestas en las iglesias, eran el único “arte público”, y un vehículo primordial para difundir la visión del mundo que interesaba al poder, representado en la Iglesia.Caravaggio desafió los cánones, despojó de divinidad a los personajes bíblicos, los bajo a una existencia terrenal. Si San Pedro era representado como un viejo jornalero, ambos quedaban igualados, quebrando la jerarquía social. Un impulso revolucionarioCaravaggio coincidió, bajo el mecenazgo del cardenal Del Monte con Galileo. Los hallazgos del científico desmontaron “la armonía celestial” dictada por la teología cristana. Y los cuadros del pintor desafiaron la mirada divinizada hacia la realidad que había dominado durante siglos. El mundo estaba cambiando definitivamente, y en todos los ámbitos los pilares del orden establecido eran cuestionados.De este impulso revolucionario bebe la pintura de Caravaggio. Abriendo nuevos horizontes artísticos.Todos sus hallazgos artísticos, desde el uso de la luz, el famoso “tenebrismo”, hasta el tratamiento de los personajes, están al servicio de este impulso moral: decir la verdad, contar el mundo tal como sus ojos lo veían, y no como dictaba el poder que debía hacerse.Los problemas legales de Caravaggio, como los de Galileo, no derivan de su “carácter pendenciero”. Sus mecenas pudieron protegerle durante un tiempo. Pero llegó el momento en que era necesario silenciar su pincel, como había sido necesario destronar a Galileo.Pero, independientemente de su trágico destino personal, la semilla de Caravaggio, como la de Galileo, prendió porque estaba de acuerdo con el desarrollo de la vida. Y eso no hay poder que pueda detenerlo.Pocas décadas más tarde, un pintor sevillano -Diego Velázquez- admiró como los cuadros de Caravaggio “transmiten la belleza y sencillez de los humildes, los sencillas, que recibirán por herencia la tierra”.La vida de Velázquez y Caravaggio no puede ser más diferente. La vida ordenada del sevillano contrasta con el desorden y la brutalidad que cultivaba el italiano. Pero ambos estaban unidos por la misma pasión por la verdad.Cuando Inocencio X contempló el retrato que le había hecho Velázquez -donde le plasmaba para la posteridad con la crueldad del poder terrenal y no con el halo de divinidad del papado- exclamó “troppo vero” -”demasiado verdadero”.Lo mismo le habían dicho a Caravaggio. Por eso ambos, Velázquez y Caravaggio, son hoy dos pilares insustituibles de la historia de la pintura.Las vanguaridas del siglo XX tuvieron que enfrentarse a la visión adocenada del mundo que el orden burgués imponía al arte. Velázquez y Caravaggio hicieron lo mismo varios siglos antes.

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