El Brujo: La magia del teatro

El misterio de la palabra

“En un principio era la Palabra”. Este primer versí­culo del Evangelio según San Juan encierra el poder primigenio de la palabra que Rafael Alvarez, “El Brujo” ha cultivado durante más de tres décadas como fascinante origen del poderoso misterio del teatro.

Describe a su adre como un "recitador de palabras flamencas", aire arábigo, bastón de plata, sombrero elegante y lenguaje peculiar que en vez de decir "Cálmate, no te pongas nervioso", sentenciaba: "El tiempo nace verde. La fruta le da el color". Para cada situación tenía una copla. Así fue cómo Rafael Álvarez, El Brujo, heredó su fascinación por las palabras. Si algo caracteriza su trayectoria es el feroz sentido del humor. Incluso cuando recuerda sus primeros pasos como actor vanguardista y fronterizo que intentó sin éxito subir a las tablas un texto demasiado alternativo de José Luis Alonso de Santos, Alea jacta est (La suerte está echada) en 1983, en la sala La Cúpula de Venus de Barcelona. De las tres semanas programadas sólo actuó dos veces: en el estreno y en la última función, cuando acudieron los mismos que al estreno para apoyarle. Desde los comienzos difíciles hasta su éxito actual han pasado décadas de "hambre", de observar cada gesto del público para saber qué quería y así mejorar su actuación, porque si lo hacía mal no le llamaban al año siguiente para actuar, y si no le llamaban no comía. Así de simple. Por eso, cada obra es en cierto modo un homenaje a los espectadores que le permiten seguir 30 años después. Para El Brujo “no son sólo personas que van a ver una obra de teatro, sino una fuerza colectiva que guarda silencio al mismo tiempo para escucharte y te aplaude cuando terminas”. Rafael Álvarez El Brujo es conocido, posiblemente, como uno de los mejores monologuistas de la historia del teatro, aunque también ha creado personajes sublimes e inolvidables, como el del borracho que hizo en La taberna Fantástica, de Alfonso Sastre. Su trayectoria es larga y está plagada de innumerables éxitos por lo que es difícil definir en pocas palabras y desde una perspectiva general una personalidad y una obra tan poliédrica como la suya. Podría hablar de su teatro a través de cualquiera de sus monólogos más recientes, como “Pícaros y místicos”, “Una noche con el Brujo”, “El contrabajo”, “El Evangelio de San Juan”, “El Lazarillo”, “San Francisco juglar de Dios” o el más reciente: “El testigo”, pero prefiero hacerlo desde un monólogo que le define perfectamente porque en él podemos encontrar, al mismo tiempo, toda la obra y toda la personalidad de este ser irrepetible que es Rafael Álvarez El Brujo: “El ingenioso caballero de la palabra”. A lo largo de su monólogo asistimos a la versión más increíble y personal de las que sobre las hazañas del hidalgo caballero han existido.Viendo deambular al Brujo por la escena no me cabe duda de que Cervantes tuvo que pensar en él para crear al Quijote. Cuatrocientos años no son barrera suficiente para separar a estos dos amantes sin remedio de la palabra. Leyendo El Quijote vemos al Brujo deambular por la cansada llanura. Viendo al Brujo vemos al Quijote batallar con los secuaces y cómicos metidos a políticos del siglo XXI. Poco hemos cambiado. Pero esta vez no hay molino que se resista al noble caballero que, sabedor de los nuevos peligros que acechan a todas las Dulcineas de nuestro moribundo mundo, cabalga de nuevo en pos de encuentros, desencuentros y aventuras. Nada le detendrá hoy, porque nada puede detener a la única fuerza invencible de la Historia: la palabra. Ha llegado ya el día, si no queremos sucumbir ante la idiocia de la manipulada sociedad de la imagen, en que tenemos que reivindicar que una palabra vale más que mil imágenes. El Brujo, personaje sorprendente e irrepetible donde los haya, nos cuenta, con esa manera tan particular y única que él tiene de contar sus vivencias, lo que siente el actor frente al estar absolutamente solo en un escenario frente al público, frente a esa abierta invitación a la vida que es el monólogo: “En el monólogo se experimenta lo que a uno le sostiene cuando la palabra ya no puede sostenerle. El silencio y sólo el silencio. Se está levantando el telón…” También nos cuenta Rafael Álvarez El Brujo que, “rodando con las palabras por los escenarios de España, a veces he caído en un lugar apacible y silencioso, de extraña atmósfera, agradable y suavemente inquietante a la vez. He tardado en saber dónde me encontraba. Aún hoy a ciencia cierta del todo no lo sé. Es un presentimiento, como un océano de silencio, de que el alma es conducida de manera brusca o suave y silenciosa, depende. Un día finalmente supe que me hallaba ¡en el interior de una cueva!… el tiempo de ese lugar no es el tiempo del mundo… En esta cueva la oscuridad es tan intensa que apenas es posible explorar nada, pero a pesar de ese desconocimiento envolvente nunca sentí miedo. No obstante, supongo que porque aún me quedan por hacer muchas preguntas, siempre vuelvo de nuevo al exterior, no sin cierta melancolía de la sombra. Pero vuelvo con una definitiva certeza: sólo quien sabe lo que ocurre en la cueva es quien conoce y quien en verdad puede contar esta historia. Y para eso hay que entrar allí. Allí se halla el verdadero autor. Soy yo. La voz canta las gestas de leyendas antiguas, sueños dormidos en la memoria de los pueblos. La voz del romance que espera (como Lázaro) la palabra que diga: “Levántate y anda”… Una visión del espectáculo El Evangelio de San Juan” es el título del espectáculo que cierra una trilogía compuesta junto con “San Francisco, juglar de Dios” y “Los misterios del Quijote”. Los tres espectáculos se basan sobre antiguas técnicas de transmisión y narración oral. El humor es una nota dominante en ellos. Versan sobre temas que han dejado una fuerte huella sobre la memoria y la imaginación colectiva. Se nutren por igual de la ‘tradición de la palabra’, por decirlo así, insisten de forma especial en la fuerza viva de la palabra hablada frente a la tradición de la palabra escrita y su ascendente en el teatro. Así mismo, la confrontación (y a veces la interconexión o incluso la síntesis) de estas dos tradiciones y el reflejo de sus contenidos en la imaginación popular, (en la forma de cuentos, leyendas y otros temas objeto del arte de los antiguos juglares) es también un factor común a ellos. El estudio de la obra de Dario Fo, teórica y práctica –especialmente la puesta en escena de “San Francisco, juglar de Dios”- ha ejercido una influencia decisiva y muy visible en el desarrollo de estos trabajos y en su visión conjunta como trilogía. “El Evangelio de San Juan” la cierra y la completa con un tema fascinante, que hunde sus raíces en las más antiguas tradiciones orales del Mediterráneo. Este espectáculo se inscribe en el ámbito propio de la juglaría, con el humor, la vitalidad y el ritmo propios de la comedia, pero al mismo tiempo, como en “San Francisco, juglar de Dios”, con una fuerte carga poética, en este caso ineludible, por el lenguaje propio del texto y la ternura y simbolismo de alguna de sus situaciones. (…) Jesús es un poeta tan sublime que cuando habla desconcierta el sentido de los hombres y hay quienes creen estar escuchando a Dios. Su secreto es la fuerza, la acción y el poder de su palabra, pero este hombre es justamente el Hombre al que los hombres (ciertos hombres) no pueden soportar. Encarna en sí mismo la libertad del ser. Él es La Palabra. Si el lenguaje es el espejo del poder el Jesús de San Juan es un escándalo. Ejerce violencia poética sobre el lenguaje caduco del mundo, lo subvierte con fuerza y renovando así el lenguaje, renueva la vida. Pero sus adversarios no le entienden, le rechazan, se revuelven. Los viejos sacerdotes aferrados a la tradición en el fondo temen el misterio. (¡Actual!) La novedad radical del mensaje de Jesús, su “libertad de expresión” choca brutalmente contra la inercia opaca del poder. En resumen: La Palabra viene al mundo, pero su luz ciega, confunde al mundo. Y finalmente el poder crucifica La Palabra. (…) Veo “El Evangelio de San Juan” como una extrovertida ceremonia popular con la frescura y espontaneidad que le confiere al teatro la risa y la sensualidad del contacto inmediato con el público, pero con cierto aire de exaltación mística, o HISTÉRICA, si se quiere. (En cierto sentido como una modalidad o derivación lírica de los motivos del famoso ‘misterio bufo’ de Darío Fo). Un relato, a veces sencillo y silencioso, PERO TAMBIÉN EN UN AMBIENTE DE FIESTA, COMPARTIDO Y VIVIDO COMO UNA CEREMONIA MÁGICA. Rafael Alvarez, El Brujo San Francisco, juglar de Dios (…) Ahora el juglar de Europa [Dario FO] se fascina con San Francisco de Asís, el juglar de Dios y como Oscar Wilde y tantos poetas benditos y malditos, se conmueve con la belleza y la magia de la película de Rosellini sobre él; se pone a investigar y escribe un monólogo fabuloso. Y a mí – juglar de España (al menos uno de ellos)- me toca representarlo por estos caminos que tan trillados tengo con los monólogos y textos clásicos. Pero esto es diferente. Este texto es un regalo de la Providencia como diría el Poverello de Asís, porque la verdad, está lleno de belleza, de ingenuidad y de candor pero con el punto inteligente y ¿pícaro? que sobre su figura aporta la investigación de Dario Fo. En este momento una ráfaga de luz renacentista ilumina mi vida. Me encomiendo al Santo y también ¿cómo no? A Dario Fo. Los gallegos dicen “Dios es bueno y el diablo non es malo”. También lo sabía el Santo que cuando le apalearon los diablos por dormir varios días en casa de un cardenal, dijo que aquéllos obraban por delegación del divino poder para impedir que él se acomodara y dejara el estrecho camino que se le había encomendado. Espero que algo de su fe en el poder redentor del AMOR y LA BELLEZA nos toque a nosotros y a ustedes, el respetable público. ¡Ya verán que impresionante es esto! Rafael Alvarez, El Brujo El Quijote y la voz de la sabiduría (…) Pero ¿Cómo ser Quijote y hablar por boca de Sancho y viceversa? ¿Cómo integrar en una sola voz es llama doble grabada desde niño en mi memoria? Siempre vi una silueta, eterno par, hidalgo y escudero- apéndice, bajo un sol de justicia –no sé porque siempre imagino La Mancha en un tórrido verano- caminando en la adusta llanura hacia un viaje sin retorno… Pero de la sabiduría la palabra fluye en ambos “como un río de oro” y es siempre una misma voz. Un gran estudioso de la obra (Américo Castro) dice de la permanente profusión de las parejas o “emparejamientos” como espacio humano de los acuerdos o desconciertos (QUIJOTE- SANCHO, MARCELA, GRISOSTOMO, CURA-BARBERO, etc.) que expresan “las armonías y los desacuerdos que tienen lugar en el sentir reflexionante (si cabe hablar así) del alma de cada uno” Pero según nuestro personaje –conferenciante y juglar- -sujeto activo del monólogo- este recurso formal de dualidad va mucho más lejos: “es una confrontación que invita a correr el velo de ilusión tras el que se esconde una luminosa síntesis trascendente”. El espectáculo de una incorruptible y única realidad: Soy, soy la voz y por ello puedo ser QUIJOTE o SANCHO y hasta, si es preciso, los “doce pares de Francia”. Dos máscaras –Quijote y Sancho- en el juego hábil de un misterio y oculto bululú. A veces no se puede decir quienes más sabio. Dos marionetas que improvisan un gracioso y estudiado contrapunto. En ocasiones se diría que hasta -¡Oh maravilla!- da la impresión de que intercambian los papeles. En tres palabras: ¡dos buenos cómicos!. Pero ¿Quién habla por boca de Sancho? ¿Quién responde en el papel de hidalgo sabio, irónico caballero, al encumbrado y, sin embargo, rústico escudero? ¿Quién es quién en realidad? El “espíritu de las profundidades” –verdadero autor de la obra- abre las puertas a un maravilloso retablo de imágenes que emergen desde el reino oscuro de los sueños. Un carácter diferenciado, cada personaje, un perfil propio con vida autónoma. Pero quien habla es una sola voz. Habla -¿canta?- para celebrar el matrimonio del sentido con la insensatez. Es la voz de la sabiduría. “madre del amor, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza. Regalada (soy) a todos mis hijos como un don eterno. Pero, sobre todo, a aquellos que son escogidos por Dios” (de los Proverbios de Salomón) El caballero conoce este don, así como la renuncia que implica su carisma. Amor, sin duda, acción sin miedo. Por la experiencia de la aventura accede al conocimiento de aquello que por la fe ya ha sido hallado. Es el camino del caballero, del elegido, del instrumento de la voz.

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