El miedo en el cuerpo

Trump aumentará el déficit del país más endeudado del mundo

Un terremoto económico en Nueva York sacudió en la primera semana de febrero las bolsas de todo el mundo. El epicentro, la bajada en picado de los principales índices de Wall Street (Dow Jones y S&P 500) que perdieron un 10% en tres sesiones. Qué sucedió y porqué ha ocupado decenas de páginas en la prensa económica, para acabar la mayoría resumiendo que simplemente las cotizaciones de bolsa estaban muy altas y necesitaban un ajuste; o la idea más peregrina aún de que se debió al funcionamiento programado en los ordenadores para ejecutar órdenes automáticas de venta. ¿Puede ser que un suceso tan importante sea autónomo y se explique al margen de la durísima batalla que se vive en Washington desde la llegada de Trump y de su nueva orientación para mantener la hegemonía de EEUU?

“Las caídas en la bolsa son una corrección bienvenida” declaraba la presidenta del Fondo Monetario Internacional C. Lagarde. Un twit cargado de humor se burlaba de esta declaración, apuntando al intento de despistarnos sobre la verdadera dimensión de lo sucedido: “de los creadores de corrección a la baja, desaceleración controlada, simples perturbaciones insignificantes y otros eufemismos precrisis… hoy llega: corrección bienvenida.”

Efectivamente, el nivel del descalabro no podía disimularse. El índice de valores industriales (Dow Jones) acabó cediendo un 4,6%, en una sesión. Este índice de referencia de Wall Street retrocedió 1.200 puntos en la mayor caída diaria en puntos de su historia. Para poder compararlo, recordemos que en el momento de la quiebra de Lehman Brothers en 2008, la bolsa bajó 777,68 puntos.

Descalabro global

Al acabar el día, el conjunto de monopolios industriales habían perdido el equivalente a todas las ganancias del año anterior. Otro índice importante, el Nasdaq Composite (evalúa 5.000 empresas, destacando las tecnológicas) cedió otro 3,78%. Ningún sector se salvó. Salud, industria, finanzas, energía, comerciales… todos retrocedieron drásticamente. El VIX, conocido como índice del miedo de Wall Street, alcanzó máximos, mientras que el indicador que marca la volatilidad del mercado se disparó un 85%, el mayor repunte en una sola sesión de toda su historia.

“La mayor salida de dinero en fondos de renta variable jamás vista”, anunciaban desde Bank of America: 33.000 millones de dólares de pequeños ahorradores huyeron en esa semana de los fondos de acciones en EEUU. Una cantidad similar en el resto del planeta. La onda expansiva hizo que en solo cinco jornadas Hong Kong se dejara un 9,9%, Shanghai un 9,7%, Tokio 8,9% , Taiwán 8,1%,… hasta en Australia, Sidney, cayó un 5,1%. Las bolsas europeas retrocedieron al tiempo como en los peores días del anuncio del Brexit.

Las jornadas del 6 al 9 de febrero no fueron ninguna “necesaria corrección”, provocada por la buena marcha de la economía que empuja a la recogida de beneficios, sino un desastre en toda regla, valorado en miles de millones en pérdidas.

La culpa para las máquinas

Aún más excéntrica era la explicación difundida por algunos analistas. Los operadores de bolsa trabajan con programas informáticos que tienen incorporadas órdenes masivas de vender cuando procesan información que les indica una bajada importante de los valores que controlan. Ciertamente este es un mecanismo que puede permitir acelerar el movimiento, pero pretender hacer creer que funciona de forma autónoma a los responsables del destino financiero de la superpotencia norteamericana es poco más que una tomadura de pelo.

La batalla

Diametralmente opuesto es detenerse a analizar la división en el mismo seno de la clase dominante norteamericana y sus proyectos para prolongar su situación de privilegio en el planeta como el principal generador de los movimientos políticos, y por tanto económicos, que podemos vivir. Un reciente artículo en Deverdaddigital.com evidenciaba la creciente disputa en la altas esferas de EEUU, que se prolonga desde las elecciones entre Clinton y Trump, y que ha llegado a acabar con portavoces del gobierno y algún secretario de Estado, a implicar a la CIA, a cuestionar el papel de miembros de la familia del presidente en su relación con el papel de Rusia, e incluso a dinamitar la dirección del FBI: “La batalla en las entrañas de Washington continúa, cada día más aguda. De momento, se han llevado por delante al subdirector del FBI acusado por los republicanos de trabajar para los demócratas. No es el primero ni será el último de una lista de dimisiones que al equipo presidencial de Trump le ha costado una veintena de bajas en su primer año de mandato.” Y si a dentelladas van los tiburones entre sí, qué no van a estar dispuestos a hacer respecto al resto del mundo. Pues bien, parece que el sector que dirige los destinos de EEUU y que encabeza Trump se dispone a imponernos un nuevo pago de sus crecientes deudas.

Nuevo gobernador

Un columnista de la revista económica norteamericana Smart Money incluía una definición llamativa en un entrevista para explicar la bajada de las bolsas: “el efecto Jay Powell”. Es el nombre del nuevo gobernador de la Reserva Federal (Fed). Durante los últimos 20 años, la Fed ha seguido las pautas de lo que se ha llamado el Greenspan put: el tipo de interés que la Fed fijaba para el dinero que se presta a los bancos privados se mantenía especialmente bajo (cerca de cero) mimando la remontada de los mercados de valores desde 2008. Según este acuerdo tácito entre las altas esferas económicas de EEUU, el precio del dinero solo se encarecería cuando existiese una razonable y sólida seguridad de que los cambios en la política monetaria no provocarían una caída brusca y acentuada en el valor de las acciones. Esos tipos de interés cercanos a cero han permitido una gigantesca inyección de dinero a los grandes bancos y monopolios norteamericanos, compensando su pérdida de competitividad en la economía mundial. Sin embargo, desde la llegada de Trump, el nuevo el banco central ya elevó los tipos de interés en tres ocasiones en 2017, y se espera que apruebe tres subidas adicionales en 2018. El nuevo Gobernador, que con su voto ya había respaldado las anteriores subidas, así lo indicó ante su toma de posesión.

Los zombies no dirigen el país

Para algunas grandes compañías, el crédito a coste cercano a cero es vital. Se ha hecho popular la definición para varios gigantes económicos de “empresas zombies”, porque literalmente son muertos vivos: están fuertemente endeudadas y logran entre ingresos y créditos bajos suficiente liquidez para seguir operando, e incluso llegan a pagar los intereses de su deuda, pero no les llega para amortizarla, para reducirla. Si perdiesen el acceso al crédito o este se encareciese, no podrían sostener esa situación. Según el Financial Times, alrededor del 12% del total de las empresas norteamericanas pueden ser calificadas como compañías zombies. Una investigación de Merrill Lynch y Bank of America, afirma que en Europa ese porcentaje ronda ya el 9%.

Demasiado en juego

Pero no es solo el interés directo de unas compañías el que decide la política monetaria de los gobernantes norteamericanos. La hegemonía se garantiza con medidas más estratégicas. A finales de enero, el discurso del Presidente sobre el estado de la Unión ratificaba que continuaría su programa. Básicamente, persistir en las bajadas de impuestos a las grandes rentas y las empresas, de un 35 % a un 21 % sobre beneficios. Según el cálculo de la Oficina Independiente de Presupuesto del Congreso (CBO), la reforma que impulsaron los republicanos sumará 1,45 billones al déficit nacional de Estados Unidos, ya disparado. Trump va a aumentar el déficit estadounidense con un programa de inversión en infraestructuras cercano a los 1,7 billones de dólares. Por si fuera poco el Senado norteamericano votó un incremento del gasto público de otros 300.000 millones de dólares, más de la mitad del cual se dirigirá a la inversión militar. A esto se suma que el plan económico de Donald Trump es a la vez inflacionista (sube salarios pero también precios) y obliga al Tesoro a emitir más deuda para financiar el gasto. Este es el centro del asunto.

Asustando al inversor

En tanto que EEUU no está dispuesto a renunciar a su hegemonía, cada vez más cuestionada, y que sostenerla le obliga a un gasto desorbitado, su único camino es el endeudamiento. Necesita vender miles de bonos de su Estado a otros estados y otros inversores. Pues bien, la enorme inestabilidad creada con el terremoto del 6 de febrero le allana el camino. ¿Dónde invertiría usted: en un activo con apenas riesgo, como es la deuda estadounidense a 1 año, que ofrece una rentabilidad del 1,86% en este momento, o en un índice de bolsa como el S&P 500, con un dividendo estimado del 1,92% para este año pero sometido a posibles caídas bruscas donde lo pierda todo?

Tras las jornadas de febrero se ha instalado en todos los inversores el miedo en el cuerpo. Quebrada la confianza en la solidez de las inversiones en bolsa, se empuja al dinero a la compra de bonos del Tesoro o dólares, a buscar inversiones más seguras. Además, el anuncio de la subida del precio del dinero por parte de la Reserva Federal ha elevado la rentabilidad del dólar, y refuerza el trasvase desde la renta variable -la inversión en bolsa- a la renta fija -compra de divisas, títulos de deuda…-. EEUU busca financiar su déficit atrayendo una importante parte del ahorro mundial; el que consiguen las economías emergentes gracias a su crecimiento. Una gigantesca operación de captación de capitales para seguir sosteniendo una hegemonía mundial cada vez más costosa.

No piensan pagar

EEUU es el país más endeudado del mundo. Grecia quebró con una deuda pública del 150% del PIB. La deuda real norteamericana está en el 600% de su Producto Interior Bruto. Pero EEUU no piensa en pagar su deuda sino en cómo usar su posición de dominio para endosársela al resto de naciones. A través del control sobre los principales resortes de la economía mundial, EEUU descarga sobre los países dependientes la factura de sus crisis. Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y sobretodo el dólar, aún la moneda clave del comercio mundial, son sus arietes. Su enorme poder militar que respalda su política y diplomacia es su aval. Por eso, mientras las bolsas europeas aún no se han recuperado del crack de 2008, Wall Street ha aumentado en esta década un 195% su valor en bolsa.

Trump se dispone a engrandecer América de nuevo sobre la base de agigantar al tiempo su déficit. Pueden pensar sostener así por décadas su hegemonía porque en sus planes no está el pagarla. El volumen es ya de tal monto que ni siquiera podrían, y el mundo entero lo sabe. Esta aguda contradicción en la que viven instalados solo tenderá a complicárseles en la misma proporción en que aumente la independencia y autonomía de las naciones y pueblos que aspiran a endosarles sus deudas.

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