Los fundamentos del marxismo: Trabajo asalariado y capital (4)

El inevitable incremento del abismo social

La raí­z del intercambio desigual entre el capital y el trabajo asalariado sólo puede conducir a ahondar el abismo social, es decir a reducir la proporción de la riqueza social que se apropia el trabajo y a incrementar la porción que corresponde al capital. Es en los momentos de rápida expansión del capital donde, a pesar de que aumentan los ingresos del obrero, más se acreciente ese abismo y crece el poder del capital sobre el trabajo, la dependencia de éste con respecto al capital.

El intercambio desigual entre el capital y el trabajo asalariado Las horas de trabajo, y el nuevo valor creado por ellas, de que se apropia gratuitamente el capitalista son la única fuente de revalorización del capital. Esta es la raíz del intercambio desigual entre el trabajo asalariado y el capital: mientras el trabajo asalariado sólo recibe medios de vida que consume inmediatamente, el capital se acrecienta permanentemente apropiándose de la riqueza social que genera el trabajo. En tanto que la fuerza de trabajo es propiedad del capitalista que la ha comprado, los nuevos valores que crea pertenecen también al capitalista. Así pues, el obrero no sólo produce mercancías, también produce capital. Es decir, valores que sirven de nuevo para mandar sobre su trabajo y crear, por medio de éste, nuevos valores, nuevo capital. Al crecer el capital, crece la masa del trabajo asalariado, crece el número de obreros asalariados. O, lo que es lo mismo, la dominación del capital se extiende a una masa mayor de individuos. Incluso en las mejores condiciones para el obrero –un veloz crecimiento del capital productivo que demanda más fuerza de trabajo asalariada con lo que más cara se puede vender ésta–, el resultado final es el mismo: el crecimiento del poder del trabajo acumulado sobre el trabajo vivo, el aumento de la dominación de la burguesía sobre la clase obrera. Salario nominal, real y relativo La expresión monetaria del precio del trabajo, es decir el salario nominal, no coincide necesariamente con el salario real, es decir, con la cantidad de mercancías que se obtienen realmente a cambio del salario. Pero el salario se halla determinado, fundamentalmente, por su relación con la ganancia. El salario relativo expresa aquella parte del nuevo valor creado por la fuerza de trabajo que es percibida por el trabajador. Y que por lo tanto sólo puede medirse en proporción a la parte del valor que se incorpora al trabajo acumulado, es decir, al capital. El inevitable incremento del abismo social Puede incrementarse el salario nominal –la expresión monetaria del precio del trabajo-, e incluso aumentar –en determinados casos, en otros descender- el salario real –es decir la cantidad de mercancías que pueden adquirirse con el salario-. Pero la sustancia de las relaciones entre capital y trabajo asalariado hacen que inevitablemente descienda el salario relativo y aumenta la parte de la riqueza social de que se apodera el capital, incrementándose así el abismo social. Tal y como ejemplifica Marx: “Puede ocurrir que el salario real continúe siendo el mismo e incluso que aumente, y, no obstante, disminuya el salario relativo. Pongámonos incluso en las condiciones más aparentemente favorables al obrero. Por ejemplo que el precio de todos los medios de vida baja en un 30%, cosa que sabemos que sólo es posible si baja su valor, es decir si se producen más mercancías en menos tiempo, mientras que el salario sólo disminuye en un 15%. Aunque el obrero, con este nuevo salario, podrá comprar una cantidad mayor de mercancías que antes, su salario habrá disminuido en relación con la ganancia obtenida por el capitalista. La ganancia del capitalista ha aumentado en un 15%; es decir, que ahora el obrero, por una cantidad menor de valores de cambio, que el capitalista le entrega, tiene que producir una cantidad mayor de estos mismos valores. La parte obtenida por el capital aumenta en comparación con la del trabajo. La distribución de la riqueza social entre el capital y el trabajo es ahora todavía más desigual que antes. El capitalista manda con el mismo capital sobre una cantidad mayor de trabajo. El poder de la clase de los capitalistas sobre la clase obrera ha crecido, la situación social del obrero ha empeorado, ha descendido un grado más en comparación con la del capitalista”. Los “felices años veinte” –que en las Escuelas hemos rebautizado como los “narcotizados años veinte”-, el periodo de más formidable expansión del capitalismo monopolista, es el ejemplo más preclaro. El salto en la estandarización y la producción en masa aplicado por los principales monopolios permite un incremento espectacular del número de mercancías –tanto de las ya existentes como de las de nueva aparición, como el automóvil o muchos electrodomésticos-, y su permanente abaratamiento fruto de la competencia capitalista. La producción en masa, y las necesidades de los grandes monopolios por vender la ingente cantidad de mercancías producida, genera la aparición de la “sociedad de consumo” en los países de capitalismo desarrollado. El automóvil, los electrodomésticos, el teléfono o la radio se generalizan. El crédito o la venta a plazos permiten un incremento constante del consumo. El desempleo alcanzaba la cifra mínima del 3,5% y el ingreso per cápita real aumentó un 30%. En 1925 podía comprarse un Ford por 290 dólares, pagando en efectivo sólo el 20%. La capacidad adquisitiva de las clases trabajadoras –al precio, eso sí, de un endeudamiento creciente- alcanza niveles desconocidos. Pero por debajo del aumento del salario real se esconde un agigantamiento de la brecha entre el capital y el trabajo. La parte del ingreso total de la producción que iba a los salarios decayó un 6% entre 1920 y 1929. Mientras que el 1% de la población poseía el 40% de la riqueza nacional. La concentración del capital y la producción ha dado un nuevo salto. En EUU sólo 200 grandes empresas acumulan una quinta parte del capital total, y ocho grandes holdings financieros y monopolistas controlan el 30% de la riqueza nacional. La brillantez del ciclo de expansión del capital monopolista iniciado en 1925 genera una confianza ciega en el desarrollo tecnológico, y la ilusión de que se ha entrado en una era de progreso ilimitado y que este, tarde o temprano, se extenderá hacia todas las capas de la sociedad. Mientras las sociedades de capitalismo desarrollado permanecen en la alegría y el optimismo, narcotizadas por la “brillantez” de la expansión monopolista, esas contradicciones fundamentales, inherentes al monopolio, se agudizan, y en 1929 estallarán con una virulencia desconocida.

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