Los primeros 40 días del Gobierno de Bolsonaro

El caos programado

La izquierda brasileña busca elaborar estrategias capaces de crear una oposición que sea a la vez fuerte, activa y democrática

Tras poco más de un mes en la presidencia de Brasil, el actual Gobierno todavía deja muchas dudas sobre las acciones y los caminos que se emprenderán. Antes de asumir el poder, Jair Bolsonaro ya daba señales de que la incertidumbre sería la tónica de su administración. Esto ha quedado evidente con la estrategia constante de anunciar algo y luego retroceder; por ejemplo, en relación con la posibilidad de instalar una base militar estadounidense en Brasil.

¡Pero se equivoca quien piensa que eso es solo improvisación o falta de conocimiento! ¡Bolsonaro decide en qué medio habla, y para quién! Una de sus principales estrategias consiste en deslegitimar a los medios de comunicación de masas y a la prensa en general, acusándolos constantemente de propagadores de fake news. Con ello pretende confundir a la población, impidiéndole distinguir entre una noticia verdadera y un rumor, y mantener el control sobre las informaciones, cuyos principales vehículos de difusión continúan siendo las redes sociales. Inspirada en el gobierno de Trump, esta estrategia pretende transformar su Twitter y su página de Facebook en fuentes legítimas de información. Es la llamada Twiplomacy. Además, ese juego de noticias permite a su Gobierno lanzar al público “globos sonda” (proposiciones superficiales para distraer respecto de las cuestiones decisivas para el país), ocultando así las pautas económicas de cuño neoliberal, que podrían generar insatisfacción popular.

El problema de la Twiplomacy es que la comunicación se establece de forma unilateral, o sea, de Bolsonaro hacia el ciudadano. De esta forma se rompe cualquier posibilidad de intervención por parte del interlocutor. Al no responder preguntas, deja de ser cuestionado. Ello permite que su equipo de marketing mantenga un estricto control sobre el discurso pronunciado. Lo que se verifica es que dicho control se ha ampliado también a todo el equipo de gobierno. La negativa a participar en la rueda de prensa durante el Foro Económico Mundial, celebrada en Davos (Suiza), es un ejemplo de esta estrategia. Esto permite, por ejemplo, que el actual Ministro de Justicia, Sérgio Moro ―cuya notoriedad se construyó a partir de la emblemática Operación Lava-Jato1 y el encarcelamiento del ex presidente Lula da Silva― pueda mantener un absoluto silencio sobre los casos de corrupción en los que están involucradas personas cercanas a Bolsonaro y miembros de su equipo. El principal de esos casos afecta a su propio hijo y actual senador, Flávio Bolsonaro, junto a Fabrício Queiroz, amigo desde hace tiempo de la familia del Presidente. Ambos han sido acusados de operaciones financieras sospechosas y de enlace con las milícias2 de Río de Janeiro.

En suma, el uso de la Twiplomacy como estrategia de comunicación confiere al Gobierno de Bolsonaro un carácter autoritario y muy poco transparente. El conflicto, algo inherente a la política, no es publicitado, y en realidad se busca constantemente suprimirlo. De esta forma, la lucha contra la corrupción permanece en el ámbito de la retórica.

Pero una cosa es cierta: el gobierno Bolsonaro sí tiene posición. Por ejemplo, privilegia al sector del agronegocio frente a la población indígena. La Fundación Nacional del Indio (FUNAI) ha sido debilitada. El poder sobre la demarcación de las tierras indígenas, que antes incumbía a la FUNAI, ahora depende del Ministerio de Agricultura, actualmente controlado por las grandes oligarquías rurales.

Toda la agenda del Gobierno de Bolsonaro gira en torno a la disminución de las formas de inclusión política y social, sobre todo de los grupos históricamente marginados. Poco a poco, Bolsonaro, esquivando los pronunciamientos oficiales y logrando no dar ninguna explicación acerca de los escándalos de corrupción que rodean a su Gobierno, va consiguiendo imponer sus intereses reales. Mediante la estrategia de comunicación directa con la población, Bolsonaro mantiene su imagen de “mito” (como es llamado por sus seguidores) y, al mismo tiempo, paradójicamente, cultiva la idea de que es igual a nosotros (el pueblo).

Mientras tanto, la izquierda brasileña, en medio de innumerables dificultades de articulación y de diálogo entre sí y con la centroizquierda, busca elaborar estrategias capaces de crear una oposición que sea a la vez fuerte, activa y democrática. El Partido de los Trabajadores (PT), el Partido Socialismo y Libertad (PSOL), el Partido Socialista Brasileño (PSB) y Rede ya tomaron la iniciativa de unirse, creando un bloque de oposición. Todavía existe la expectativa de que el Partido Comunista de Brasil (PCdoB) y el Partido Democrático Laborista (PDT) se sumen. Si los seis partidos consiguen formar un gran bloque de izquierda, controlarían casi un tercio del Congreso, lo que podría dificultar a Bolsonaro la aprobación de sus proyectos.

Lo importante en este momento, además de fomentar el trabajo por la base, es desarrollar un discurso aglutinador, que demuestre que la vida de la mayoría de la población brasileña (trabajadores, pequeños empresarios, clase media-baja, etc.) tiende a empeorar, y mucho, con la agenda bolsonarista.

1 Operación Lava-Jato: la emblemática operación de lucha contra la corrupción.

2 Milícias: grupos de exterminio vinculados a los sectores corruptos de la policía.

Helga do Nascimento de Almeida: Doctora en Ciencia Política por la Universidad Federal de Minas Gerais. Profesora contratada de la Universidad Federal de Lavras. Investigadora del Centro de Investigaciones en Política e Internet – UFMG.

Thales Torres Quintão: Doctor en Ciencia Política por la Universidad Federal de Minas Gerais, con práctica Doctoral en la University of Leeds (2018-2019). Investigador del Margen: Grupo de Investigación en Democracia y Justicia – UFMG.

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