El abismo social aumenta en España

“Si no hacemos nada ante lo que se está produciendo, tendremos una distribución tan desigual de la riqueza que llegará un gran movimiento populista para oponerse». La frase no es de ningún líder de la izquierda, la pronunció hace unos días el presidente de Telefónica, José María Álvarez-Pallete. Les decía a sus pares que en los barracones, las cadenas de los asalariados suenan inquietas, y que la cornada de la miseria es mala a la larga para la estabilidad de su dominio. Así que quizá sea el momento de tomarse las solemnes palabras de Álvarez-Pallete como una profecía. Y luchar para que se cumplan, y los salones se conviertan en barracones.

Un miembro de una auténtica oligarquía financiera, de ese pequeño puñado de familias que tienen el verdadero poder de los países, les decía a sus pares que en los barracones, las cadenas de los asalariados suenan inquietas, y que la cornada de la miseria es mala a la larga para la estabilidad de su dominio. Dicen que hubo un grave silencio en el salón.

Los amos saben mejor que nadie lo que está pasando en España: es obra suya. Los salarios han disminuido y las condiciones laborales empeoran. El poder adquisitivo de los pensionistas languidece. El 70% de los jóvenes trampea el precariado, saliendo y entrando del paro o de contratos temporales con salarios muy inferiores a los que conocieron sus padres. Y mientras tanto, ay, mientras tanto… hombres como Amancio Ortega amasan en un día lo que 312.300 asalariados en un mes.

El FMI y el gobierno de Rajoy han anunciado exultantes que el PIB español alcanzará este año 1,14 billones de euros, un máximo histórico. Nunca antes la economía española había generado tanto valor añadido, tanta riqueza, tanta capacidad de bienestar. Y sin embargo la fiesta es sólo para los salones y para los rascacielos. Para las altas finanzas y las grandes empresas del Ibex35 «España vuelve a ir bien», porque en sus cuentas de beneficios han entrado 115.000 millones de euros en menos de cuatro años.

En los tajos y en los barrios populares la cosa es bien distinta. Los ERE han arrollado en ese mismo periodo a 1,2 millones de trabajadores, el 10% de los asalariados. Los salarios han descendido entre un 25 y un 30%, en una devaluación sin precedentes de las condiciones laborales y salariales de los trabajadores españoles, en un desplome de las rentas acompañado de precarización del empleo, de recortes en derechos sociales y laborales así como en sanidad y educación. Según los datos de la Agencia Tributaria, las rentas del trabajo pasaron de los 323.487 millones de 2012 a los 317.397 de 2015; es decir, un recorte de 6.090 millones de euros. Su orgía de beneficios se nutre de nuestro empobrecimiento y precarización.

España sale de la crisis y se crea empleo, nos dice el Ministerio con las cifras en la mano. El cruce de datos de ocupación y de las horas trabajadas nos suelta en la cara otra paradoja: hay más empleo y menos trabajo; hay más gente trabajando que hace un año, pero la cantidad de horas trabajadas -y por tanto cobradas- es menor. Se llama precarización, se llama facilitar el despido de trabajadores a tiempo completo para facilitar su sustitución de varios contratos de jornada parcial, una tendencia que lleva 8 años aumentando, promovida conscientemente por la reforma laboral de 2012.

Y eso para el que tiene trabajo. La pobreza sigue avanzando en España hasta invadir el 22,3% de los hogares. Los ingresos de más de cuatro millones de familias no alcanzan los 8.209 euros anuales, un exiguo nivel de renta que las hunde por debajo del umbral de subsistencia, una tragedia especialmente intensa entre los mayores de 65 años y los menores de 16. Y otro tercio de los hogares tiene muchas dificultades para llegar a fin de mes, según una una encuesta del INE.

Así que quizá sea el momento de tomarse las solemnes palabras de Álvarez-Pallete como una profecía. Y luchar para que se cumplan, y los salones se conviertan en barracones.

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