EEUU necesita romper con Mubarak ahora

“Al caer la noche, parecí­a claro que sólo dos acontecimientos podrí­an acabar con su revolución: el uso masivo de la fuerza por el Ejército o que el Sr. Mubarak abandone el poder. Estados Unidos debe utilizar toda su influencia -incluidos los más de mil millones de dólares en ayuda que suministra anualmente a los militares egipcios- para garantizar este último resultado. Sin embargo, como tantas veces ha sucedido durante la revuelta árabe de las últimas semanas, la administración Obama parecí­a ir el viernes detrás de los acontecimientos.”

En lugar de llamar a un gobernante intransigente a imlementar "reformas", la administración debería estar intentando prepararse para la aplicación pacífica del programa de la oposición. Hay que llegar al Sr. El Baradei –del que se informó la noche del viernes que está bajo arresto domiciliario– y otros líderes populares de la oposición. Y hay que decir al ejército egipcio que la violenta represión de la sublevación provocará la ruptura de su relación con Estados Unidos. (THE WASHINGTON POST) THE WALL STREET JOURNAL.- Los países emergentes de rápido crecimiento están tomando medidas cada vez más drásticas para contrarrestar los crecientes precios de los alimentos, ya que cada vez les preocupan más las amenazas para la estabilidad que habría si los precios no comienzan a bajar. Los gobiernos de los mercados en desarrollo han dado a conocer una lista de medidas, entre las que figuran límites a los precios, vetos a las exportaciones y normas para contrarrestar la especulación en materias primas, para impedir que los costos de los alimentos afecten a sus economías. Algunos economistas temen que si se producen más alteraciones del suministro, los precios suban aún más, provocando una crisis de precios de los alimentos como la vivida en 2008, cuando el encarecimiento de los costos alimentarios provocó violentos disturbios en el mundo en desarrollo. EEUU. The Washington Post EEUU necesita romper con Mubarak ahora EL VIERNES, cientos de miles de egipcios hicieron algo que la administración Obama, y muchos otros en Washington, creyeron que nunca harían: se levantaron contra su gobierno, exigiendo el fin de la autocracia del presidente Hosni Mubarak. Abrumados por las fuerzas de seguridad que el Sr. Mubarak había desplegado en un intento de aplastarlos; desafiaron el toque de queda durante la noche incluso después de que unidades del Ejército fueran desplegadas. Quemaron la sede del partido en el poder en El Cairo y en otras ciudades. Al caer la noche, parecía claro que sólo dos acontecimientos podrían acabar con su revolución: el uso masivo de la fuerza por el Ejército o que el Sr. Mubarak abandone el poder. Estados Unidos debe utilizar toda su influencia –incluidos los más de mil millones de dólares en ayuda que suministra anualmente a los militares egipcios– para garantizar este último resultado. Sin embargo, como tantas veces ha sucedido durante la revuelta árabe de las últimas semanas, la administración Obama parecía ir el viernes detrás de los acontecimientos. Hizo un llamamiento para poner fin a la violencia contra los manifestantes y para el levantamiento del cierre de Internet y otras comunicaciones por el régimen. Es alentador que el secretario de prensa de la Casa Blanca dijera que el gobierno "revisaremos nuestra postura de apoyo basándonos en los acontecimientos que tengan lugar en los próximos días." Pero las declaraciones de EEUU asumen que después de 30 años al mando, el Sr. Mubarak, de 82 años de edad, seguirá. Tras hablar con Mubarak, el presidente Obama dijo el viernes por la noche que iba a seguir trabajando con el presidente egipcio, sin mencionar las elecciones. En cambio, en un aparente intento de unir a los dos lados, el gobierno sugirió que la solución a la crisis vendría a través de un "compromiso" entre el régimen y los manifestantes. "Estamos animando al gobierno… para tratar de entablar un debate sobre las reclamaciones legítimas que se hacen, si lo son, y tratar de resolverlas", dijo el vicepresidente Biden en una entrevista la noche del jueves en PBS, y agregó que él no llamaría a Mubarak dictador y que no cree que deba renunciar. Este punto de vista es muy probable que sea tan poco realista como la anterior convicción de la administración sobre el régimen de Mubarak, tal y como la secretaria de Estado Hillary Rodham Clinton lo expresó el martes, al calificarlo de “estable” y esperar que “responderá a las necesidades e intereses legítimos del pueblo egipcio”. De hecho, es descabellado suponer que el envejecido hombre fuerte –al cual la gran mayoría de los egipcios considera un dictador– estará de acuerdo en iniciar un diálogo serio con sus adversarios, y mucho menos adoptar reformas que ha rechazado durante décadas. En un discurso en la televisión egipcia la madrugada del sábado, el Sr. Mubarak pareció inquebrantable, advirtiendo sobre el "caos" y reduciendo las quejas del país a un asunto meramente económico. Su única concesión fue el cese de su gobierno – un paso que no va a calmar las peticiones para que se marche. Es peligroso asumir que una enérgica y enfurecida población egipcia se verá inducida a retirarse por más promesas que Mubarak pueda hacer. La pregunta, como hizo el Sr. Biden, de si las demandas de los manifestantes son "legítimas" es particularmente obtusa. De hecho, los líderes del levantamiento, entre ellos el ex funcionario nuclear de la ONU, Mohamed El Baradei, han dado impulso a una plataforma moderada y democrática. Ellos buscan el levantamiento de una ley de emergencia que proscribe incluso las asambleas políticas pacíficas, el derecho a organizar libremente partidos políticos y los cambios en la Constitución que permitan elecciones libres y democráticas. Su plataforma podría transformar Egipto y Oriente Medio para mejor. Pero la condición previa para el cambio es la salida de Mubarak de su cargo. En lugar de llamar a un gobernante intransigente a implementar "reformas", la administración debería estar intentando prepararse para la aplicación pacífica del programa de la oposición. Hay que llegar al Sr. El Baradei –del que se informó la noche del viernes que está bajo arresto domiciliario– y otros líderes populares de la oposición. Y hay que decir al ejército egipcio que la violenta represión de la sublevación provocará la ruptura de su relación con Estados Unidos. THE WASHINGTON POST. 29-1-2011 EEUU. The Wall Street Journal El alza de los alimentos amenaza a los mercados emergentes Eric Bellman y Alex Frangos Los países emergentes de rápido crecimiento están tomando medidas cada vez más drásticas para contrarrestar los crecientes precios de los alimentos, ya que cada vez les preocupan más las amenazas para la estabilidad que habría si los precios no comienzan a bajar. Los gobiernos de los mercados en desarrollo han dado a conocer una lista de medidas, entre las que figuran límites a los precios, vetos a las exportaciones y normas para contrarrestar la especulación en materias primas, para impedir que los costos de los alimentos afecten a sus economías. Algunos economistas temen que si se producen más alteraciones del suministro, los precios suban aún más, provocando una crisis de precios de los alimentos como la vivida en 2008, cuando el encarecimiento de los costos alimentarios provocó violentos disturbios en el mundo en desarrollo. Los problemas climáticos, el aumento del poder adquisitivo de la población y la escasa inversión en la agricultura han hecho subir los precios de alimentos como el trigo, el arroz y las cebollas en India. Algunos apuntan al descenso de las tasas de interés en Estados Unidos, Europa y Japón, ya que los inversionistas utilizan la financiación barata para invertir en materias primas cotizadas mundialmente, como el arroz, el azúcar o el algodón, haciendo subir sus precios. Los costos de la soja en los últimos seis meses han aumentado 46% en el Chicago Board of Trade. El azúcar, aunque está más barato que en noviembre, sigue 34% por encima del precio de hace seis meses en el IntercontinentalExchange. En respuesta a las presiones de precios, India amplió este mes el veto a sus exportaciones de lentejas y aceite para cocinar. También llegó a un acuerdo con su archienemigo Pakistán para importar 1.000 toneladas de cebollas, ingrediente básico en la cocina cuyo precio se ha puesto por las nubes tras las inundaciones del pasado año. China y otros países de Medio Oriente han establecido controles de precios o reforzado los ya existentes. Corea del Sur ha rebajado los aranceles a la importación de algunos alimentos. No está claro si las últimas medidas bastarán para reducir los incrementos de los precios o si son precursoras de iniciativas más drásticas, y potencialmente desestabilizadoras, como el establecimiento de barreras comerciales o el acaparamiento de productos sancionados por el gobierno. Los economistas llevan tiempo diciendo que medidas como los controles de precios no funcionan porque distorsionan los mercados y desaniman a los agricultores a plantar más cosechas. En su lugar, organismos como el Banco Mundial y Naciones Unidas han presionado a los gobiernos para que inviertan más en nueva producción e infraestructura agrícola como la irrigación, instalaciones de almacenamiento o carreteras del campo al mercado. De hecho, la inversión ha aumentado en muchos países, pero no lo suficiente para cubrir la creciente demanda. El alza de los tasas de interés, que a menudo se utiliza para contener la inflación, tiende a tener un efecto más limitado sobre los precios de los alimentos a corto plazo porque los precios habitualmente están más relacionados a la oferta y a veces es difícil incrementar rápidamente la producción. Pero si no se hace nada, se corre el riesgo de que el encarecimiento de los alimentos se traslade también a otras partes de la economía, ya que los consumidores y las empresas suelen percibir un incremento de la inflación. Las medidas para limitar el encarecimiento de los alimentos hasta la fecha se consideran moderadas en comparación con la locura que ayudó a agudizar el pánico derivado de los precios de la comida en 2007 y 2008. Entonces, países como India, China y Egipto restringieron las exportaciones de arroz para proteger a sus pueblos del aumento mundial de los precios. La acumulación del cereal no hizo sino agravar la situación, ya que sus precios subieron en todo el mundo. Las economías de ingresos más bajos son más sensibles a la inflación porque los pobres gastan un mayor porcentaje de sus ingresos en alimentos. Cualquier aumento del precio de los ingredientes básicos puede suscitar un malestar generalizado o incluso disturbios. THE WALL STREET JOURNAL. 28-1-2011

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