EEUU comienza a aplicar grandes aranceles a China, y a sus propios aliados

La guerra comercial de Trump ya es una candente realidad. Desde la madrugada del 6 de julio, Washington ha puesto en vigor 34.000 millones de dólares en gravámenes contra 800 productos chinos. La respuesta de Pekín ha sido inmediata y de idénticas proporciones: 34.000 millones en aranceles contra mercancías norteamericanas. Trump castiga también las importaciones de la UE, Canadá y México.

El conflicto arancelario declarado por EEUU contra su principal oponente geoestratégico -China- pero también contra algunos de sus principales socios -la Unión Europea, México o Canadá- ha cruzado el Rubicón, y se ha convertido en una guerra comercial intensa. La política de Trump ha provocado que EEUU y China, las dos mayores potencias económicas del mundo, se intercambien fuego cruzado por valor de 68.000 millones de dólares en aranceles. Estos gravámenes se suman a los que EEUU ya había impuesto a nivel mundial a las importaciones del acero (25%) y el aluminio (10%), que ya fueron contestadas por Pekín con aranceles metalúrgicos a 128 productos estadounidenses.

Desde el 6 de julio, EEUU ha puesto en vigor aranceles del 25% sobre una lista de 818 bienes importados de China y valorados en 34.000 millones de dólares. Son mayoritariamente del sector industrial y tecnológico: productos de la industria aeroespacial, tecnologías de la información y la comunicación, robótica, maquinaria o automoción, entre otros. De momento las barreras aduaneras han dejado fuera del castigo a artículos que compran masivamente las familias estadounidenses, como teléfonos móviles o aparatos electrónicos, pero esto podría cambiar pronto.

Un minuto después de que entraran oficialmente en vigor los aranceles estadounidenses, las autoridades chinas han respondido con una medida calculada al milímetro para causar igual daño -ni más, ni menos- a los productos estadounidenses. Se han gravado 545 mercancías made in USA como la soja, el cerdo, el acero, el whisky o los automóviles, entre otros. Un volumen de mercancías cuyo valor de importación asciende a otros 34.000 millones de dólares que recibe una tasa adicional del 25%. «La parte china prometió no realizar el primer disparo, pero para defender los intereses fundamentales del país y los de su gente, nos hemos visto forzados a contraatacar», dice el comunicado del Ministerio de Comercio chino.

El fuego comercial es a discreción, pero aún no ha alcanzado ni de lejos toda su potencia. Tras esta primera oleada de aranceles, la administración norteamericana tiene preparada una lista adicional de otros 284 productos chinos (estos sí de consumo) por un montante de 16.000 millones, que también sería respondida por China con igual intensidad. Pero Trump ha amenazado con imponer la gigantesca cifra de 500.000 millones en gravámenes si China no se pliega a sus exigencias.

Aunque el principal de la guerra comercial de Trump está con Pekín, tiene frentes abiertos con la UE, Canadá y México. Contra sus aliados europeos, Trump amenaza con gravar los coches europeos que se vendan en EEUU con un arancel del 20%. En represalia, la UE ha comenzado a aplicar aranceles por valor de 2.800 millones de euros a una lista de productos procedentes del otro lado del Atlántico. Aún así, la actitud europea -encabezada por Alemania, la más afectada- es conciliante. La canciller alemana Angela Merkel dijo que «la UE hará todo lo posible para evitar una guerra comercial con EEUU», aunque dijo que «Washington también debe ayudar».

El conflicto comercial también se dirige contra Rusia, que en contestación por los gravámenes contra el aluminio y acero rusos, ha anunciado represalias arancelarias contra productos norteamericanos por valor de 88 millones de dólares.

La principal razón que esgrime Trump para llevar adelante esta guerra comercial es el gigantesco saldo comercial negativo (compra más de lo que vende) que la superpotencia tiene con sus socios comerciales. Washington tuvo en 2017 un déficit de 375.576 millones con China; de 151.363 millones de dólares con la UE; de 71.000 millones con México; de 17.054 millones con Canadá… En total, un saldo negativo de 800.000 millones de dólares a nivel global. Algo que es producto de la pérdida de competitividad norteamericana, pero que mina severamente la base económica de la superpotencia.

La respuesta de la línea Trump a esta pérdida de competitividad es el proteccionismo: imponer a las bravas importantes aranceles contra mercancías extranjeras. Pero no se trata en modo alguno del proteccionismo clásico de los manuales de economía.

Lo que busca la política comercial de Trump es imponer por la fuerza unas nuevas reglas en el orden económico y el comercio internacional que recuperen la supremacía de los intereses de EEUU frente al resto de las potencias. Quiere barreras para que los productos extranjeros lleguen a suelo norteamericano, pero al mismo tiempo busca tratados que permitan a EEUU inundar los mercados mundiales con productos made in USA. Trump quiere dinamitar los acuerdos comerciales multilaterales, para proceder a negociaciones bilaterales -país por país- donde la superpotencia haga valer su superioridad imponiendo tratados de comercio mucho más ventajosos para Washington.

Un ejemplo es el acuerdo bilateral que el presidente Trump está ofreciendo a Reino Unido, cuando Theresa May acabe las negociaciones del Brexit. El embajador de Estados Unidos en Reino Unido, Woody Johnson, indicó que el comercio podría ser el aspecto más destacado de la «relación especial» entre los dos países, y aseguró que es algo que Trump pretende fortalecer.

Para poder imponerse a su declive económico y a su falta de impulso competitivo respecto a las potencias emergentes, Trump necesita imponer relaciones comerciales incluso a su más fiel vasallo británico. ¿Cómo de draconianos y leoninos pueden ser los acuerdos que la Casa Blanca quiere imponer a países menos importantes en su sistema de alianzas?

Un comentario sobre “EEUU comienza a aplicar grandes aranceles a China, y a sus propios aliados”

  • SUPERVENTAS NACIONALES dice:

    Los mercados primermundistas y aquellos de los países tendentes a devenir Primer Mundo, como China, cada vez serán más solventes, de modo que sólo la miopía puede interpretar la política de Trump como involutiva. Es, en realidad, visionaria tomando en consideración el futuro cada vez más integrado del Imperio (que no globalizado en sus transacciones mercantiles).

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