Trump aplaza cinco días los ataques a Irán alegando "conversaciones productivas" con Teherán

¿»Diplomacia», «pause»… o repliegue?

¿Estamos ante la apertura real de una salida diplomática a esta escalada? ¿O ante un repliegue táctico ante las cada vez mayores dificultades -militares, políticas, diplomáticas, económicas- que están encontrando los EEUU de Trump?

Argumentando que se ha abierto un diálogo “constructivo” con la República Islámica -algo que Teherán niega- Trump decide aplazar durante cinco días los ataques masivos que anunció contra su red energética. Sea o no real que este es el motivo de esta tregua momentánea, lo cierto es que se da en un momento de crecientes dificultades y de una cada vez mayor soledad internacional de Washington y Tel Aviv.

Trump ha apretado el botón del «pause» en los bombardeos sobre Irán. A solo unas horas de que expirara el ultimátum que dio el fin de semana a la República Islámica para que abriera el estrecho de Ormuz al paso de buques, ha anunciado que aplaza cinco días los anunciados ataques militares contra la infraestructura energética de Irán. También ha asegurado que se desarrollan contactos con Teherán y que ya existen “importantes puntos de acuerdo” con el régimen, algo que los ayatolás desmienten, atribuyendo esta maniobra de Washington a un intento de ganar tiempo para reducir los precios de la energía.

Es el nuevo volantazo del presidente norteamericano, que en las últimas semanas ha dicho varias veces una cosa y pocas horas después la contraria, anunciando el próximo fin de la escalada para echar leña al fuego al día siguiente.

No es posible saber aún si esta vez va en serio o no, y si esas negociaciones de alto nivel con Teherán existen o son una «fake new».

Pero lo que si sabemos es que cuando la escalada incendiaria en Oriente Medio entra en su cuarta semana, las cosas no andan nada, pero que nada bien para la guerra de Trump y Netanyahu.

Es necesario entender el contexto en el que se produce esta débil y muy acotada «tregua» en los bombardeos sobre Irán.

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La soledad imperial

Salvo Israel, ningún aliado ha querido acompañar a EEUU en su escalada de guerra en Oriente Medio. Todos los llamamientos de Washington, incluyendo amenazas nada veladas contra los países de la Alianza Atlántica, han sido en vano.

Benjamin Kikkert

A diferencia de los primeros días del ataque a Irán, cuando parecía que Reino Unido, Francia, Alemania o Canadá estaban dispuestos a sumarse a la ofensiva, tres semanas después la posición de las potencias medias es diametralmente opuesta: nadie, literalmente nadie del G7 o de la OTAN -ni el fiel mayordomo inglés, ni Francia, ni Alemania, ni la Italia de Meloni, ni Canadá, ni Australia, ni Japón o Corea del Sur- parece estar dispuesto a mover un dedo para intervenir en el Estrecho de Ormuz.

Algo que ha hecho que Trump o también Netanyahu pongan el grito en el cielo. Visiblemente enojado, el presidente norteamericano ha llamado «cobardes» a los países de la OTAN por no apoyar una «simple maniobra militar» en Ormuz. Y Netanyahu ha clamado por la ayuda de los países occidentales. «Estamos librando esta batalla por todos vosotros», ha dicho en el colmo del cinismo.

De nada ha servido que el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, lejos de defender a los socios contra las bravatas de Trump, haya hecho un nuevo salto mortal en su servilismo, y haya hecho un encendido llamamiento a los países de la Alianza para respalda la ofensiva de EEUU contra Irán. «Es esencial para proteger a Israel, la región y Europa de los riesgos que plantea el programa atómico de Teherán», ha dicho el holandés.

Las burguesías monopolistas de las potencias del Segundo Mundo, de Europa y de los principales países desarrollados en la órbita de EEUU, han sacado sus calculadoras, y han entendido que la factura de meterse en una guerra de enorme peligro para la paz y la estabilidad mundial, que además va a mantener cerrado el Estrecho de Ormuz -por donde pasa el 20% del petróleo mundial- para todo aquel que colabore con Washington y Tel Aviv, es alta, desorbitadamente alta.

Y además está la presión cada vez más elevada de sus respectivas opiniones públicas, que claman contra la guerra -altamente impopular en los países europeos, pero también en Canadá, en Japón, en Australia… y en EEUU- al mismo tiempo que denuncian los gestos de servilismo hacia Trump y su Dictadura Mundial.

Para terminar, tenemos a Irán. Una República Islámica que no sólo no se ha derrumbado ante las decenas de miles de ataques aéreos contra su territorio -incluidas criminales bombardeos contra sus ciudades, sus hospitales o sus escuelas- sino que ha mantenido una notable capacidad de respuesta, realizando con éxito una «escalada lateral», esparciendo ataques no sólo contra Israel, sino contra todo tipo de bases militares, embajadas o intereses norteamericanos en la región. Y demostrando su capacidad de cerrar «selectivamente» el Estrecho de Ormuz, que permanece abierto para los petroleros chinos o para los de países no beligerantes que paguen el petróleo en yenes chinos y no en dólares, pero cerrado a cal y canto para Washington y sus aliados de la OTAN.

Este es el contexto sin el que no se puede entender la decisión de Trump de «pausar» cinco días los ataques contra Irán.

¿Estamos ante la apertura real de una salida diplomática a esta escalada? ¿O ante un repliegue táctico ante las cada vez mayores dificultades -militares, políticas, diplomáticas, económicas- que están encontrando los EEUU de Trump?

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