En la muerte de Gabriel Garcí­a Márquez

De La Mancha a Macondo, lloramos por Gabo

Ha muerto Gabriel Garcí­a Márquez. Un gigante demasiado grande para que podamos tener hoy perspectiva de su auténtica dimensión. Creó un universo poliédrico, que nos ofrecí­a la vida vivida y contada en español y desde el Caribe. Por eso alcanzó una universalidad que muy pocos imaginan. En la vida y la obra de “Gabo” está lo mejor que el mundo hispano, cuando despliega todas sus potencialidades, puede ofrecer al mundo.

García Márquez fue el ariete de un movimiento colectivo -el boom de la literatura americana- que volvio a situar a las letras hispanas en la cima de la cultura universal. Desde Cervantes y el Siglo de Oro no había sucedido un fenómeno semejante. Solo Lorca alcanzo ese rango de universalidad, pero la generación del 27 fue cercenada, y apenas pudo expresar una pequeña parte de sus potencialidades. “En la vida y la obra de “Gabo” está lo mejor que el mundo hispano, cuando despliega todas sus potencialidades, puede ofrecer al mundo”

Como ocurre demasiadas veces en el mundo hispano, Garcia Marquez se convirtió en un fenómeno universal, en un rotundo éxito de ventas, sin disponer del altavoz de una potencia dominante.

Pero la fuerza del “realismo magico” hechizo a todo el planeta. La exhuberante realidad caribeña siempre acaba superando y siendo mas excesiva que la mas audaz imaginacion del mejor escritor.

Era una forma de sentir y contar la vida que solo podia nacer en el mundo hispano, capaz de conjugar en una misma cosa dos vectores antagonicos, lo real y lo magico, porque somos capaces de mantener los pies descalzos pegados a la tierra y dejar que el corazon vuele hacia territorios magicos.

Y entoces llego “Cien anos de soledad”, o “El Quijote” escrito desde la otra orilla, desde el Caribe. La vida no cabe en un libro, pero quizá lo más parecido a ello sea “Cien años de soledad”. En ella están abiertas todas las venas de America Latina, y en Macondo cabe todo lo que hayamos vivido o soñado.

El universo García Márquez es poliédrico, abarca desde la novela jamás contada hasta los cuentos, el periodismo, el cine, la política…

Porque en Garcia Marquez tenemos el ejemplo de la voluntad de independencia y de lucha del mundo hispano por conquistar un lugar en el mundo. Todavia hoy, los sectores mas proyanquis se han revuelto encolerizados recordando el apoyo de Gabo a Cuba. El ya contescto en su excepcional discurso de aceptacion del Nobel -”la soledad de America Latina”- una una orgullosa y combativa declaración de todo el mundo hispano. Hermanada con el actual movimiento antihegemonista que conquista nuevos gobiernos en todo el mundo hispano.

“Gabo” representa la energia de todo el mundo hispano, que cuando se levanta es capaz de convertirse en una referencia universal imparable.

Un comentario sobre “De La Mancha a Macondo, lloramos por Gabo”

  • LA SOLEDAD DE AMí‰RICA LATINA

    Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que habí­a visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecí­an una cuchara. Contó que habí­a visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

    Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro paí­s ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasí­a de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mí­tico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros, y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un dí­a salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendí­an en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana encargada de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

    La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santa Anna, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magní­ficos la pierna derecha que habí­a perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general Gabriel Garcí­a Morena gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martí­nez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, habí­a inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en Parí­s en un depósito de esculturas usadas.

    Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más í­mpetu que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéros sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que habí­a restaurado la dignidad de su pueblo. Ha habido 5 guerras y 17 golpes de Estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto, 20 millones de niños latinoamericanos morí­an antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi 120 mil, que es como si hoy no se supiera donde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres encintas fueron arrestadas y dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así­ han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos paí­ses de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en Estados Unidos, la cifra proporcional serí­a de un millón 600 muertes violentas en cuatro años.

    De Chile, paí­s de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 12 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el pais más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El paí­s que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendrí­a una población más numerosa que Noruega.

    Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafí­o mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creí­ble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

    Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difí­cil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí­ mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable serí­a más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construirse su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de la incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI los pací­ficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

    No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Krí¶ger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espí­ritu clarificador, los que luchan también aquí­ por una patria grande más humana y más justa, podrí­an ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legí­timo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

    América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrí­o, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difí­ciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus paí­ses no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creí­do, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructí­feras de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

    Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayorí­a de ellos nacen en los paí­ses con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los paí­ses más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

    Un dí­a como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentirí­a digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orí­genes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad cientí­fica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopí­a, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todaví­a no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopí­a contraria. Una nueva y arrasadora utopí­a de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

    Discurso de Gabriel Garcí­a Márquez, el 8 de diciembre de 1982, al recibir el Premio Nobel de Literatura

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