La teorí­a de la evolución en 2016

¿Darwin en tela de juicio?

Como todas las revoluciones -también en el terreno de la ciencia y el conocimiento- las nuevas ideas tienen que abrirse paso contra las viejas, aplastando y quebrando viejas y arraigadas concepciones vigentes durante siglos. Así­ tuvo que nacer y establecerse la Teorí­a de la Evolución de Darwin.

Desde la Edad Media y hasta la Ilustración, el pensamiento de los naturalistas estaba imbuido por el creacionismo y el esencialismo, la idea de que las formas de vida, creadas por Dios, permanecen inmutables. En el s.XVIII -con el estudio de los fósiles de especies extintas y el surgimiento de la paleontología- esta concepción estática comenzó a entrar en crisis. A principios del s.XIX, el francés Jean-Baptiste Lamarck postuló su teoría de la transmutación de las especies, la primera teoría de la evolución. Sin embargo, su tesis central “la función crea el órgano”, la idea de que los caracteres adquiridos por los individuos pueden pasar a la descendencia, era errónea. “Las últimas décadas obligan a repensar el paradigma evolutivo”

Darwin tuvo que romper con las ideas creacionistas dominantes, pero también de la teoría de Lamarck. El motor de la evolución propuesto por Darwin -la selección natural- era contundente, y a diferencia del francés, ofrecía gran cantidad de pruebas y argumentos de cómo las especies vivas se adaptaban a su entorno, porque el medio determinaba que los individuos más aptos tuvieran más posibilidades de transmitir sus características a la siguiente generación. A pesar de una furibunda oposición inicial, el debate en torno a la obra de Darwin llevó a un rápida aceptación de la evolución entre la comunidad científica de la época.

Esto no quiere decir que no siga existiendo oposición creacionista, y no solo desde los púlpitos, sino desde cátedras “científicas”. Aunque en Europa sean irrelevantes, en EEUU existe todo un lobby creacionista que sabotea la enseñanza en las aulas de la Teoría de la Evolución. Como ya no pueden oponerse abiertamente a ella -en una sociedad norteamericana en cuyo imaginario colectivo están fuertemente arraigadas imágenes como la de los dinosaurios- los neocreacionistas se disfrazan ahora de partidarios de la teoría del “diseño inteligente” que defiende que ciertas características del universo y de los seres vivos se explican mejor por una causa inteligente (es decir, un creador), no por un proceso no dirigido como la selección natural. Sus principales defensores están asociados con el Discovery Institute, un think tank ultraconservador.

Otros argumentos contra el darwinismo vienen desde “la izquierda” y se centran en su carácter reaccionario. Esgrimen que las teorías de Darwin estan fuertemente influenciadas por el pensamiento del capitalismo de la Inglaterra victoriana, y en particular por los estudios del economista Thomas Malthus y su Ensayo sobre el principio de la población, que postulaba que puesto que los recursos son limitados y la población humana crece más rápidamente que ellos, si no se toman medidas esto conduce al colapso. Esto es la base de una corriente reaccionaria autodenominada “Darwinismo social”, que defiende que las tesis darwinistas deben aplicarse a la sociedad humana, insistiendo en la importancia de la competencia (étnica, nacional, de clase) por recursos naturales o diversos puestos sociales, y sirviendo como una justificación “natural” a las prácticas de las burguesías monopolistas y sus Estados imperialistas, como por ejemplo a la Alemania nazi y sus ideas sobre la supremacía racial y el Lebensraum (espacio vital).

Pero delirios reaccionarios aparte, en la naturaleza es rigurosamente cierta la tesis según la cual los individuos y las especies deben competir por recursos limitados, lo cual introduce una presión selectiva que está actuando en la evolución.

El darwinismo también ha sido puesto en tela de juicio desde argumento estrictamente científicos. Durante la primeras décadas del XX (1900-1930), las teorías de Darwin quedaron oscurecidas por el descubrimiento de las leyes de la herencia de Mendel y de las mutaciones cromosómicas. Parecía que habían otros elementos que determinaban la evolución de las especies, y no simplemente un medio “esculpiendo” por selección los caracteres biológicos.

En realidad, las leyes de la genética no contradecían los pilares de la evolución darwinista, sino que iban a complementarla y a reforzarla allí donde esta arrojaba menos luz (¿de dónde nace la variabilidad de los caracteres?), y así en las décadas siguientes, el neodarwinismo se puso a conciliar eclécticamente ambas teorías.

De la síntesis entre la evolución darwinista y la teoría cromosómica de la herencia surgieron los cimientos de la actual teoría evolutiva, que postula que en la célula germinal (embrión) están contenidos los genes del organismo que surgirá de ella. Los caracteres adquiridos por un organismo no influyen en sus células sexuales -al contrario de lo que afirmaba el lamarckismo- y por tanto se impone que, si bien la fuente de la variabilidad de los genes está en las mutaciones y otros mecanismos, la selección natural del medio sobre estos genes y los fenotipos que producen es el único modo de explicar la extraordinaria adaptación de cada una de las especies a su peculiar forma de vida producida a lo largo de las eras. “Darwin solo nos enseñó una parte del camino: la selección natural”

Pero no se acaban ahí los argumentos científicos que discuten al darwinismo. Lo cierto es que los descubrimientos de las últimas décadas obligan a repensar el paradigma evolutivo. Además de las mutaciones y mecanismos como la reproducción sexual o la recombinación cromosómica -que generan variabilidad en los genes- cada vez se conocen mejor procesos por los cuales los elementos genéticos móviles (‘genes saltarines’) y los virus han podido ser claves y determinantes (en primera instancia) en el proceso evolutivo.

Incluso los avances en genética molecular han alumbrado un nuevo campo, la epigenética, que estudia mecanismos de herencia no genéticos, mecanismos de regulación de expresión de los genes (por metilación, etc…) que no implican cambios en la secuencias del ADN. Los diferentes patrones de “marcado externo” de los genes parecen ser la clave de que éstos se expresen en mayor o menor medida. Pero resulta que esos marcados, que se modifican durante la vida del individuo… pueden ser transmitidos a la descendencia. Estamos ante un mecanismo celular ¡que le da la razón a Lamarck!. Pero calma: no vuelve el lamarckismo. Aunque es cierto que la herencia epigenética parece ser muy importante, es cuestionable que este mecanismo pueda constituir una novedad evolutiva en las especies.

Además, la confirmación de brillantes teorías biológicas como la Teoría Endosimbiótica de Lynn Margulis -que explica la aparición de las células eucariotas, de orgánulos como mitocondrias y cloroplastos y de reinos enteros de seres vivos como plantas y protistas- por medio de mecanismos basados en la simbiosis, la síntesis y la cooperación, y no en la competencia darwinista, obligan a repensar el modelo teórico de la evolución y a reconocer que Darwin solo nos enseñó una parte del camino: el aspecto de la contradicción (la selección natural) que determina en última instancia. Pero sea como fuere lo que nos deparen los caminos del conocimiento de la naturaleza, ninguna de esas valiosas objecciones teóricas al darwinismo contradicen sus pilares y tesis más fundamentales, ni mucho menos le quitan valor histórico. Darwin y su Origen de las Especies debe seguir ocupando su podio en los anales de la historia del pensamiento humano.

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