En el mito griego, cuando Pandora -espoleada por la curiosidad- abrió una tinaja cerrada por los dioses, todos los males del mundo (enfermedades, dolor, guerras) escaparon para vagar eternamente, asolando a la humanidad.
Lanzando su brutal ataque a Irán, Trump no sólo ha incendiado todo Oriente Medio, sino que ha puesto en marcha una serie de previsibles consecuencias -entre ellas el cierre del Estrecho de Ormuz, por donde circula la quinta parte del petróleo mundial- que golpean a todo el globo… pero también a EEUU.
Prendiendo fuego al barril de pólvora de Oriente Próximo, Trump ha abierto una caja de Pandora que no parece que vaya a poder volver a cerrar.
Desde hace unas semanas, hasta el menos versado en geografía o en política internacional ha oído hablar del Estrecho de Ormuz. Su cierre efectivo por parte de Irán, en represalia por los ataques aéreos de EEUU e Israel, ha resultado catastrófico para los flujos energéticos y comerciales mundiales, provocando la mayor interrupción del suministro de petróleo de la historia y un aumento vertiginoso de los precios mundiales de los combustibles y de la energía.

A pesar del destructivo castigo que está recibiendo de EEUU e Israel, Irán ha realizado el bloqueo de Ormuz mediante una combinación de medios militares: mediante el ataque con drones kamikaze de bajo coste, o misiles antibuque de corto alcance disparados desde costa, camiones o botes rápidos contra petroleros que considera objetivos; mediante el minado de las aguas del estrecho; incluso mediante lanchas rápidas suicidas o artillería costera. No es un “bloqueo físico total” con barcos grandes, sino una amenaza directa constante que hace que las aseguradoras y las tripulaciones se nieguen a cruzar Ormuz por el alto riesgo de ser hundidos.
El barril Brent, de referencia mundial, ha escalado un 20% en su precio en apenas dos semanas, y sigue incrementándose desbocado. Una violenta convulsión que golpea a prácticamente todo el planeta, y que pone a amplias zonas del mundo a las puertas de una severa recesión económica, cuando no del colapso.
Los más expuestos al cierre de Ormuz son las grandes naciones importadoras de crudo de Asia -China, India, Japón, Corea del Sur- pero muy en especial las economías del Sudeste Asiático, que han tenido que decretar restricciones energéticas: desde racionamiento en gasolineras y apagones parciales en Indonesia y Vietnam, a teletrabajo de funcionarios y semanas laborales de 4 horas en Filipinas o Tailandia.
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¿Sorpresa norteamericana?
Que ante una ofensiva a gran escala, el régimen de los ayatolás podía optar por cortar por completo el paso de Ormuz era un menú previsible. Y sin embargo, hay fuertes indicios de que la administración Trump se ha quedado sorprendida ante este escenario, ante el volumen y la capacidad de las represalias iraníes -que después de haber recibido 15.000 ataques aéreos de EEUU e Israel, siguen teniendo la capacidad efectiva de lanzar miles de drones y misiles de corto alcance- y que Teherán haya podido cerrar este estratégico canal marítimo.
Informes de la CNN insisten en que Trump o su secretario de Defensa, Pete Hegseth, se han visto sorprendidos por el nivel de respuesta de la República Islámica. Aunque la Casa Blanca tacha estas noticias de «ridículas», hay razones para pensar así: a pesar de que la US Navy desmanteló en 2025 sus cuatro dragaminas Avenger destinados en la base de Bahréin, no reforzaron su actual operativo en el Golfo Pérsico con naves de este tipo. No habían previsto este tipo de respuesta, por eso piden a otros aliados de la OTAN este tipo de buques. Pero incluso aunque los tuvieran en estas aguas, limpiar el Estrecho de Ormuz de miles de minas bajo el fuego de drones y misiles iraníes podría llevar semanas… o meses.
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Ormuz: membrana semipermeable

Una vez cerrado el Estrecho de Ormuz, Irán está dejando pasar… a quien considera.
Los petroleros de China, con quien Irán mantiene excelentes relaciones diplomáticas y comerciales -Teherán es el principal suministrador de petróleo de Pekín, y el gigante asiático es el principal socio comercial de la República Islámica- están encontrando paso expedito en el Estrecho de Ormuz. China ya ha recibido 11,7 millones de barriles desde el 28 de febrero a través de Ormuz.
Pero no sólo es China. Irán está negociando con una decena de países de fuera de Oriente Medio para permitir el paso de sus petroleros por Ormuz… pero con una condición: sólo si esa compañía paga el petróleo en yuanes chinos, y no en dólares norteamericanos. Cargueros de India y Pakistán ya han pasado, pagando de esa manera, y Japón ha anunciado que estudia hacerlo.
Una medida con la que Irán discrimina amigos de enemigos, y que cuestiona el papel del dólar, un instrumento de dominio financiero de la superpotencia que le está agrediendo salvajemente.
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EEUU: ¿invulnerable a la sacudida de Ormuz?
En recientes declaraciones a la cadena CNBC, un importante asesor económico de Trump, Kevin Hassett, aseguró que “si [la guerra] se extendiera, no afectaría realmente mucho la economía de EEUU”. El dolor de los consumidores (por los precios, ya alarmantemente altos en EEUU, de la gasolina y la energía) sería “la última de nuestras preocupaciones ahora mismo”.
Esta arrogante postura se basa en un hecho real. EEUU es -gracias a la implementación de técnicas medioambientalmente devastadoras como el ‘fracking’, y desde 2019- un país autosuficiente en lo que a petróleo y gas se refiere. De hecho es exportador neto de entre 4 y 5 millones de barriles diarios de crudo y otros productos derivados, lo que equivale al 4-5% del consumo mundial. Y ha alcanzado una producción récord de gas natural.
Cabe entonces una pregunta un tanto especulativa, pero pertinente, ¿puede estar en los cálculos de la administración Trump que EEUU vaya a usar de manera deliberada la escasez de petróleo y gas procedentes de Oriente Medio para hiper-lucrarse, vendiendo mucho más caro su petróleo (o el de Venezuela) y su gas licuado, en los mercados internacionales? El tiempo lo dirá.

Pero antes que nada, ¿tiene razón entonces Hassett? ¿EEUU está a cubierto de la onda expansiva de la convulsión que supone el cierre de Ormuz?
No, para nada. Aunque EEUU produzca la mayoría de su petróleo y gas, no es en absoluto invulnerable a las consecuencias indirectas. El cierre de Ormuz afecta a los precios globales y a las cadenas de suministro del comercio. Pongamos un ejemplo.
Un tercio del comercio mundial de fertilizantes (urea y amoníaco) pasa por el estrecho de Ormuz. Los precios de la urea en el mercado de Nueva Orleans subieron un 30% en apenas dos semanas. Lo mismo pasa con el precio del diésel, y por tanto de los costes de la maquinaria y el transporte. El cierre de Ormuz también afecta al tráfico mundial de plásticos, de químicos o de hidrógeno, que también se encarecen para la industria y los agricultores.
Y todo esto ocurre justo antes de la temporada de siembra (marzo-mayo), donde esta subida de los precios pueden llevar a la ruina a cientos de miles de familias de agricultores en EEUU, produciendo menos cosecha de cereales, y por tanto una inflación en el sector alimentario. La American Farm Bureau Federation escribió a Trump describiendo este problema como una “amenaza a la seguridad nacional”.
Este dilema agrario tiene sus derivadas políticas. Cabe recordar que las zonas rurales son justamente un granero de votos MAGA, y que un aumento del descontento podría tener drásticas consecuencias en las elecciones de medio mandato, para las que sólo queda algo más de medio año.
No, EEUU no es invulnerable a la apertura de la Caja de Pandora que significa el cierre del Estrecho de Ormuz.
Y Trump y su gobierno -como por desgracia el resto del planeta- lo acabarán comprobando.

