Análisis

Cambio de piezas, misma partida

Las elecciones norteamericanas son una partida donde cada cuatro u ocho años cambian las piezas, pero siempre se juega con unas mismas reglas, determinadas por el mantenimiento de la hegemoní­a mundial. Sin partir de aquí­ no entenderemos nada de la pugna entre Clinton y Trump, ni la inesperada agudización de una batalla que muchos daban por saldada hace unos meses. Tampoco comprenderemos las consecuencias para España, que no vienen dadas por el carácter, más “reaccionario” o más “moderado”, de uno u otro candidato.

Z. Brzezniski, uno de los principales estrategas de la superpotencia, constata hoy que, aunque “Estados Unidos aún son política, económica y militarmente la entidad más poderosa del mundo (…) es cierto que nuestra posición dominante [en la política internacional] no es la misma que hace 20 años”. Admitiendo que “es poco probable que sea restaurada a corto o medio plazo”.

Para intentar remediarlo, EEUU ha intentado una opción y su contraria. Y en ambos casos el saldo ha sido negativo. La agresiva apuesta de la era Bush se estrelló en Irak, y dio como resultado un desastre geoestratégico. La presidencia de Obama se presentó como una oportunidad para regenerar el liderazgo estadounidense. Pero, a pesar de algunos éxitos parciales, no ha conseguido detener un declive imperial que es cada vez más acusado.

EEUU es la única superpotencia, pero el curso de la historia camina en su contra, minando las mismas bases de su poder imperial.

Las últimas previsiones sobre la economía mundial publicadas por el FMI nos dicen que, mientras los países emergentes del Tercer Mundo crecerán a un ritmo medio del 7%, las grandes potencias tradicionales lo harán solo al 2%.

Si en 1960, EEUU suponía el 39,8% del PIB mundial, ahora apenas representa el 22,7%. Hace 16 años el G-7 (las siete principales potencias imperialistas, todas ellas supeditadas a EEUU) concentraban el 65,9% de la riqueza mundial. Una cifra que ha disminuido hasta suponer solo el 46,6%.

Al mismo ritmo que disminuye el peso relativo de EEUU -y los países más dependientes- en la economía mundial, aumentan el coste de mantener su dominio político-militar. Una factura que, sumando todos los gastos militares norteamericanos, supera ya el billón de euros.

En los últimos diez años -la mayoría de ellos bajo la presidencia de Obama, al que se concedió el Nobel de la Paz- los gastos militares norteamericanos se han incrementado un 85%. Un aumento que duplica el registrado durante la guerra de Vietnam.

Esta es la contradicción explosiva que determina todas las necesidades estratégicas de la superpotencia norteamericana.

Agravada porque los otros jugadores en el tablero global -los pueblos y países del Tercer Mundo- ganan el terreno que la superpotencia pierde.

El crecimiento independiente, no solo de gigantes como China o India, también de muchos países asiáticos, hispanoamericanos o africanos, achica el espacio de control norteamericano en la economía mundial.

Plataformas como los BRICs adquieren una relevancia cada vez mayor, presentando alternativas al dominio del FMI o la hegemonía del dólar.

Y muchos pueblos y países (un buen ejemplo es el avance del frente antihegemonista en el mundo hispano) recuperan parte de su autonomía y soberanía secuestrada desde Washington.

Jugando tres partidas simultáneas

Este es el tablero global en el que actuaron tanto Bush como Obama, y en el que también tendrá que intervenir el nuevo inquilino de la Casa Blanca.

Conviene no olvidar que EEUU es la única superpotencia, y que está dispuesto a utilizar todo su poder para mantener y fortalecer su hegemonía frente al conjunto de países y pueblos del mundo.

Pero para ello está obligado a jugar simultáneamente tres partidas, dispersando y debilitando permanentemente sus fuerzas.

El terreno perdido ante el avance de las economía emergentes le obliga a intensificar el saqueo sobre las áreas del planeta más dependientes y controladas. Y para ello debe fortalecer su encuadramiento político y militar bajo mando norteamericano.

Este es el origen de la oleada de recortes que todavía sufrimos. Iniciada, recordémoslo, bajo la presidencia de Obama, no de Bush. Y también de la profunda crisis económica, política y social que atraviesa la UE.

Esta es una “política de Estado” en la que coinciden Obama, Clinton y Trump. También el que nos presentaron como “candidato de la izquierda”, Bernie Sanders (con el que Pablo Bustindui, secretario de Relaciones Internacioales de Podemos afirma que sería posible “un atlantismo pacifista”). Fue Sanders quien afirmó que “pagamos cerca del 75% del gasto de la OTAN, y Francia tiene muy buen sistema de salud y educación, así que deben asumir la carga para su defensa”.

Al mismo tiempo, Washington contraataca para recuperar parte del terreno perdido frente al avance de los pueblos. Promoviendo en el mundo hispano una estrategia de “golpes blandos” que ha removido los gobiernos en Honduras y Paraguay primero, y más tarde en Argentina y Brasil.

Y empujando unas “primaveras árabes” que muy pronto se han convertido en un invierno imperialista. Con una dictadura militar en Egipto, Libia transformada en un agujero negro, y una sangrienta guerra en Siria.

En tercer lugar, EEUU debe contener el surgimiento de rivales que puedan cuestionar su hegemonía, hoy concentrado en la emergencia china.

Aquí es donde Clinton y Trump difieren. Y curiosamente

Como secretaria de Estado, Clinton publicó en 2010 un artículo titulado “Un siglo del Pacífico de EEUU”, donde diseñaba el traslado del grueso de la fuerza militar a Asia para contener “la potencial amenaza china”. Mientras Trump aboga por atraer a países como Rusia, también Turquía o Siria, a un “frente global antichino” que contenga el crecimiento de la influencia global de Pekín.

Es desde estos imperativos estratégicos de la hegemonía norteamericana que debemos valorar los resultados de estas elecciones en la superpotencia, y las consecuencias para el conjunto de países y pueblos del mundo, también para España.

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