¿Qué relación existe entre la filosofí­a y la ciencia?

En el lí­mite del conocimiento

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16-12-2009
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El materialismo filosófico, y en particular el materialismo dialéctico, la filosofí­a del proletariado, sitúa al proletariado y su partido en el lí­mite del conocimiento humano
 Copérnico abre las puertas a una ruptura cientí­fica de una envergadura impensable cuando formula su revolucionaria hipótesis de un sistema celeste heliocéntrico con el sol como centro. Pero eso obligaba necesariamente desplegar un combate a muerte con la teologí­a medieval, la forma que entonces adoptaban las filosofí­as idealistas. (Foto: Nicolás Copernico)
Copérnico abre las puertas a una ruptura cientí­fica de una envergadura impensable cuando formula su revolucionaria hipótesis de un sistema celeste heliocéntrico con el sol como centro. Pero eso obligaba necesariamente desplegar un combate a muerte con la teologí­a medieval, la forma que entonces adoptaban las filosofí­as idealistas. (Foto: Nicolás Copernico)
El materialismo filosófico, y en particular el materialismo dialéctico, la filosofí­a del proletariado, sitúa al proletariado y su partido en el lí­mite del conocimiento humano

En contra de las ideas dominantes y de lo que los propios filósofos piensan de sí­ mismos, la filosofí­a tiene un carácter práctico. Actúa sobre la práctica. La filosofí­a no da un conocimiento objetivo del mundo, ese es el papel de la ciencia, pero actúa en el lí­mite sobre ella, bien abriendo las puertas a ese conocimiento o bien impidiéndolo. El materialismo dialéctico, la filosofí­a marxista, se sitúa en el lí­mite del conocimiento humano porque, justamente, en el curso de la practica abre sin cesar el camino al conocimiento del mundo.

Por su abstracción, por su racionalidad y por su sistematicidad, la filosofía forma parte de la teoría, en la vecindad de las ciencias, con la cual mantiene unas relaciones específicas. Pero la filosofía no es ciencia. ¿Cuales son estas relaciones específicas?

La filosofía actúa sobre la ciencia o bien ayudándola a producir nuevos conocimientos científicos o bien impidiendo su desarrollo o, incluso, intentando borrarlas de la existencia para devolver a la humanidad a un estado en que tal o cual ciencia no existía. Por lo tanto, la filosofía actúa sobre las ciencias de manera revolucionaria, abriendo el camino a su desarrollo, o de manera reaccionaria, trabando el desarrollo del conocimiento científico existente.

Por ejemplo, cuando en el siglo XVI el monje polaco Copérnico formula su revolucionaria hipótesis de un sistema celeste heliocéntrico con el sol como centro, frente al antiguo sistema ptolomeico de la tierra como centro del universo, abre las puertas a una ruptura científica de una envergadura y unas consecuencias entonces impensables. Pero avanzar en el desarrollo del conocimiento científico que esta ruptura abría, obligaba necesariamente desplegar un combate a muerte con la teología medieval, la forma que entonces adoptaban las filosofías idealistas.

La teología medieval había creado todo un sistema filosófico sobre la creación y la organización del mundo por Dios que se correspondía plenamente con la explicación que hasta entonces daban los astrónomos sobre el universo y el movimiento de los cuerpos celestes. Así, a cada una de las siete esferas observables en el firmamento que se corresponden con el movimiento de los distintos planetas y las estrellas visibles, la teología medieval había creado el número correspondiente de criaturas divinas (ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, querubines,...), cada una de las cuales, según su grado de perfección, ocupaba una de las 7 esferas. Cuanto más perfectas las criaturas creadas por Dios, habitaban una esfera más cercana a la última, inmóvil y perfecta, habitada por Dios. Y todas ellas, girando alrededor de la tierra donde Dios había creado a los hombres, dotados de un alto grado de imperfección y que, por eso mismo, debían mortificarse para alcanzar, a su muerte, la ultima y perfecta esfera celestial.

Por debajo de la tierra, una división simétrica pero inversa, los siete círculos del infierno que retrata Dante en la Divina Comedia, cada uno de los cuales acerca a la condenación eterna. La ruptura científica de Copérnico, seguida inmediatamente por Galileo, no sólo rompía en mil pedazos esta concepción del mundo, sino que hacía necesario para poder desarrollarse que surgieran en combate a ella unas nuevas corrientes filosóficas materialistas. Sin el empirismo inglés del siglo XVII y el materialismo francés del siglo XVIII, sin su combate al idealismo escolástico y la teología medieval, hubiera sido imposible que la ciencia recorriera el camino que, iniciado por Copérnico y Galileo, va a Kepler y desemboca en Newton.

Las filosofías idealistas de cualquier época no hacen sino trabar el desarrollo del conocimiento científico existente. Sus Tesis obstaculizan el desarrollo del conocimiento. En vez de hacerlo avanzar, más bien lo hacen retroceder; más precisamente, lo hacen retroceder más allá de los descubrimientos y las adquisiciones científicas ya adquiridas. por eso son filosofías reaccionarias. Ese es el efecto dañino y perverso que el idealismo y el empirismo tienen en las filas del marxismo. No es que impidan avanzar al proletariado, es que lo colocan objetivamente en un estadio anterior, lo retrotraen a un conocimiento de la historia precientífico.

Esto, exactamente, es lo que pretenden quienes abanderan la idea de que “Marx no es un manual”. Que el proletariado vuelva a un estadio anterior, en el que no se había dotado, gracias al marxismo, de un conocimientos objetivo de las leyes de desarrollo de las sociedades humanas. Que desaparezcan de su pensamiento –y, en consecuencia, de su práctica– las leyes de carácter universal que Marx estableció sobre el desarrollo del modo de producción capitalista. Y que en su lugar, como dice Lenin, deje de lado “las bases más firmes de la teoría revolucionaria” y en nombre de “la insuficiencia y caducidad de estas doctrinas”, abrace “viejas doctrinas hábilmente remozadas” que, en el terreno del conocimiento y el pensamiento revolucionario, lo retrotraen prácticamente a la época en la que la clase obrera se dedicaba a quemar las máquinas.

Por el contrario, el materialismo filosófico, y en particular el materialismo dialéctico, la filosofía del proletariado, sitúa al proletariado y su partido en el límite del conocimiento humano. Una filosofía que parte de que, “en el proceso general absoluto del desarrollo del universo, el desarrollo de cada proceso determinado es relativo”. Y que, por eso mismo, “en el torrente infinito de la verdad absoluta, el conocimiento humano de cada proceso determinado en una etapa dada de desarrollo es sólo una verdad relativa”. Que sólo “la suma total de las incontables verdades relativas constituye la verdad absoluta”.

El desarrollo del movimiento del conocimiento humano está determinado por las contradicciones y luchas que recorren de principio a fin todo proceso objetivo de desarrollo de la materia. “Todo movimiento dialéctico del mundo objetivo se refleja, tarde o temprano, en el conocimiento humano. A medida que avanza cada vez más lejos la práctica del hombre que transforma la realidad objetiva de acuerdo con determinadas ideas, teorías, planes o proyectos, más y más profundo se va haciendo el conocimiento que de la realidad objetiva tiene el hombre.

El movimiento de cambio de la realidad objetiva en el mundo nunca terminará. Y por eso “tampoco tendrá fin el conocimiento de la verdad por el hombre a través de la práctica. El marxismo-leninismo no ha agotado en modo alguno la verdad, sino que en el curso de la práctica abre sin cesar el camino hacia su conocimiento”.


Por eso decimos que la filosofía marxista, el materialismo dialéctico, es una concepción del mundo que se sitúa en el límite del conocimiento, “proporcionando a la humanidad, y sobre todo a la clase obrera, la poderosa arma del saber”.

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