La ridícula excusa de la ‘guerra contra el narcotráfico’ ha quedado obsoleta en muy poco tiempo, y las verdaderas intenciones de la administración Trump en Venezuela -la desestabilización del país, el derrocamiento del gobierno de Maduro y su sustitución por otro a las órdenes de Washington- comienzan a ser demasiado evidentes.
Mientras avanzan los preparativos de una agresión militar directa que parece inminente, Trump ha ordenado estrangular la yugular de la economía venezolana, con formas que sólo pueden calificarse directamente de piratería: capturando los cargueros llenos de crudo que salen de Venezuela.
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La nueva doctrina Monroe: lo tuyo es mío
“Que Venezuela devuelva el petróleo que nos han robado”, así resumen varios medios las declaraciones de Trump en su red Truth social, en las que justifica el secuestro por las tropas norteamericas del buque petrolero Skipper frente a las costas venezolanas, algo que evidentemente viola la legalidad internacional y que ha sido calificado por Caracas como «pillaje» y «piratería». Cuando los periodistas le preguntaron que pensaba hacer con el carguero capturado, Trump les respondió: «nos lo quedaremos, supongo».
Lejos de quedarse en la captura de un barco, Trump ha anunciado un “bloqueo total” a buques petroleros que entren o salgan de Venezuela. El texto de Trump en Truth Social para justificar esta decisión es aún más delirante: «[Mantendremos el bloqueo] hasta que devuelvan a Estados Unidos todo el petróleo, la tierra y otros activos que nos robaron previamente». «Teníamos mucho petróleo allí. Expulsaron a nuestras empresas. Nos quitaron todos nuestros derechos energéticos. Nos quitaron todo nuestro petróleo no hace mucho. Y lo queremos de vuelta».

Este delirio neocolonial, donde la Casa Blanca reclama su «derecho» a apropiarse de los recursos de Venezuela, hacen que las comparaciones entre la actual ofensiva de Trump y la Doctrina Monroe -que a mediados del siglo XIX llevó a autoproclamarse a EEUU como los portadores de un «destino manifiesto» que le permitía adueñarse de América Latina, estén más que justificados.
Y efectivamente, las riquezas naturales del país caribeño son un botín muy jugoso para el saqueo imperialista. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo crudo del mundo, estimadas en aproximadamente 303.000 millones de barriles (alrededor del 18% de las reservas globales), concentradas principalmente en la Faja del Orinoco, aunque al ser pesado requiera un refinado especial.
Trump reclama su «derecho» a apropiarse de los recursos de Venezuela. Es la nueva doctrina Monroe
Además, Venezuela posee reservas de gas natural de más de 195 billones de pies cúbicos, las octavas a nivel mundial; también importantes reservas mineras de oro (unas 6.000 toneladas métricas), de diamantes (10-15 millones de quilates), y estimaciones preliminares de entre 10.000 y 50.000 toneladas métricas de tierras raras, incluidos minerales como el coltán, clave en la industria tecnológica.
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Mucho más que petróleo
¿Es entonces el pillaje económico la verdadera razón del cerco y agresión que Trump está desplegando sobre Venezuela?
Reducirlo todo a eso nos impide comprender los verdaderos motivos que guían la geopolítica de una superpotencia hegemonista.

Una agresión imperialista nunca tiene como único, ni siquiera como principal motivo, la ganancia económica. «La política es economía concentrada» -decía Lenin- «y la guerra es la continuación de la política por otros medios».
Lo que EEUU necesita para poder apoderarse de las riquezas de Venezuela -de sus recursos naturales, y aún más importante, de la plusvalía arrancada a la mano de obra- es volver a tener el poder político. Es decir, volver a tener instalado en Caracas un gobierno afín a los intereses de Washington, que se pliegue a sus mandatos y exigencias.
Es lógico pensar que fue el gobierno antihegemonista de Hugo Chávez (a partir de 1999) el que nacionalizó las inmensas reservas de petróleo de Venezuela, pero no es así: lo hizo mucho antes, en 1975, el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez.
Pero a aquella iniciativa se la llamó la «nacionalización chucuta» (que en Venezuela quiere decir insuficiente, deficiente) porque bajo la apariencia de defender la soberanía nacional, el gobierno cipayo de Pérez se dedicó a entregar a precio de saldo los recursos energéticos nacionales venezolanos… a las grandes petroleras de EEUU.
Es con esta dominación y expolio imperialista con lo que cortó la Revolución Bolivariana de los gobiernos de Chávez. Y es a este pasado al que quiere volver Trump cuando dice que «teníamos mucho petróleo allí».
Esta es la clave. Derrocar -por los medios que sean- al gobierno de Maduro y sustituirlo por uno títere de los intereses de Washington. Por ejemplo, uno encabezado por la líder opositora Maria Corina Machado -ferviente admiradora de Trump, al que dedicó su reciente Premio Nobel- que ha prometido a EEUU que privatizará y entregará al gran capital norteamericano todo ese tesoro energético.
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Peligro sobre Venezuela… y sobre toda América Latina.
Que EEUU trate de derribar al gobierno venezolano no es en absoluto nuevo. Es lo que lleva intentando hacer en el último cuarto de siglo, a través de un sinfín de formas, con múltiples golpes de Estado «duros» y «blandos», guerra económica y desestabilización híbrida. La novedad es que -como parece inminente- vayan a recurrir a la agresión militar directa, posiblemente comenzando con bombardeos contra puntos estratégicos y operaciones encubiertas.
Una eventual agresión contra Venezuela que puede desencadenar la desestabilización de toda la región, y donde Washington puede tener objetivos colaterales, como la caída de un gobierno colombiano de Gustavo Petro que es cada vez más contestatario a sus dictados.
Todos los demócratas, progresistas y revolucionarios deben condenar los planes de intervención, guerra y agresión de EEUU contra Venezuela y contra toda América Latina.

Ahora bien, EEUU escoge golpear -militarmente o con el estrangulamiento económico- a Venezuela buscando incidir en las contradicciones internas de este país. No es ningún secreto que su opinión pública está muy agudamente polarizada, y que importantes sectores de la población detestan al gobierno de Maduro. No es correcto achacar todo ese polvorín de desafección al cerco económico o a la injerencia de Washington a través de la derecha venezolana. Las violaciones de los derechos humanos, las tramas de corrupción, o el incorrecto tratamiento de las contradicciones en el seno del pueblo por parte del gobierno de Maduro también han hecho mucho de su parte para poner a amplias capas de la población en su contra.
Sin embargo, estamos ante una intervención imperialista que tiene por objetivo que la superpotencia norteamericana se apodere de un país, de su territorio y de sus recursos, dentro de una estrategia más amplia, dentro de la agresiva ofensiva reaccionaria de Trump y su dictadura hegemonista mundial sobre toda América Latina.
Por eso, más allá de la opinión que se tenga sobre Maduro y su gobierno, todos los demócratas, progresistas y revolucionarios deben condenar los planes de guerra y agresión, de intervención y desestabilización, de EEUU contra Venezuela y contra toda América Latina.

