En la crónica que nos ofrece Guillermo Fesser desde EEUU en este número dice algo que define seguramente el mensaje de mayor alcance que lanzó Bad Bunny en su espectáculo en la Super Bowl: “La música no tiene idioma”.
El artista puertorriqueño puso mensajes políticos encima de la mesa, una gran cantidad de gestos simbólicos y de escenografía pensada para unir a todos los sectores posibles, pero hay algo que se convierte en incontestable cuando un reguetonero que revienta las listas de éxitos, independentista y que canta en español se convierte en el espectáculo más comentado de las últimas décadas en una de las celebraciones estadounidenses por excelencia.
Eso que llaman guerra cultural, la están perdiendo. De hecho ya la han perdido. Los hechos les han arrasado. No importa que tardemos cien años en ver desaparecer fuerzas represivas como el ICE, o ataques a la legalidad internacional como los perpetrados por la administración Trump. La cultura ha vuelto a dar una lección revolucionaria y de capacidad de transformación.
Megyn Kelly, la presentadora estadounidense, afín a Donald Trump, fue entrevistada por el emblemático Piers Morgan en su programa Uncesored hace pocos días. Durante la entrevista se mostró escandalizada porque se hubiera permitido un espectáculo como el de Bad Bunny en la Super Bowl. Basta con escucharla reivindicar para comprender por qué ya han perdido: “¡Ni español, ni musulmán, ni nada que no sea un buen pastel de manzana americano a la antigua usanza! Debería haber un pastel de carne, quizá pollo frito, y un artista que hable inglés.”
Hay quien se podría haber ofendido porque Bad Bunny desplegó una bandera independentista puertorriqueña que estuvo prohibida en el mismo Puerto Rico por EEUU. O quien podría haber considerado una provocación que mientras Trump detiene y deporta a miles de inmigrantes, Bad Bunny cante en la fiesta más yanki, “ahora todos quieren ser latinos”.
Pero tras el espectáculo, el artista multiplicó más de un 400% sus escuchas en Spotify y Duolingo (aplicación para aprender idiomas) aumentó un 35% sus alumnos en español. Con 40 millones de hispanohablantes en EEUU y la previsión de que en 2060, una de cada tres personas en el país sean de origen hispano, parece que las encuestas de aprobación son más favorables a Bad Bunny que a Donald Trump.
Ahora queda todo por hacer, porque cien años es demasiado tiempo. Pero ha quedado claro que hace mucho tiempo que, como dice Guillermo Fesser, los hispanos aprendimos que no nos importaba entender lo que decían los Beatles, nos bastaba sentir que aquello era música de la mejor.

