La riada del 29 de octubre de 2024 que sufrió Valencia fue el desastre natural más devastador de las últimas décadas. Aquel día perdimos 230 vidas que no deberían haberse perdido.
Quince meses después, exigir verdad, justicia y reparación es lo mínimo. La gestión antes, durante y después de la catástrofe fue inaceptable, y algún día deberá haber responsabilidades, porque en demasiados casos las muertes fueron evitables.
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Un olivo por cada víctima: memoria que enraíza
Plantar un olivo por cada víctima mortal de la DANA no es solo un gesto simbólico. Es un acto político, comunitario y de conciencia ambiental. El olivo es raíz y resistencia:
• Nace donde otros árboles se rinden.
• Vive durante siglos.
• Sobrevive al fuego, al abandono y a la especulación del territorio.
No podría haber mejor símbolo para recordar que lo que necesitamos no es la resignación, sino enraizar otra forma de relacionarnos con nuestra tierra.
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La DANA no fue “inesperada”
Las inundaciones no fueron un capricho del destino. Fueron la consecuencia previsible de años de urbanismo descontrolado, recortes en prevención, desprecio y ocupación de los cauces naturales, un cambio climático que ya no podemos negar.
Por eso un olivo por cada víctima es un recordatorio permanente: no murieron por mala suerte, sino por falta de previsión y exceso de cemento; porque la política climática sigue siendo la asignatura pendiente de demasiados gobiernos.
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El papel del Acord Social Valencià
El Acord Social Valencià, surgido tras la DANA para exigir responsabilidades y participar en la reconstrucción, reúne a entidades sociales, sindicatos y a los CLERs (Comités para la Reconstrucción).
En estas asambleas comunitarias nació la propuesta de plantar un olivo en memoria de cada una de las personas fallecidas y como gesto de acompañamiento a sus familias.
Cada árbol debe ser una semilla de memoria y de exigencia: un lugar para honrar a quienes se fueron y también para pedir cuentas a quienes deben garantizar que algo así no vuelva a ocurrir.
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Los olivos no olvidan
Los olivos guardan siglos de historia en sus raíces. Su sombra invita a detenerse y mirar hacia dentro. Si la naturaleza nos recuerda su fuerza, respondamos con algo más que resignación: con memoria organizada, acción colectiva y cambios estructurales.
El olivo, símbolo ancestral del Mediterráneo, ha acompañado a nuestros pueblos durante miles de años. Está presente en mitologías, banderas, pactos de paz y rituales de convivencia.
Representa lo que somos: pueblos que aprendieron a sobrevivir entre sequías y tormentas, que hicieron de sus raíces un pacto con la tierra.
Plantemos comunidad. Plantemos olivos como símbolo de comunidad en colegios, asociaciones vecinales, colectivos ecologistas, familias…
Llamemos a todas las organizaciones y colectivos a aportar su pequeña contribución en forma de homenaje. Que cada olivo nos recuerde lo que pasó, pero también lo que aún podemos —y debemos— cambiar.

