En el prólogo de una de las ediciones de Frankenstein, su autora, Mary Shelley, nos revela por qué se ha convertido uno de los mitos siempre revisitados y que más nos fascinan: “Me esforzaba por pensar en una historia que hablara a los temores misteriosos de nuestra naturaleza y despertara un horror estremecedor”.
Guillermo del Toro tenía que sentirlo. Toda su filmografía gira en torno a Frankenstein, a seres extraños señalados como monstruos, condenados a desaparecer pero que viven intensamente. El realizador mexicano sabe que “los monstruos tienen la respuesta a todos los misterios. Ellos son el misterio”.
Su versión de Frankenstein es otra prodigiosa obra visual, que nos atrapa desde el primer minuto, respira intensidad en cada fotograma, encuentra poesía en el terror, y nos vuelve a enfrentar a dilemas morales de los que no podemos escapar.
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La visión de Victor Frankenstein
Con solo 18 años, Mary Sehlley levantó una de las obras más subyugantes, donde vida y muerte, creación y destrucción, se entrecruzan y confunden.
Producto de un momento bisagra, de cambio social, donde el viejo mundo feudal ha colapsado y el burgués está eclosionando, Shelley sintetiza la esencia, las contradicciones profundas, y las transforma en mito.
Goya predijo que “el sueño de la razón produce monstruos”. La nueva religión burguesa, que ofrecía un progreso ilimitado, tenía un doble fondo tenebroso. Shelley constata que el otro gran mito burgués, el Hombre que sustituye a Dios, también conduce al abismo.
Del Toro nos sumerge en él cuando entrega la palabra a Victor Frankenstein. Armado de la ciencia, la humanidad consigue alcanzar el único terreno que parecía reservado solo a Dios: crear vida.
El director mexicano nos presenta a un Victor Frankenstein tenebroso pero que consigue atraernos, con la energía con que las sinfonías de Beethoven alumbraban una nueva época para la humanidad.
«El monstruo es demasiado humano, sus conflictos son los nuestros«
Pero pronto sentimos la sangre que emana de la euforia. Con el mismo desprecio por la vida que ese capitalismo que se está imponiendo, Victor escoge fríamente los mejores cadáveres que la guerra ofrece en el campo de batalla. Y en una escena que nos impacta, tira los trozos humanos despiezados que no le sirven, eliminados como material desechable.
El delirio de convertirse en Dios conduce a un desastre abisal. La humanidad se separa de la naturaleza, y da la espalda a aquello que realmente nos hace humanos.
Victor solo recupera la humanidad, conmoviéndonos, cuando asume su derrota.
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La mirada del monstruo

La película alcanza su clímax, cinematográfico y poético, cuando vemos la realidad desde la mirada del monstruo. Entonces todo nos conmueve, porque nos identificamos con él.
El monstruo, hecho de miembros muertos, está vivo, y es humano, demasiado humano.
Necesita una vida colectiva para ser humano y tener conciencia de ello. Pero es despreciado y atacado por su apariencia. Solo puede relacionarse con los demás oculto. Es condenado a ser un perseguido, a estar solo y desamparado. A no ser humano.
Se le niega la posibilidad de tener una identidad propia. Se rebela afirmando que “no soy algo sino alguien”, pero se horroriza cuando descubre que es la suma de miembros amputados, y que los recuerdos que le asaltan son robados, pertenecen a personas muertas.
No puede vivir porque tampoco puede morir. La humanidad concebimos la vida desde la conciencia de nuestra muerte. Esa condición se le niega al monstruo.
“Los monstruos tienen la respuesta. Ellos son el misterio”. (Guillermo del Toro)
Estas contradicciones profundas, que se expresan abiertamente en el monstruo, están también en todos nosotros. Por eso el misterio es el monstruo. Por eso nos identificamos con él.
Solo Elisabeth -un homenaje a Mary Shelley, mujer libérrima- puede ver más allá. Reconoce la humanidad del monstruo, atraída por lo que debía producir repulsa hasta el punto de entregarse por amor. Un tema presente también en Drácula, el otro gran mito romántico, y que fascinaba a los surrealistas.
Guillermo del Toro nos sumerge en el abismo, pero también nos ofrece una salida. El perdón, no en el sentido religioso que nace de una culpa castradora, sino en el de reconocernos en el otro. No aspirar al delirio de ser dioses, sino simple y profundamente vivir como humanos.
El Frankenstein del director mexicano es una obra excesiva, en lo visual y en sus aspiraciones, como corresponde a algo creado con pasión y no con algoritmos. Su despliegue visual nos hipnotiza, ante la inmensidad de un barco varado en un desierto de hielo, o en los recovecos con claroscuro de un laboratorio convertido en catedral gótica. Y la enorme actuación de Jacob Elordi sabe transmitir en cada gesto, en una voz susurrante pero poderosa, los conflictos del monstruo, que son también los nuestros.
Guillermo del Toro salda una deuda que era una obsesión. La que desde niño adquirió al leer la novela o contemplar las películas clásicas donde Boris Karloff fijó la imagen del monstruo. Ofreciéndonos una obra llena de poesía, y que vuelve a ahondar en el misterio.

