El Observatorio

El 53 de Gilmore Place

Jesús Zomeño reivindica el poderío de la ficción en una novela que diseña magistralmente el laberinto de lo real

En tiempos en los que retorna, no solo en la avalancha del mercado sino incluso en el elogio de la crítica, un quehacer narrativo que aun revestido de formas posmodernas, y aun pos-posmodernas, no es sino un regreso del más acrisosalado costumbrismo literario patrio, con historias que pretenden recuperar la autenticidad en los aledaños rústicos de la España vacía, en la memoria de la abuela del pueblo (antítesis de la alienación tecnológica actual), en las panzas de burro y los arados oxidados, entre lentejas y tocino, uno agradece, agradece infinitamente, leer una novela que no tiene nada que ver con esa deriva, una novela que tanto en la forma como en el fondo huye de toda esa moda superflua, una novela que despliega toda su energía y sus recursos en el universo de la ficción pura y dura.

El 53 de Gilmore Place es la segunda novela de Jesús Zomeño, un autor de larga trayectoria que inició su andadura literaria en los años ochenta en el campo de la poesía, publicando media docena de poemarios e incluso creando y dirigiendo su propio sello de poesía (Diarios de Elena) desde Elche; que luego devino en narrador breve, dando a la luz otra media docena de libros de relatos (entre ellos su extraordinario ciclo ambientado en los escenarios de la primera guerra mundial) y que en 2018 probó suerte con su primera novela, El cielo de Kaunas, una de las escasas incursiones narrativas que se han hecho en España sobre el hundimiento del sistema soviético.

En El 53 de Gilmore Place Zomeño sigue desarrollando las andanzas del policía sin rostro y sin nombre coprotagonista de El cielo de Kaunas. Que el protagonista sea un policía no quiere decir que la novela sea un trhiller, aunque incluya ingredientes potentes del género. Como los tiene de muchos otros géneros, pues el libro combina distintas y sugestivas tramas, sin que a la postre sea posible adscribirlo en ninguna casilla fija.

La novela combina distintas y sugestivas tramas, sin que a la postre sea posible adscribirlo en un género

Tras su regreso de Kaunas, el policía descubre accidentalmente un caso de corrupción policial, a raíz del cual va a comenzar a sufrir un verdadero vía crucis in crescendo en la comisaría. Para evadirse de la sordidez que le rodea y del acoso que sufre,  crea un alter ego literario cuyas peripecias transcurren paralelamente a las suyas, y para las que en gran medida se inspira asimismo en unas extrañas investigaciones sobre un crimen cometido en la segunda guerra mundial en las que se ve envuelto también circunstancialmente. Las distintas tramas de la novela convergen e influyen las unas en las otras, se atraen y se funden, hasta crear un delirante juego de espejos en el que los límites entre la realidad y la ficción van difuminándose. Esta compleja y a veces enmarañada red argumental se articula por medio de una serie de “nudos”, episodios (muchos de ellos violentos) que van dando pistas del laberinto en el que está inmerso el lector a la vez que funcionan como muestras del virtuosismo narrativo del autor.

No obstante, hará bien el lector en desactivar el dramatismo de todo ese montón de “casquería” policial y episodios tarantinescos dejándose ganar, en cambio, por el humor socarrón, el humor negro, negrísimo, la ironía de fondo que trasluce la novela y que es una de las armas más potentes de Zomeño. No es un humor hilarante ni obvio, puede que no haga reír a carcajadas, pero está ahí, impregnando casi todo el relato, como un ingrediente básico de la cosmovisión novelesca del autor y como una alternativa a la banalidad del mundo, a la estupidez general y a las mil formas en que todo acaba casi siempre mal.

El 53 de Gilmore Place es una novela llena de incorrecciones y desafíos. Zomeño parece no atenerse a ninguna regla, ni utilizar ningún filtro, ni adecuarse a ningún perfil de los ahora pregonados y exigidos. Es incorrecto políticamente, al señalar un pecado original del nacionalismo catalán que éste oculta celosamente y que es casi seguro que el lector ignora; es incorrecto con casi todos los ismos que ahora imperan y llenan telediarios y redes sociales; su personaje carece de una moralidad socialmente útil, hace continuamente la guerra por su cuenta y el mundo en el que se desenvuelve no es precisamente la “sociedad ideal” o “perfecta” que han diseñado los nuevos ingenieros sociales de nuestros días.

¿Somos narradores de nuestras vidas o personajes que transitan por ellas?

Tampoco la estructura narrativa del libro está acorde, probablemente, con los gustos dominantes y el canon fijado. Zomeño va levantando una trama múltiple formada por una red articulada de espejos en los que cada vez resulta más difícil y arduo tener claridad y certeza sobre el objeto reflejado o estar seguro de ninguna de las imágenes que se proyectan en cada momento. Lo que en un capítulo parece obvio y razonable es desmentido y arrumbado más tarde, y eso mismo, otra vez, un poco después. De modo que al final es complejo decidir si el propio narrador, al hacerse personaje, no acaba siendo eso, el sujeto de una ficción sobre cuyo autor cabe preguntarse… y dudar. ¿Quién cuenta nuestra historia de verdad? ¿Somos narradores de nuestras vidas o personajes que transitan por ellas?

El 53 de Gilmore Place es un artefacto narrativo tan singular que, sin duda, llevará al lector a hacerse muchas preguntas. Y, ese sí, es uno de los destinos esenciales de la literatura.

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