La Luna, con su ciclo que nace, crece, muere y renace, marcó durante milenios el ritmo de la vida. Su movimiento se parece al de los cuerpos, especialmente al del cuerpo femenino. No es casual que en ese universo simbólico las mujeres ocuparan un lugar central. Tal vez no hubo matriarcados políticos como los imaginamos hoy, pero sí había un eje orgánico que impregnaba la cultura.
En estas sociedades, el culto a la Gran Madre o a la Triple Diosa lunar reflejaba valores de cuidado, reciprocidad y conexión con la naturaleza.
La Luna sugería un tipo de poder distinto: el que fluye, el que acompaña, el que no necesita imponerse para existir.
Y entonces llegó el Sol. O mejor dicho: llegó la necesidad de organizar un mundo agrícola, sedentario y jerárquico.
El Sol, regular y absoluto, sustituyó a la Luna como soberano del tiempo. No sorprende que también sustituyera a muchas deidades femeninas, por dioses solares masculinos como Ra o Apolo, asociados al orden, la fuerza, la autoridad y la vigilancia. Podemos encontrar claros ejemplos de estas transiciones en Mesopotamia, Egipto o Grecia.
¿Fue este cambio uno de los grandes motores del patriarcado? No hace falta afirmarlo. Basta con observar como, en paralelo al calendario solar, crecieron las estructuras estatales, las religiones monoteístas, las jerarquías rígidas, sociedades más estratificadas y la concentración del poder político en manos de hombres.
«Tal vez el calendario no creó el patriarcado, pero sí lo acompañó como un reflejo. O tal vez fue el patriarcado el que creó el calendario solar para instaurar su propia manera de medir la vida y el mundo.»
En El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884), Engels analiza cómo el desarrollo económico y la propiedad privada transformaron las estructuras sociales. Sostiene que las sociedades primitivas tenían formas de organización comunitarias y matrísticas, donde la descendencia se contaba por línea materna.
Con el surgimiento de la propiedad privada y la herencia, se impuso la necesidad de asegurar la filiación masculina, lo que llevó al patriarcado.
Como observación final, el contraste entre los números 12 y 13 funciona como una herencia simbólica que refleja estructuras sociales antiguas.
El Doce aparece en múltiples tradiciones como número de orden, jerarquía y poder masculino. Las 12 tribus de Israel, los Apóstoles o los signos zodiacales. Mientras que el número trece fue estigmatizado como número “maldito” porque representaba la mala suerte, el caos y la muerte.

