SELECCIÓN DE PRENSA INTERNACIONAL

Tango para tres: Li, Putin y Obama

La Cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC, por sus siglas en inglés) está ya en marcha. El subtexto de la reunión es la transformación de la política internacional y, el sub-subtexto, el acercamiento directo de Rusia y China en medio del dominio global militar-político-económico de EEUU, potencia hegemónica unilateral desde la II Guerra Mundial frente a una descentralización lentamente emergente, hasta hace muy poco, que sacude los cimientos del sistema del poder mundial e impulsa de forma rápida y veloz un cambio cualitativo hacia un nuevo juego de poderes en el que EEUU no es ya el centro exclusivo o el arquitecto-jefe del orden internacional. Obama, el tigre de papel, todo él sonrisas, se mete, por sus propias obras (el Pivote de Pacífico Ante Todo Y el Acuerdo Trans-Pacífico de Asociación Económica -TPP, por sus siglas en inglés-; la primera en un intento de cambiar los activos militares de la región, y la segunda, con un pacto negociado comercial que excluye a China) en el cubil del Enemigo Público Número 1 de EEUU: China. Desde luego, Rusia sigue de cerca a China como Número 2, y tanto Li como Putin estarán presentes en Pekín asistiendo a la cumbre. Putin tiene ya calado a Obama. Li casi. Me temo que no van a permitir que se una a su propio tango, el mismo que Obama y EEUU tratan de romper; tendrá que bailar cada vez más solo mientras el mundo va captando su rollo totalitario. (Reprende a Li por ciberespionaje en un intento de que se pase por alto la vigilancia masiva al pueblo estadounidense, ampliada al espionaje a los dirigentes extranjeros; reprende a Putin por Ucrania para cambiar de tema sobre la intervención de EEUU en Iraq y Afganistán, sobre las operaciones encubiertas de cambio de régimen –incluido el de Kiev- por todo el mundo, y por la guinda, los asesinatos con aviones no tripulados.)

Hay mucho sobre la mesa en Pekín, canapés de esferas de influencia, sopa de modernización nuclear (de letalidad mejorada), el plato principal a base de contrarrevolución de inspiración estadounidense y, de postre, la posibilidad de romper el control del FMI y del Banco Mundial en la configuración del desarrollo mundial con la propuesta del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura. En todos los casos, Obama va a encontrarse, para su propia frustración, con un frente unido de Li y Putin, que van a intentar arrancar el eje del poder de las manos de EEUU y Europa, con Rusia claramente mirando hacia oriente en respuesta al régimen de sanciones EEUU-UE, a las amenazas, bravatas y toda esa hostilidad a su alrededor. Europa necesita a Rusia más que Rusia necesita a Europa, mientras que a EEUU, al percibir que China se ha convertido en la primera potencia económica del mundo, sólo le cabe retorcerse sobre el militarismo, la agresividad en todas sus formas y quizá una comprensión furtiva y llena de zozobra de declive. Sea lo que sea lo que brotó del Siglo Estadounidense (American Century), ahora está todo muerto y enterrado sin pesar alguno (especialmente en Asia, Latinoamérica y quizá África).

Obama puede por tanto sonreír, dar palmaditas en el hombro, ponerse a charlar, pero representa un orden moribundo, amarrado al alambre de embalar de los tejemanejes financieros y liado en el envoltorio del poder militar. China puede permitirse ser un anfitrión caritativo y amable, pero eso sólo sirve para destacar el siguiente mensaje: EEUU tiene que dejar de volver el mundo del revés en beneficio propio, tiene que poner fin a los juegos y divertimentos de la CIA, a su control del sistema financiero internacional. Ya habéis tenido vuestros bombardeos estilo conmoción y pavor, vuestras masacres de My Lai, vuestros despliegues de contraterrorismo como medios para conseguir conformidad frente a la maquinaria bélica estadounidense, vuestro catastrófico record de distribución de la riqueza (que apenas se ajusta a la definición y expectativas de una sociedad democrática). Por tanto, ¿qué hay, Sr. Obama, es que va a ofrecer todo eso en la cumbre de la APEC? Qué poquita cosa, mientras que Asia, a pesar de sus acciones personales y la planificación geopolítica de su país, se está desarrollando con Rusia, que mira ahora hacia oriente con un espíritu de progreso cooperativo.

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En cuanto al contexto, déjenme echar primero un vistazo al artículo de opinión de Nicholas Kristof en el New York Times: “A Changed China Awaits Mr. Obama” [Una China cambiada espera al Sr. Obama] (9 noviembre), Kristof, paradigma del humanitario en el periódico, que cada vez parece moverse más hacia la derecha. (“Humanitario”, como en la versión Samantha Power del humanitarismo liberal extrañamente conducente a la búsqueda del egoísmo estadounidense). Inmediatamente salta sobre China, su puñetazo a Xi es intercambiable con nuestra habitual demonización de Putin. Antes de la visita, “ya se han burlado” de Obama, afirmaba el estatal Global Times, “Ha hecho un trabajo insípido, sin ofrecer nada a sus partidarios. La sociedad de EEUU ha crecido cansada de su banalidad”. (Desearía haber dicho yo esa frase, pero el Global Times ¡me la ha pisado!). Y Kristof exclama: “¡Menuda bienvenida! El Global Times es a menudo gritón, pero ese tono refleja la forma en que el Presidente Xi Jinping está remolcando su régimen en una dirección nacionalista, firme y radical”. Como por ensalmo, nacionalista, firme y radical son términos descriptivos estándar aplicados también a Putin y Rusia, y, presumiblemente, a cualquiera que sea lo suficientemente grande como para llamar la atención si se cruza en el camino de EEUU. No hay que culpar a Kristof; está en el ADN del periodismo estadounidense actual. O estás con nosotros o contra nosotros, el etnocentrismo entretejido en la cultura política e ideológica de EEUU.

Lamentablemente, el artículo es también interesado: “Y hay algo un poco más personal: China no parece querer darme un visado”. Después recupera su aplomo, lo suficiente como para contraatacar: “Xi lleva dos años gobernando China y ha mostrado alguna inclinación por las reformas sociales y económicas. Hace dos años, pensé que Xi podría abrir las cosas un poco. ¡Chico, me equivoqué! En cambio, parece que Xi, cada vez más, puede profundizar con las reformas en algunas áreas, pero, ante todo, es un nacionalista nada sentimental que adopta una línea dura en múltiples frentes desafiando casi todo lo que Obama defiende”. (Eso no debería ser difícil de entender para cualquier persona en el continuo que va desde socialdemócratas a marxistas. Sin embargo, cuando uno se aproxima al Centrismo y después gira a la Derecha, es difícil desafiarle –y no hay razón para hacerlo así-. ¿Cuáles son esos múltiples frentes? Una postura agresiva respecto a las disputas marítimas en el Este de China y los Mares del Sur de China; represión de disidentes: Xu Zhiyong y Liu Xiaobo; y control de Internet. Uno no tiene que ser un apologista de la represión de la disidencia en China (Kristof tiene razón), pero ¿por qué ignorar lo que hay peor o igualmente malo en EEUU, como el Acta de Espionaje para perseguir a los denunciantes de Obama? Tal vez lo más grave, a juicio de Kristof, sea que China no lo está haciendo tan mal: “Xi da la impresión de ser tan arrogante y sentirse tan orgulloso de que China sea fuerte y esté progresando, que está dispuesto a meterle el dedo en el ojo a EEUU”.

Pobre Presidente de EEUU, las cartas se amontonan en su contra: “Todo esto supone un reto para Obama. EEUU no tiene muchos expertos en China en puestos importantes, y ni en Pekín ni en Washington hay muchos funcionarios que luchen para mejorar las relaciones”. Tenemos también una guerra cibernética, que no va a desaparecer. Kristof quiere que China “dé un paso adelante y juegue un papel constructivo [alaba mucho su trabajo sobre el Ébola en Liberia]… especialmente en la cuestión del cambio climático”. Pero, a fin de cuentas, parece estar listo para la confrontación: “Así pues, para aquellos de nosotros que amamos el Reino del Medio, es triste ver que con Xi se encamina hacia una línea represiva y nacionalista. Obama no puede cambiar China, pero demasiado a menudo ha comunicado debilidad en Oriente Medio y en Ucrania. En China, debería mantenerse firme”. ¿Comunicado debilidad? Aquí Kristof vuelve a la posición de partida sobre Rusia e, implícitamente, respecto al acercamiento entre Rusia y China, frente al cual Obama también debe mantenerse firme.

Peter Baker, el paradigma del sabio político del The New York Times, cuando está en vena, como parece ser el caso ahora, nos escribe un artículo “As Russia Draws Closer to China, U.S. Faces a New Challenge” [A medida que Rusia se acerca a China, EEUU se enfrenta a nuevos desafíos] (8 noviembre), que va directo al grano sobre la política de poder mostrando la preocupación de Washington sobre un posible punto de inflexión en la política mundial. Durante décadas, EEUU confió en que China y Rusia no iban a encontrar nunca terreno común suficiente para poder pergeñar un desafío colectivo ante la supremacía mundial estadounidense. Y con razón: Mao y Stalin estaban siempre enzarzados en luchas fratricidas por proclamas ideológicas rivales y una codiciada expansión territorial. Pero esa época ya pasó, no sólo por el cambio de dirigentes en ambos lados y por las trayectorias de desarrollo que contienen significativos elementos capitalistas en cada una de ellas, sino también porque EEUU, en su arrogante búsqueda de la supremacía global, ha actuado facilitando que las dos naciones se acercaran inevitablemente por la desconfianza xenófoba que EEUU siente hacia cualquier sistema social que no sea una réplica del suyo. La contención estadounidense hacia Rusia y China, de décadas de antigüedad y de hecho la piedra angular de su política exterior cristalizada en la Guerra Fría, tuvo siempre potencial para culminar en una guerra ante la que los otros dos países no podrían ser nunca indiferentes. Finalmente, el matrimonio entre el borscht y el chow mein, al igual que el cacareado matrimonio entre el hierro y el centeno de Alemania, tiene el predecible esplendor de anunciar una nueva configuración del poder en el escenario mundial.

Nada de esto aparece en el artículo de Baker (para suerte suya), excepto la preocupación estadounidense de que esa configuración se traduzca en el eclipse del poder de EEUU. De ahora en adelante, el unilateralismo global es una ideología quimérica. Sin embargo, la nación parece estar sorda como una tapia ante la realidad. Obama va a Pekín, escribe, “para renovar los esfuerzos de reorientar la política estadounidense hacia Asia”, donde Putin, “quien últimamente ha hecho tanto para que se sienta frustrado”, está también presente. Baker cita también al embajador ruso en Washington: “Vds. están pivotando hacia Asia, pero nosotros estamos ya allí”. (Debería añadirse que el giro de EEUU fue militar en sus inicios, y en gran media sigue aún siéndolo tanto en la concepción como en la práctica, mientras que el giro de Rusia es diplomático y económico, una relación fraternal en lugar de una de confrontación). Baker reconoce lo obvio, que Obama va a Asia “porque Rusia se acerca cada vez más a China”, lo que “representa un profundo desafío para EEUU y Europa”. Putin, “distanciado de Occidente a causa de Ucrania”, está en Pekín buscando “apoyo político y económico, tratando de CAMBIAR DRASTICAMENTE EL ORDEN INTERNACIONAL, fabricando una coalición que resista lo que ambos países consideran como arrogancia estadounidense”. (Las mayúsculas son mías)

Los funcionarios y los especialistas se muestran escépticos de que esa coalición sea viable, cuestión que ha motivado “un vigoroso debate en Washington”, pero otros piensan que “la administración Obama debería tomar en serio la amenaza de que Moscú esté buscando acuerdos energéticos, financieros y militares con Pekín, por orden de importancia, por ejemplo, adaptando a los ejércitos para una posición de defensa común. Kislyak, el embajador ruso en Washington, interpreta el giro como un cambio de dirección más amplio: “Estamos cada vez más interesados en nuestra región vecina en Asia. Son buenos socios para nosotros”. El reciente acuerdo sobre el gas natural entre los dos países es un anuncio de lo que está por venir en el futuro: “Es sólo el principio, y cada vez verán más y más proyectos entre nosotros y China”. Aquí, Baker tiene el buen sentido de reconocer que, desde la perspectiva estadounidense y en su política exterior, Rusia y China deben abordarse como temas interrelacionados: “El giro ruso hacia China necesita de un análisis más global que el que la Casa Blanca está haciendo con la política puesta ahora en marcha en relación con Moscú”.

Llegar a Moscú vía Pekín. No es ese el pensamiento de Baker, pero resulta evidente que sí es el de los asesores de la seguridad nacional. EEUU quiere su pastel y quiere comérselo, en oposición a lo que se llama “Putinismo… mientras sigue la búsqueda de silos de cooperación, especialmente en cuestiones como Irán, el terrorismo y la proliferación nuclear”. Necesitamos a esos tipos, pero sólo bajo las condiciones estadounidenses, la imaginería del silo –oída cada vez con mayor frecuencia en los círculos políticos- como almacén sellado por el que no circula el aire, sugiere la cuestión de la compartimentación aunque dejando intacto el statu quo/contexto global. Lo ideal para ellos sería una continuación de la Guerra Fría, aunque por invitación; apoyaríamos las causas que consideráramos apropiadas, sin hacer promesas ni manifestar deseo alguno de trabajar por unas mejores relaciones. (Del mismo modo que la política de ocupación israelí acepta una ocasional cooperación con los palestinos cuando Israel lo considera necesario pero confinando a la gente en un silo más amplio cuya situación no cambia.)

¿Y qué hay de Rusia? “Aunque no hay mucha divergencia de opinión dentro de la administración sobre cómo considerar a Putin”, escribe Baker, “se está debatiendo qué hacer”. El alcance del desacuerdo es absurdamente pequeño: compromiso frente a contención (desde luego, la última contiene un fuerte elemento del primero), aunque Baker no se da cuenta; a nivel operacional, “el problema principal es cómo la disputa alrededor de Ucrania va a definir la relación y va a afectar a otras áreas donde los dos países comparten intereses”. Pero si eso es así, si la prioridad es Ucrania, entonces el Equipo de Obama (Brennan, Rice, Power y sus homólogos del ejército) han estado cavando resueltamente en aras a la Gran Confrontación. Y ahora, “dentro de la administración, los esfuerzos de Putin para llegar a acuerdos con China se consideran un golpe a Washington”. ¿Qué otra cosa podrían ser si no? Aunque la palabra “golpe” subestima la realidad. En Washington todavía no se lo acaban de creer: la relación entre Rusia y China está “cargada de una historia complicada, desconfianza mutua y subyacente disparidad económica, todo lo cual la hace finalmente insostenible”. Alguien de dentro (como es normal, de forma anónima) ha comentado: “Se utilizarán uno a otro. Y cuando uno de ellos se canse o vea un negocio mejor [¿dónde?] se largará”. ¡Eso quisieras tú, cínico proverbial!

En realidad, algunos académicos estadounidenses encuentran potencial para un buen acuerdo. Gilbert Rozman, de Princetown, que escribió “El desafío chino-ruso ante el Orden Mundial”, afirma, “Hay muchas evidencias de que la relación está fortaleciéndose… [empezó antes de lo de Ucrania y ahora existe el] sentimiento de que no hay vuelta atrás”. Graham Allison, de Harvard, especula, sobre la relación Li-Putin: “Puede apreciarse que hay química personal entre ellos. Se gustan y pueden relacionarse bien entre sí. Hablan entre ellos con franqueza y con un nivel de cooperación que no encuentran en otros socios”. Y ahora el meollo del asunto: en mayo, en el tiempo en que EEUU y la UE imponían sus sanciones, Putin negociaba un acuerdo de tres años por valor de 400.000 millones de dólares para suministrar gas natural a China y, en octubre, el premier chino, Li Keqiang, “firmó un paquete de 38 acuerdos en Moscú, que incluía uno de canje de divisas y un tratado fiscal”. Y la pasada semana, Putin anunció que están trabajando con China en otro acuerdo sobre el gas. China es ahora el mayor socio comercial de Rusia. Sergei Rogov, del Instituto para Estudios de EEUU y Canadá de Moscú, resume para nosotros: “La campaña de sanciones económicas contra Rusia y las presiones políticas están alienando a Rusia de Occidente y empujándola hacia China. En Rusia perciben a China como sustituta de los créditos y la tecnología de Occidente”.

En honor de Baker hay que decir que también ofrece argumentos racionales sobre los aspectos negativos del acuerdo, en especial la gran desventaja económica para Rusia: “En Moscú, algunos temen que Rusia, por debilidad, se haya convertido en un socio menor de una China en ascenso. Aunque China es ahora el socio comercial más grande de Rusia, Rusia es sólo el décimo socio de China, y EEUU sigue siendo el primero. Además, las grandes compañías estatales rusas pueden hacer ofertas, pero China no puede sustituir a Europa en la mayoría de las corporaciones y bancos, porque en China no se ha desarrollo un mercado de bonos comerciales para extranjeros similar a los eurobonos”. Sin embargo, de nuevo el embajador Kislyak: “Dado que EEUU y la UE, como socios a largo plazo, están presentándoles problemas, le ha llegado el turno a China: ‘Confiamos en ellos y esperamos que China confíe en nosotros’”. Después de Pekín, tenemos también la reunión del G-20 en Brisbane, donde Obama y Putin estarán de nuevo presentes: la TPP de Obama, que excluye tanto a Rusia como a China, no se ha creado para aliviar sentimientos o engendrar respeto.

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En esta evaluación preliminar de la APEC y las futuras relaciones entre las Tres Potencias, me vuelvo al artículo de los periodistas del Washington Post David Nakamura y Steven Mufson: “Obama, Xi to meet in Beijing amid political and economic strains” [Obama y Xi se reúnen en Pekín entre tensiones políticas y económicas] (9 noviembre), en el que se muestran fríamente realistas cuando describen los previstos fuegos artificiales de la apertura: “Pero hay poco que celebrar. En los 18 meses transcurridos desde que se reunieron por vez primera Obama y Xi”, los dos países “se han enfrentado uno a otro por la seguridad asiática, las reclamaciones territoriales, el ciberespionaje económico y la oposición estadounidense a la propuesta de China de un nuevo Banco Asiático de Inversión en Infraestructura”. Esta última, sobre la que se pasa a menudo por encima, revela no sólo las presiones estadounidenses en nombre del Banco Mundial y el FMI, sino también un remedio parcial para las preocupaciones empresariales rusas sobre las instituciones financieras desarrolladas en China. Y llegan directamente a lo crucial: “Por debajo de estos problemas, yace una cuestión más importante que plantea cómo EEUU va a adaptarse a una China más próspera y abierta, y si el ascenso de China va a chocar contra EEUU y sus aliados en el Pacífico o si todas las naciones saldrán beneficiadas”.

El ajuste vía militar y expansión comercial no es ajuste, la expectativa de beneficios universales desafía el paradigma estadounidense de penetración comercial, financiera e industrial, con la que EEUU busca superar a China y a todos los que aparezcan de un modo poco realista, porque en una miríada de mercados en Asia y en todo el mundo, China ha superado ya a EEUU. Los periodistas no son excesivamente optimistas acerca de la cumbre de la APEC, señalando: “Recientemente han aparecido en los blogs y en los medios estatales toda una serie de artículos desagradables sobre las fuerzas extranjeras que han animado el ambiente político”. No obstante, ven que ambas partes se están esforzando de buena fe (por ejemplo, la administración de EEUU no apoyó abiertamente a los manifestantes de Hong Kong) y en China se han silenciado las críticas a Obama; las elecciones de medio mandato han reducido su talla política pero se considera que aún tiene cierto peso en la política exterior. Hay que evitar, dicen, los malentendidos semánticos, el uso de “pivote hacia Asia” lo han interpretado los chinos (pienso que correctamente) como una provocación de guerra, por tanto, la administración Obama tiene ahora una nueva frase, “reequilibrio” estratégico de la región. ¿Por qué no? Y la luna está hecha de queso verde.

La idea de Obama de lograr un equilibrio entre “reconciliación y firmeza” parece un galimatías de las condiciones anteriores (el mismo efecto de silo): Haz tu parte en lo del Ébola, pero no desafíes el poder estadounidense en sus diversas formas y en ningún lugar del mundo. Sí, China se muestra firme; pero al habérsele asignado un estatus de grado menor que contradice la dinámica global dominante, su propio ascenso, y el declive estadounidense, hace que la situación propicie que puedan desafiar al poder estadounidense. El año pasado por esta época, la ex Secretaria Rice, en una charla en Georgetown, dejaba claras las gradaciones de un poder aceptable, EEUU debía gestionar “una inevitable competición a la vez que debía llegar a una cooperación más profunda en las cuestiones donde nuestros intereses convergen”, i.e., China como gran recadera para mantener a raya a Irán y Corea del Norte. No es sorprendente que dos días después de esa charla, China surcara los cielos anunciando una zona de defensa aérea sobre las Islas Senkaku en el Mar Oriental de China, que notificó a Japón y Corea del Sur para que comprendieran que China tenía la plena intención de actuar en defensa de sus intereses (su audiencia real era por supuesto EEUU), a lo cual EEUU, como respuesta, envió a la zona dos B-52. La fricción entre los dos países no va a disiparse con la exhibición de fuegos artificiales de la pasada noche, pero el punto interesante, con EEUU sin duda rechinando los dientes, es el amistoso encuentro Xi-Abe, posiblemente preparado desde hace mucho tiempo en el APEC, frustrando la estrategia estadounidense de divide y vencerás entre Japón y China.

Los periodistas indican que en abril, cuando Obama visitó Tokio, a pesar de que no adoptó una posición sobre la disputada soberanía de las islas, subrayó que EEUU “iba a defender a Japón de cualquier ataque en virtud de su prolongado tratado de seguridad, siendo la primera vez que un presidente estadounidense dijo eso”. Es precisamente este pescar en aguas revueltas (perdón por el juego de palabras) el que puede hacer que la creciente influencia de China en la región pueda poner un punto final a todo eso. No obstante, intuyo que este ojo por ojo esconde otras cuestiones subyacentes. Aunque el comercio bilateral EEUU-China es de unos 562.000 millones de dólares, EEUU utiliza como prueba de buena conducta internacional la aceptación del Banco Mundial y el FMI (a fin de estructurar a su favor el comercio, las finanzas) mientras China no oculta que etiqueta a esas instituciones de “agentes de EEUU que persiguen mantener las ventajas de Occidente”. Que Obama aparezca en la APEC con la TPP en el bolsillo, que excluye a China, es pura desfachatez.

No soy un determinista económico de la vieja escuela sino que me siento intrigado por el banco propuesto y lo que pueda significar para socavar el poderío y la influencia de EEUU en la región. Nakamura-Mufson parecen haberlo captado. Escriben: “El mes pasado, China aventajó a EEUU como la mayor economía mundial pero Pekín se siente frustrado por el fracaso de EEUU a la hora de darles una voz mayor en el FMI, donde sólo cuenta con un 3,81% de la cuota de voto, menos aún que Francia”. Para un imperialista/colonialista estadounidense, Francia puede parecerle más grande y más importante que China, pero en lo que yo percibo, el APEC, al ser meramente sintomático, es, como en la frase citada con mayúsculas con anterioridad, el transformador del orden internacional en perspectiva y en la agenda histórica, exactamente lo que EEUU más teme y bien poco puede hacer para cambiar eso, a excepción de actuaciones militares extravagantes. El fin del Imperio Estadounidense: una perspectiva excitante para gran parte del resto del mundo, incluso para algunos “amigos y aliados” forzosos de EEUU. He ahí, pues, que ante tal actitud displicente (el FMI es un barómetro especialmente sensible de las valoraciones de la política estadunidense: quiénes son los chicos buenos y los chicos malos), China contraataca: “En respuesta, Pekín trata de establecer sus instituciones multilaterales propias, ante todo un nuevo banco asiático de infraestructura con sede en Pekín, financiado inicialmente por China con 50.000 millones de dólares.

Con tanto crujir de dientes espero que el siguiente paso no sea provocar deliberadamente una guerra. Se cita a un funcionario japonés diciendo (en cierto modo, la imagen especular de lo que EEUU ha logrado hacer, agudizar la rivalidad entre EEUU y China): “La idea del banco es que China ayudaría al desarrollo, pero lo que realmente quieren es que el banco proyecte una Asia organizada por China”. (Los chinos están demostrando ser estudiantes aplicados de la política estadounidense.) Las cosas se mueven rápido. “El 24 de octubre”, escriben, “China firmó un memorándum con 21 países, excluyendo a Corea del Sur, Australia e Indonesia, para establecer el banco de inversiones para infraestructuras. La Australian Financial Review informaba de que Kerry había pedido personalmente al Primer Ministro australiano Tony Abbott QUE DEJARA FUERA A AUSTRALIA”. (Las mayúsculas son mías.) Kerry, siervo obediente del poder. Los periodistas: “Pero muchos expertos dicen que la administración Obama está emprendiendo una batalla perdida”. Y citan a Wing Thye Woo de UC, Davis, quien hace esta observación de sentido común: “Para el Tesoro estadounidense ir a decirle a la gente que no haga lo va en beneficio de sus intereses es como dispararse uno mismo en el pie”. Obama haría bien en llevar suelas gruesas en Pekín.

Un punto final: Obama aterrizó en Pekín poniéndose manos a la obra respecto a su desafío inmediato, cómo abrir por la fuerza el mercado chino a las empresas estadounidenses. (Señor de la estupidez, ¿no te da vergüenza?) El TPP, al excluir a China, algo obviamente imposible según los rumores, por tanto, según el artículo de Marc Landler del New York Times “Obama Arrives in China on Trip With Complex Agenda” [Obama se va de viaje a China con una agenda compleja] (10 noviembre): “El principal objetivo comercial de Obama respecto a los chinos será un nuevo tratado bilateral de inversiones entre los dos países. Los economistas dicen que podría ser la apertura más importante del mercado chino para las empresas estadounidenses desde que China se incorporó a la Organización Mundial del Comercio en 2001”. Un acuerdo unilateral, una desfachatez a la máxima potencia. Los empresarios estadounidenses ven el tratado como una prueba de las intenciones de Xi. “Sería necesario que los chinos”, escribe Landler, “abrieran docenas de mercados sensibles, algunos de los cuales permanecen cerrados a las empresas estadounidenses o exigen socios chinos”. El Consejo Empresarial EEUU-China, puede que sea la nueva pareja de baile de Obama en caso de que se quede solo en Pekín.

Mi comentario sobre el artículo de Kristof en el New York Times, de la misma fecha, prosigue:

“Me siento decepcionado de que China invitara a Obama, sobre todo tras su ‘pivote’ de activos militares hacia el Pacífico, una indicación muy clara de que EEUU trata de contener y aislar, cuando no desmembrar, a China (precisamente la misma política que aplica a Rusia). EEUU ha adoptado una posición hostil hacia China, como animar al Primer Ministro Abe a rearmarse en contra de lo que dice la Constitución japonesa. Las maniobras conjuntas EEUU-Filipinas van también dirigidas contra China, al igual que los esfuerzos para coordinar políticas con Australia, el mismo objetivo.

EEUU busca la confrontación, convirtiendo en farsa la visita de Obama. Xi debería adoptar la misma actitud escéptica de Putin hacia EEUU, y con Putin buscando una estructura global descentralizada desaparecerá la hegemonía global unilateral de EEUU que hemos estado viendo. Obama no tiene posibilidades ni para la guerra ni para la intervención. Estoy seguro de que China se da cuenta de ello y está dispuesta a hacerle el vacío para que no alberguen la idea de considerarla como una presa fácil de la política internacional (la apertura que persigue no es más que renovar tensiones). La prueba de la visita del pasado lunes es si renunciará o no al TPP, a lo que no está dispuesto. El comercio, para Obama, no es más que una modalidad de cerco).”