Salud, alimentación y sociedad

Ya no sabemos ni lo que comemos

Insistir en que “cada uno es responsable de lo que come” es una coartada conveniente. Estamos determinados por una práctica social -la de la sociedad capitalista- que nos empuja a comer cada vez peor

Cada vez más médicos y nutricionistas repiten el mismo mantra: cuídate, come mejor, vuelve a lo básico. El mensaje es razonable, pero la pregunta incómoda sigue intacta: ¿la gente no quiere alimentarse bien o es que el sistema lo hace inviable?

Los precios hablan solos: fruta básica que parece un lujo y pescado que ya no es accesible para la mayoría. Comer saludable se ha convertido en un privilegio, mientras lo ultraprocesado —barato, omnipresente y muy rentable— ocupa cada rincón.

Los datos no dejan margen. En España, los ultraprocesados ya aportan más del 30% de las calorías de la dieta, cuando hace unas décadas rondaban el 10%. No lo dicen cuatro alarmistas: lo advierte la AESAN y lo recogen estudios publicados en The Lancet. Y detrás de esa expansión hay nombres conocidos: Nestlé, PepsiCo, Mondelez, Unilever. Monopolios que controlan lo que comemos y que obtienen beneficios millonarios de productos vinculados a obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares. Un negocio impecable: cuanto peor come la población, más crece su mercado. No sorprende que, en negociaciones comerciales, se presione incluso para rebajar estándares europeos y facilitar la entrada de productos estadounidenses con normas más laxas.

Lo inquietante es cómo esta dinámica ha deformado nuestra cultura alimentaria. Cocinar, que antes era rutina, hoy parece un lujo de tiempo. No porque la gente no quiera, sino porque el modelo laboral lo impide. Jornadas interminables, sueldos que no alcanzan, familias que apenas coinciden. En ese contexto, lo rápido gana por agotamiento. Y lo rápido casi nunca es lo mejor.

Por eso insistir en que “cada uno es responsable de lo que come” es una coartada conveniente. La responsabilidad individual existe, sí, pero está condicionada por un entorno que empuja en la dirección contraria. Un entorno donde lo barato es lo peor, lo saludable es caro y lo rentable para la industria es, precisamente, lo que deteriora la salud pública. La paradoja es obscena: lo que enferma es lo que más beneficios genera.

Al final, esto no va de contar calorías, sino de recuperar criterio y autonomía. De preguntarnos quién decide qué llega a nuestra mesa y por qué lo normal se ha vuelto comer mal. Porque mientras no reclamemos ese espacio, otros seguirán ocupándolo encantados. Y ya sabemos cómo funciona: beneficios récord para unos pocos, problemas de salud para muchos y la certeza de que comer bien, en pleno siglo XXI, se ha convertido en un lujo injustificable.