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Una masiva movilización popular cambia el signo de las elecciones

Y la marabunta salvó a Brasil

Fue la marabunta la que salvó a Brasil de las garras del fascismo trumpista. Porque no hay depredador imperialista capaz de resistir la fuerza de millones y millones de hormigas organizadas y conscientes de sus intereses.

Por si usted no ha visto «Cuando Ruge la Marabunta» (1954), aquí va una pequeña lección de zoología. Las marabuntas son hormigas guerreras, muy abundantes en las selvas tropicales de Sudamérica, especialmente en el Amazonas. Son millones y millones y millones, y cuando se desplazan en masa, no hay depredador, por poderoso que sea, que no tenga que salir huyendo.

Y esta imagen vale para explicar la hazaña histórica, la increíble y épica gesta, que han logrado las clases populares brasileñas en estas elecciones de 2026. Cuando muchos daban la batalla por perdida tras la victoria de Flàvio Bolsonaro, el candidato del depredador alfa del planeta -el hegemonismo norteamericano, que de la mano de Trump y su Dictadura Mundial ha lanzado una ofensiva sobre América Latina-, las hormigas decidieron que ya era hora de cambiar el rumbo de la historia. Y se movieron. Se movieron en masa.

Estas semanas hemos podido ver manifestaciones gargantuescas anegando la gigantesca Avenida Paulista en Sao Paulo. Desde el aire, una marabunta roja -el color de las camisetas del PT- lo llenaba todo de canciones, pancartas y banderas. Al contrario que con las turbas bolsonaristas, muchísimo menos voluminosas, no había ira, sino esperanza.

Los resultados de la primera vuelta, como una poderosa bofetada, hicieron reaccionar a Lula y a sus jefes de campaña. Al grito de «¡Bora Lula!» (Vamos Lula!), el gigantesco sistema nervioso que es la izquierda brasileña -no sólo el Partido de los Trabajadores y sus aliados de coalición, sino los sindicatos y las centrales obreras, el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra, los colectivos afrodescendientes, feministas, LGTBI, o las comunidades de indígenas y quilombolas- se tensó como un sólo organismo, consciente de la amenaza que se cernía sobre Brasil y su pueblo.

La marabunta popular se organizó en un poderoso «Ejército de Lula» cuyas redes de watsapp suman más de 10 millones de usuarios. Millones y millones de brasileños se lanzaron a la conquista de votos, con la misión de hacer votar a los indecisos o a los que no se habían decidido a hacerlo en la primera vuelta.

La avenida paulista colapsada de nuevo de seguidores de Lula, celebrando la victoria electoral

Llegó el día de las elecciones. Brasil -con 8.000 kilómetros de norte a sur- es un país de unas dimensiones que en España nos cuesta comprender. Por eso, el sistema electoral brasileño se ha dotado de unas máquinas electrónicas de votación, capaces de hacer el recuento -de manera segura y sin riesgo de manipulación- de una nación de 159 millones de votantes en apenas dos horas. Pero esas máquinas no dan para todo el país. Millones de brasileños tienen que hacer viajes de cientos de kilómetros y varias horas, cruzando -literalmente- selvas, montañas, ríos o pantanos para llegar a una de esas máquinas de votación.

Debido a estas dificultades de logística democrática, en las jornadas electorales el transporte público en Brasil está reforzado y es gratuito. Por eso, cuando el domingo de la segunda vuelta los alcaldes de filiación bolsonarista -como el de Sao Paulo y de varias localidades del nordeste- y sus responsables de transporte dieron la orden de dejar los autobuses parados en las cocheras, estaban dando la orden de impedir votar a los brasileños más pobres, justamente los que apoyan masivamente a Lula.

Frente a este boicot, que fue inmediatamente denunciado por el PT, logrando que los Tribunales alargaran dos horas la jornada electoral, la marabunta popular volvió a actuar, con imágenes que ya han dado la vuelta al mundo.

Barcos grandes y pequeños -transbordadores y barcas de pesca- cruzando el Amazonas para llevar a cientos de aldeanos, armados de banderas rojas, a votar en masa. Un ejército de taxistas improvisados poniendo coches o camionetas particulares para recoger, en viajes sucesivos, a cientos de personas abandonadas en paradas de bus, para llevarlas a los colegios electorales. Jóvenes llevando en brazos a sus abuelos inválidos a votar. Familias de camiseta roja llegando a votar en el «tiempo extra» tras el cierre oficial de los colegios, y rompiendo a llorar tras pulsar 13 en la máquina, quien sábe si por la angustia de la jornada o por que será la última vez que pueden votar por un Lula octogenario.

Fue el pueblo, fue la inmensa movilización de millones de personas, negándose a que otros escriban el destino por ellos. Negándose a que su país vuelva a estar secuestrado por los sicarios y los milicianos de la Casa Blanca.

Fue la marabunta la que salvó a Brasil de las garras del fascismo trumpista. Porque no hay depredador imperialista capaz de resistir la fuerza de millones y millones de hormigas organizadas y conscientes de sus intereses.