1981. Estamos en plena transición. Se estrena “Función de noche”. Una mujer tras la cámara, la directora Josefina Molina. Otra delante, la actriz Lola Herrera. Una obra que es a la vez ficción y documental, un ejemplo de “autoficción” cuando nadie utilizaba esa palabra. Y, sobre todo, una visión a contracorriente sobre el matrimonio. Revolucionaria porque se hacía, por primera vez, desde la perspectiva de la mujer. Lola Herrera, ante su ex marido, el también actor Daniel Dicenta, hablando abiertamente de la insatisfacción sexual de la mujer, o de la losa de las imposiciones patriarcales.
Esta película, inclasificable y rompedora, define el cine de Josefina Molina.
El otro hito es la serie de televisión “Teresa de Jesús”, una nueva visión que, frente a la visión falsa y estereotipada del tradicionalismo, nos presenta a una mujer fascinante, incómoda para el poder, perseguida por la Inquisición. Muchos siguieron ese camino, pero Josefina Molina fue la primera en abrirlo. Mirando de frente a una Teresa de Ávila que se atrevió, en pleno siglo XVI, a jugar un papel vedado a la mujer, y que hace casi cinco siglos, ya desconfiaba de una justicia patriarcal y machista, señalando con el dedo a “los jueces del mundo, que como son hijos de Adán y, en fin, todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa”.
Hoy toda una generación de directoras revoluciona nuestro cine, ofreciéndonos un prisma inagotable de nuevas miradas. Pero hubo pioneras. Tuvo que existir quien se atreviera a quebrar los límites impuestos. Josefina Molina, junto a otras directoras como Pilar Miró o Cecilia Bartomé, lo hizo, en el momento mas difícil, en pleno franquismo.
Fue la primera mujer en graduarse en dirección en la Escuela Oficial de Cine. Sus profesores criticaron sus primeros cortos, protagonizados por mujeres fuertes y complejas que desafiaban los estereotipos patriarcales. Fue la primera realizadora en obtener el Premio Nacional de Cinematografía. La primera cineasta en ser admitida en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. También la primera directora en recibir un Goya de Honor. Muchas primeras veces. Todas protagonizadas por Josefina Molina.
La directora cordobesa se rebela contra un mundo que nos obliga a mirar con un solo ojo, el masculino: “para ver el mundo con relieve tienes que tener dos ojos y la Humanidad lleva demasiado tiempo tuerta”.
Por eso dedicó su obra, en sus propias palabras, a “usar el conflicto para hablar de la mujer”. Por eso nos recuerda que “en mis películas siempre hay un personaje femenino que lucha contra la opresión”.
Y, más allá de sus películas, contribuyó como una de las fundadoras a la creación de CIMA, la Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales.
Un feminismo, el de Josefina Molina, revolucionario, que aspira a trastocarlo todo, a volver la realidad del revés: “La lucha de las mujeres no es un simple mimetismo, lo que pretendemos es una acción transformadora del mundo. La revolución de las mujeres no es una frase o un deseo, sino algo que está en marcha y es irreversible. Por mucho que tardemos”.
Ahora que nos ha dejado es necesario recordar que Josefina Molina es una autora imprescindible de nuestro cine, de nuestra cultura.
Comenzó su carrera con atrevimientos impensables, como el de adaptar para televisión, en plena dictadura, una obra tan hondamente revolucionaria como “La metamorfosis” de Kafka. Levantó “Esquilache”, la crónica de un alto dirigente barrido por una revuelta popular, que acaparó hasta 12 nominaciones a los Goya. Impulsó en el teatro montajes emblemáticos como la versión de “Cinco horas con Mario”, la obra de Delibes donde Lola Herrera llena toda la escena. Empuñó la pluma para convertirse en escritora, con títulos como “Cuestión de azar”, “Los papeles de Bécquer”, o un nuevo salto hacia el universo subversivo de Santa Terera con “En el umbral de la hoguera”.
Amó hacer películas con una pasión que le llevó a declarar: “si no me hubiera dedicado al cine, hoy me encontraría en medio del vacío”.
Una referencia del teatro como José Carlos Plaza se rindió ante su “rigor volcánico y profundo”. Y nos dejó la mejor definición de Josefina Molina: “ha ido y va a contracorriente”.
