Incluso para la pirotecnia verbal a la que nos tiene acostumbrados Donald Trump, las amenazas que ha vertido los últimos días -cuando se agota el ultimátum dado por la Casa Blanca al régimen de los ayatolás- suenan demasiado histriónicas. Y dejan entrever que aunque es Irán y su población civil los que están sufriendo todo el devastador poder de destrucción de la superpotencia… las cosas no andan bien -nada bien- para Washington en una escalada militar que ha incendiado todo Oriente Medio y ha sacudido hasta los cimientos a la economía global.
“El martes será el Día de las Centrales de Energía y el Día de los Puentes, todo en uno, en Irán. ¡No habrá nada igual!!! Abrid el puto Estrecho, locos bastardos, o viviréis en el Infierno — ¡SOLO MIRADLO! Alabado sea Alá”. Estas son las histéricas y furiosas declaraciones de Trump en su cuenta de Truth Social.
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El olor a fracaso
A lo largo de toda su carrera, Donald Trump se ha jactado siempre de ser un experto negociador. En su libro, titulado «The Art of the Deal», el magnate inmobiliario y ahora presidente de EEUU desvela sus secretos en las tiras y aflojas de los negocios, incluido el uso de la intimidación ante el adversario. Pero ahora el republicano está haciendo exactamente lo que él mismo advierte que el peor error posible en una mesa de negociaciones: presentarte «oliendo a necesidad».
En el plano militar convencional, no hay duda de quien tiene una abrumadora superioridad. Cuando la ofensiva belicista de EEUU e Israel ya entra en su quinta semana, los ataques aéreos de EEUU han golpeado duramente a Irán, alcanzando más de 20.000 objetivos, acabando con buena parte de la cúpula de poder de los ayatolás, destruyendo importantes bases militares iraníes, aniquilando casi por completo la aviación o la marina de guerra de la República Islámica.
Pero por duros que parezcan los golpes, Irán ya se había preparado durante décadas para una agresión de este tipo, desarrollando unas capacidades militares descentralizadas y preparadas para una guerra asimétrica, así como para una escalada horizontal del conflicto. Y lo que ha hecho es aplicar al pie de la letra esta doctrina militar, atacando -además de a Israel- todo tipo de bases e intereses norteamericanos en la zona con drones y misiles comparativamente mucho más baratos que los sofisticadísimos y carísimos sistemas anti-aire de EEUU e Israel, desfondando a sus agresores.
Pero sobre todo, Irán ha contraatacado demostrando su capacidad para cerrar a conveniencia el Estrecho de Ormuz, por donde circula el 20% del petróleo mundial, algo que ha provocado una escalada sin precedentes de los precios del combustible y de otros muchos derivados (fertilizantes y otros productos químicos) de gran importancia en la cadena de suministros globales.
Ni ha derribado el régimen de los ayatolás, que se hallaba en un momento de gran debilidad -al contrario, los bombardeos de las ciudades y objetivos civiles como escuelas y hospitales han hecho que gran parte de la población cierre filas ante los agresores imperialistas- ni han doblegado militarmente a Irán. Y mientras tanto, la escalada belicista de Washington y Tel Aviv se enfrenta a una creciente y masiva oposición mundial, tanto a nivel de masas -incluyendo grandes movilizaciones contra Trump en EEUU o importantes protestas contra la guerra en Tel Aviv- como de gobiernos, con los europeos de la OTAN rehusando acompañar a EEUU al Estrecho de Ormuz.
Todo ello se ha ido revelando semana a semana, desatando un discurso visiblemente frustrado y unas acciones cada vez más erráticas en la Casa Blanca. Y así llegamos a las declaraciones del sábado 5 de abril, con declaraciones que suenan tan agresivas como desesperadas: “Abrid el puto Estrecho, locos bastardos, o viviréis en el Infierno — ¡SOLO MIRADLO! Alabado sea Alá.”
No es la única muestra de nerviosismo: «Vamos a golpear y obliterar sus plantas de energía»; «lo volaremos todo y tomaremos su petróleo»; «vamos a devolver a Irán a la Edad de Piedra»; «todo o el infierno caerá sobre ellos si no abren el estrecho en 48 horas». Todas ellas son amenazas explícitas sobre atacar plantas eléctricas, puentes, pozos de petróleo, y posiblemente plantas desalinizadoras o la isla de Kharg. Todos ellos, por cierto, objetivos civiles, y cuyo ataque constituye un claro crimen de guerra.
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Otras muestras del atolladero
Pero hay más signos que nos muestran que la superpotencia se ha metido en un verdadero atolladero, en una trampa de la que va a ser muy difícil no ya salir victorioso, sino meramente indemne.
A pesar de que EEUU lleva semanas afirmando que ha destruido los sistemas antiaéreos de Irán, el viernes 3 de abril la noticia del derribo de un F-15 de la US Air Force con dos tripulantes a bordo, y de un A-10 Warthog, con otro piloto, negaba la mayor.
Dos de los dos pilotos fueron rescatado el mismo día, y para la extracción del tercero -un coronel altamente condecorado- de una zona montañosa fue necesaria una operación masiva que involucró a docenas de aviones, helicópteros y fuerzas especiales
A pesar del éxito de la operación de rescate, este incidente ha puesto encima de la mesa que cualquier baja norteamericana en esta ofensiva tendría un precio político muy alto para una guerra que es rechazada por una amplia mayoría de la opinión pública estadounidense. Un extremo que podría multiplicarse si finalmente tiene lugar algún tipo de operación terrestre para apoderarse de la isla de Kharg o de otro enclave cercano al Estrecho de Ormuz, metiendo a marines norteamericanos en una posición muy difícil de defender.
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Descabezar al Pentágono… ¿en medio de una guerra?
En medio de una guerra cuyo resultado se antoja decisivo, no parece el mejor momento para cesar a más de una docena de altos y experimentadísimos mandos militares de todos los cuerpos del Ejército de los Estados Unidos.
Pues esto es lo que ha hecho -por órdenes directas del presidente Trump, el Secretario de Guerra, Pete Hegseth. Hasta doce militares de alta graduación han sido depurados del Alto Mando del Pentágono en medio de las operaciones contra Irán. Entre ellos está Jefe del Estado Mayor del Ejército, Randy A. George, general de 4 estrellas, con un larguísimo historial y experiencia en Irak y Afganistán.
El motivo no es ningún secreto. Todos los militares defenestrados han mostrado en público sus críticas a una ofensiva que -claramente- está llevando a EEUU a un barranco táctico y estratégico.
Todas estas son señales que indican de manera insistente y consistente que -a pesar de su abrumadora superioridad militar- la superpotencia norteamericana está «pinchando» en su brutal ofensiva en Oriente Medio. No sólo no ha conseguido doblegar a Irán ni conducir al régimen de los ayatolás al colapso, sino que ha dañado gravemente el sistema de alianzas de EEUU en la región y en el mundo.
Estos es lo que explica la creciente agresividad y el visible nerviosismo y frustración de la administración Trump.
