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Subversión a través del suspense

Cuando, a principios de los sesenta, una generación de crí­ticos franceses -Truffaut, Rohmer o Chabrol, que luego se convertirán en extraordinarios cineastas- se empeñaron en reivindicar a Hitchcock como uno de los más grandes autores del séptimo arte, tuvieron que enfrentarse al desdén de la crí­tica norteamericana: «¿Por qué los crí­ticos de Cahiers de Cinéma toman en serio a Hitchcock? Es rico, tiene éxito, pero sus pelí­culas carecen de sustancia.»

El Espacio Fundación Telefónica

Hasta el 5 de febrero de 2017

Las películas de Hitchcock funcionan a múltiples niveles. Pueden verse como un entretenido divertimento de intriga y suspense. Pero debajo de esa capa superficial, el director inglés dispara capas de profundidad, pasa de contrabando un cargamento de subversión difícil de digerir para las mentes de orden. Por eso el reconocimiento de Hitchcock entre los grandes del cine -nunca recibió un oscar ni recogió jamás un premio en Cannes, Venecia o Berlín- tuvo que abrirse paso a contracorriente.

“Mi amor al cine es más fuerte que cualquier moral”. Esta declaración de Hitchcock constituye una guía para desentrañar la sustancia de su obra.

El director inglés sabe manejar como nadie las reglas del suspense, conectar de forma instantánea con el público, mantener su atención desde el primer hasta el último fotograma.

El “MacGuffin” ejemplifica mejor que ninguna otra cosa esa habilidad con la que Hitchcock nos atrapa, como un experto prestidigitador. El “MacGuffin” no es nada, es un cebo argumental expuesto para atraer la atención del espectador, pero que no conduce a nada, no revela nada, no contiene nada en su interior. A través del “MacGuffin”, Hitchcock nos coge de las solapas para no soltarnos hasta el final de la película, desvía nuestra atención hacía un señuelo, rebaja nuestras defensas de resabiados espectadores para sorprendernos y zarandearnos con la auténtica intriga.

Pero estos no son en Hitchcock trucos gratuitos para engañar al público, sino un envoltorio necesario para colar de matute las ideas que verdaderamente interesan y obsesionan al director.

Debajo del suspense y la intriga, Hitchcock nos obliga a sumergirnos en los abismos y contradicciones más candentes.

Su particular obsesión, revisitada en múltiples películas -desde “Falso culpable” o “Con la muerte en los talones”- hacia las vicisitudes de un hombre inocente injustamente acusado nos remite a la pesadilla kafkiana del individuo sometido a un poder omnipresente, convertido como Gregorio Samsa en “La metamorfosis” en un simple insecto.

El horizonte abierto por Freud con el psicoanálisis es utilizado por Hitchcock -como también lo hicieron los surrealistas- para adentrarse – en “Recuerda”, “Vértigo” o “Marnie la ladrona”- en las profundidades del alma humana, enfrentando aquellas contradicciones ante las que otros retroceden aterrados.

Hitchcock desplegará su genio en un abanico de obras maestras. Desde el terror psicológico de “Rebeca”, donde se logra el imposible de convertir en protagonista a un personaje muerto y que jamás aparece en la pantalla, hasta el asfixiante realismo de “Falso culpable”, desde esa pequeña joya de humor negro que es “¿Pero quién mató a Harry?, hasta el ácido sulfúrico inyectado en la relación entre Sean Connery y Tippi Hedren en “Marnie la ladrona”.

Todo servido a través de uno de los lenguajes visuales más poderosos. Hitchcock bebió de las fuentes primigenias del cine: aprendió en las sucursales inglesas de las productoras norteamericanas, se familiarizó con el expresionismo durante sus rodajes en Alemania, donde entabló amistad con Murnau, y estudió concienzudamente la escuela de montaje soviética. Aspiraba a narrar en imágenes, lo que constituye la esencia del cine, recurriendo al diálogo sólo cuando este fuera estrictamente necesario. En Hitchcock las imágenes, la forma, habla por sí misma, nos dice muchas más cosas que las palabras. Cada mirada, cada gesto, cada ángulo de la cámara, cada encadenación de planos, está concebida para transmitir algo sustancial. No existen pausas, no hay escenas intrascendentes, cada una de ellas es importante e insustituible.

Hitchcock es todavía hoy un iceberg del que apenas ha asomado a la superficie una ínfima porción.