La mayor masacre en Europa tras la Segunda Guerra Mundial

Srebrenica: 25 años de un genocidio

El 11 de julio de 1995 las tropas serbias bajo el mando del general Ratko Mladić perpetraron la peor masacre en suelo europeo tras la II Guerra Mundial. Más de 8.000 bosnios -incluyendo niños y mujeres, adolescentes y ancianos- fueron brutalmente asesinados en una limpieza étnica que fue llevada a cabo delante de los cascos azules holandeses.

Veinticinco años después, la palabra «genocidio» para hablar de Srebrenica sigue agriando las relaciones entre las comunidades bosnia y serbia en la República de Bosnia-Herzegovina. Los negacionistas hablan de «mito», pero los testimonios de supervivientes de la masacre son espeluznantes, tal y como se recoge en informes realizados por Médicos Sin Fronteras y otras ONG presentes en la zona. Las llamadas “Madres de Srebrenica” hablan de 8.373 víctimas y 8.106 desaparecidos y siguen sacando restos humanos de las fosas comunes. El ascua de la violencia étnica, lejos de apagarse y dar paso a la reconciliación, sigue ardiendo.

Los responsables directos de este crimen contra la humanidad, el general Ratko Mladić y Radovan Karadžić (presidente de la República Srpska entre 1992 y 1996) fueron apresados (en 2010 y 2008), juzgados y condenados a cadena perpetua. Hasta ahora se han juzgado 191 casos relacionados con la matanza y dictado 90 condenas.

Pero el genocidio de Srebrenica, en palabras del propio exsecretario general de la ONU Kofi Annan, perseguirá siempre con vergüenza la historia de los cascos azules, y muy en especial la reputación del ejército holandés. La ciudad, asediada por las fuerzas serbias, y donde se refugiaban en condiciones extremadamente difíciles más de 60.000 civiles en el momento del ataque, había sido declarada “área segura” por la ONU, y en ella se encontraba una base de cascos azules con 400 soldados holandeses.

Aprovechando la disminución de las tropas neerlandesas por las vacaciones, el general Ratko Mladić lanzó una ofensiva contra la aterrorizada población de Srebrenica. Ni la comunidad internacional ni la OTAN tomaron cartas en el asunto. El teniente coronel de los cascos azules, ante las amenazas de Ratko Mladić, aceptó todas las exigencias serbias, permitiendo incluso que lo fotografiaran bebiendo aguardiente con los serbios. 

Mladić también visitó el campamento de los 25.000 refugiados bosnios, donde -ante las cámaras y repartiendo caramelos a los niños- les tranquilizó y les dijo que iban a ser trasladados en autobuses hacia zonas seguras.

Horas después, las tropas serbias separaron a los varones que no habían huido (unos 1.700) y los ejecutaron. Luego, para consumar la limpieza étnica de la ciudad e incorporar el enclave al territorio serbio, las tropas de Mladić masacraron a miles de mujeres, niños, adolescentes y ancianos y esparcieron los cadáveres en numerosas fosas comunes para que fueran más difíciles de localizar y de identificar. Todavía hoy no ha sido posible dar nombre a todas las víctimas. 

Lo abyecto del genocidio y la ignominiosa inacción de los cascos azules de Srebrenica fue tan escandalosa que costó la dimisión, poco después, de todo el ejecutivo neerlandés.