Daniel Calparsoro dirige 'Salvador'

Salvador: un homenaje a los que nos cuidan

La serie de Daniel Calparsoro es un homenaje extraordinario a quienes nos cuidan y velan por nuestra salud, a quienes lo dan todo por salvar una vida. Entrevistamos al director, muy amigo de esta casa.

Lo mejor de esta crítica es que no se puede entender hasta que no se vean los ocho capítulos de la serie que en Netflix ha estrenado Daniel Calparsoro. Y no es que el director, muy amigo de esta casa, nos haya convencido de que hagamos campaña por su nueva obra, es que es una producción extraordinaria en la que actúa una especie de genial McGuffin. Este es un elemento de suspense que impulsa la trama y motiva a los personajes, pero que carece de importancia real por sí mismo. Fue acuñado por Alfred Hitchcock y es una excusa argumental que justifica las acciones sin ser el foco central de la historia, que no se desvela en toda su crudeza hasta el final.

Salvador confirma, por otra parte, algo que ya sabíamos pero que conviene recordar: cuando el thriller político español decide abandonar la complacencia y abrazar el vértigo, puede plantar cara sin complejos a las grandes producciones internacionales. Todas las pulsiones que recorren las mejores películas de Calparsoro están presentes en esta serie de ocho entregas que mantiene al espectador enganchado de principio a fin.

Desde sus primeras películas, como Salto al vacío o Asfalto, Calparsoro ha demostrado una sensibilidad particular para enfocar la cámara hacia la marginalidad, la furia juvenil y las tensiones sociales que hierven bajo la superficie de nuestro país. Con títulos como Cien años de perdón, afinó su pulso para un tipo de thriller más clásico, pero con un estilo nuevo y propio. En Salvador, combina esas dos vertientes que confluyen, utilizando el nervio crudo de sus inicios y la maquinaria de suspense de su etapa posterior.

La serie se articula en torno a un médico que fue suspendido por ser alcohólico y ludópata y que ahora ejerce de conductor de ambulancias, acompañado por un equipo de profesionales que se encuentran en una base que llega a convertirse en su propia casa. Hay de todo, y todo el mundo puede empatizar con cualquiera de los personajes que visten el chaleco rojo, pero no de entrada. Te vas dando cuenta poco a poco.

Calparsoro apuesta por un relato de conspiraciones, traiciones y zonas grises donde la moral no es un territorio estable, sino un campo minado que sirve de escenario para el despiste porque, en realidad, hay un principio rector escondido en el mismo nombre de la serie que no da la cara hasta el final, incluso cuando parece que no hay nadie que se salve y que la corrupción lo inunda todo.

Puede plantar cara sin complejos a las grandes producciones internacionales

La cámara se adapta al ritmo del día a día con planos cerrados, movimientos bruscos y una fotografía que privilegia los tonos fríos, construyendo una atmósfera asfixiante en la que, aunque no lo parezca, los chalecos rojos son como una luz en la oscuridad.

El uso técnico de los espacios es extraordinario porque está ahí, pero empasta con el conjunto. Las ciudades no son simples escenarios, sino organismos vivos que condicionan las decisiones de los personajes. Hay en la puesta en escena una voluntad casi física de transmitir peligro: persecuciones filmadas con un realismo sucio, interiores opresivos, despachos donde la palabra pesa tanto como la amenaza explícita.

Hay algunos giros narrativos que pueden parecer diseñados más para el impacto inmediato que para la coherencia interna del relato, pero hay que llegar al final de la serie para comprender que hay cosas que son secundarias, accesorias, y que no cuidar algunos detalles hubiera restado protagonismo a lo esencial. Ahí está lo más depurado del despiste argumental.

Es cierto que el universo que rodea a Salvador es de una gran complejidad (si no, ¿para qué, verdad?), pero no se dispone del tiempo necesario para desarrollarlo, ni es necesario. Se echará en falta solo durante un par de capítulos. He leído que hay quien considera el retrato del poder superficial y una oportunidad perdida. No estoy de acuerdo. A mí la decepción me duró los últimos 20 minutos de un capítulo. Al siguiente, empiezas a sospechar que Calparsoro te la ha jugado, que se guarda un as en la manga y que, en realidad, tiene cinco ases.

El director se la juega con la actualidad y las tensiones políticas actuales sin caer en el panfleto e incluso se la juega, como ya he visto en alguna entrevista, a que le señalen por provocar la empatía con personajes detestables. Nada que ver.

Salvador confirma la extraordinaria inteligencia de Daniel Calparsoro, acompañada de un trabajo cum laude de todo el elenco, desde Luis Tosar a Leonor Watling, Claudia Salas, Patricia Vico o Fariba Seikhan, que firma junto a Tosar una de las mejores escenas finales que he visto en una serie en muchísimo tiempo.

«Ah, que no era una conspiración, era un homenaje»

Si en el cine la intensidad puede sostenerse durante dos horas, en televisión exige una arquitectura distinta. Aquí, los episodios se articulan como unidades de tensión autónomas que, al mismo tiempo, alimentan un arco mayor en el que se va tejiendo la verdad sin que el espectador pueda más que intuirla, lo que hace mucho más sorprendente y verdadero el final. «Ah, que no era una conspiración, era un homenaje».

En parte, su identidad está también en la desmesura, atreviéndose a retratar personajes nada fáciles de dibujar. El director apuesta por el riesgo, por la intensidad y por una mirada incómoda sobre el poder en la que el relato es secundario (pese a lo que dicen algunos de los personajes); lo importante es la verdad que se cuenta. Y lo hace de una manera contundente y honesta.

¡Qué bueno, Calparsoro!

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Todo para salvar vidas

Daniel Calparsoro sabe contar historias como nadie, transformando la historia en un proceso que tiene vida propia más allá de sus intenciones como creador

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¿Es la serie un homenaje a la gente que salva vidas?

Sí, bueno, eso está en la base de todo el proyecto. Hoy en día, desde luego, yo creo que es el único grupo que prácticamente no tiene tacha, que no tiene mancha de ningún tipo y que además se juega la piel para salvar a los demás. Me parece que sí, que has acertado de lleno: eso está en la raíz de todo el proyecto y de toda la historia. Se trata de homenajear a los sanitarios, de ver las dificultades con las que trabajan y de entender lo importantes que son. Vemos muchas ambulancias en las grandes ciudades, aquí en Madrid por ejemplo, y muchas veces es algo casi anónimo, algo que forma parte del paisaje urbano. Pero en realidad, dentro de esas ambulancias hay gente que está todo el rato intentando salvar vidas.

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Cuando dices que está en la base, entiendo que no es algo que se fue dando una vez iniciado el proyecto, sino que era el punto de partida.

Exacto. El objetivo inicial, cuando me lo propone Aitor Gabilondo, es precisamente ese. Por eso la serie se llama Salvador: se trata de seguir a un sanitario en su día a día. A partir de ahí, claro, se van incorporando distintos elementos narrativos.

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Es una producción capaz de sostener el pulso a producciones internacionales, y que demuestra que nuestras series pueden competir dentro de un mercado internacional muy potente.

Eso siempre es complicado, pero en nuestro caso no partíamos de la idea de hacer algo gigantesco solo por competir

Queríamos homenajear a quienes se juegan la vida salvando otras”

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¿Te planteaste el proyecto como un reto de gran producción, con acción y espectacularidad, o simplemente buscaste los elementos necesarios para contar la historia?

En realidad lo que buscamos fueron los elementos que necesitábamos para contar la historia. Siempre se concibió como una producción potente, eso es verdad, pero intentamos ceñirnos a lo que nos interesaba narrativamente. También tratamos de combinar el realismo con cierto espectáculo visual, con la espectacularidad de algunas imágenes, pero sin alejarnos nunca de ese realismo.

Ha sido un poco una mezcla de esas dos cosas. Tampoco queríamos hacer algo gigantesco. Sí es verdad que hay algunas secuencias muy potentes, sobre todo al principio, pero en realidad es una serie muy pegada al suelo, muy cercana a los personajes.

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¿Por qué elegir como protagonista a un hombre moralmente hundido, alcohólico, ludópata?

Bueno, eso ya viene de antes de que yo entrara en el proyecto. Cuando llego, ese planteamiento ya estaba ahí y luego lo fuimos desarrollando más. En el fondo es una historia de redención. Pero no solo de redención: también es una historia de búsqueda de uno mismo y de cuestionar los propios valores.

De ahí viene todo el tema de la ultraderecha y la forma en la que el personaje se enfrenta a ello. Hay una frase en la serie que dice la inspectora Martín cuando le pregunta a Salvador cómo ha acabado una chica en esa situación. Ella responde algo así como: “Muy fácil, cuando sus padres dejaron de estar ahí, ellos estaban (en referencia a los ultras)”. Y eso conecta con lo que le ha pasado a él.

La gente más débil, la gente que está más sola o más abandonada, muchas veces acaba dejándose influir porque necesita un sentimiento de pertenencia. Salvador, en cierto modo, ha hecho eso con su hija y con su mujer: las ha dejado atrás, se ha alcoholizado, ha perdido el rumbo. El resultado es ese desastre personal.

Eso nos parecía interesante porque tocaba varios temas a la vez. Por un lado está la redención de Salvador; por otro, la cuestión del sentimiento de pertenencia; y también su viaje ético y moral. Él está completamente solo, lleno de culpa, y atraviesa un momento en el que casi cae en las garras ideológicas de esta gente.

Además, no queríamos hacer solo un homenaje a los sanitarios. También queríamos hablar de una situación actual en Madrid —y en muchos otros lugares del mundo— que es el auge de la ultraderecha. Nos interesaba mostrar cómo funcionan estos grupos, cómo captan a la gente, cómo no se trata simplemente de chavales o chavalas medio locos, sino de movimientos organizados que están apoyados desde arriba por gente poderosa. Movimientos que, de alguna manera, están ahí para incitar al odio, para generar caos y controversia. Es algo que ocurre aquí y también en otros países.

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¿Por qué trabajar desde esa incomodidad moral de ver transformarse a personajes que son fascistas?

Porque queríamos huir de algo que fuera blanco o negro. El personaje tiene una posición muy clara —o cree que la tiene—, pero también tiene dudas, incomprensión. Y eso es importante, porque ese es precisamente el mecanismo que utilizan estos grupos.

Luego, obviamente, la gente que está posicionada en ese lugar dice que la serie es una mierda o que no sé qué, que no sé cuántos… Pero probablemente muchos ni la han visto entera. A lo mejor han visto el primer episodio y ya está. Y claro, aparecen figuras como Isabel Peralta o Dani Desokupa y se genera ruido.

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¿Y las críticas que dicen que la serie blanquea a estos grupos porque presenta a personajes con los que el espectador empatiza?

Bueno, yo creo que quien dice eso está un poco fuera de onda. Una cosa eran los skins, otra los ultras del fútbol y otra muy distinta lo que está pasando hoy. Bastión Frontal, Núcleo Nacional… son fenómenos diferentes. Si alguien no distingue eso, quizá es que está un poco anticuado.

Es una historia de redención y de cómo buscan atraparte”

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¿Cómo ha sido el trabajo de documentación?

Ha sido un proceso trabajoso, arduo y largo. Pero desde el principio quisimos hacer una serie con una carga emocional fuerte, que tocara un tema que nos parece muy interesante y muy presente en la actualidad. Todo eso lo hemos integrado dentro de un espectáculo: al final es una ficción pensada para entretener y para llegar al mayor número posible de personas. Y en España, de hecho, está funcionando muy bien.

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En lo técnico, da la sensación de que combinas dos vertientes de tu filmografía: la más oscura y la más ligada a la acción

Sí, eso es algo buscado. Queríamos que esas dos atmósferas convivieran. Forma parte del trabajo: combinar la parte más oscura, más dramática, con momentos de acción más trepidantes.

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Hay un capítulo en el que aparece la conspiración y el papel de los poderosos que cambia completamente la percepción de la historia. ¿Buscabas despistar al espectador?

Sinceramente, no. No lo hicimos de forma consciente. Pero sé perfectamente que ocurre: la historia parece ir hacia un lado y de repente pega un quiebro. Eso surgió en el propio proceso narrativo.

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¿Te esperabas tanta polémica en torno al tema de la ultraderecha en la serie?

No esperábamos que cogiera tanta fuerza, sinceramente. Pero lo del supuesto blanqueamiento es algo que, para mí, no tiene sentido. No se blanquea nada. Lo que ocurre es que el protagonista atraviesa una crisis personal muy fuerte, un momento de fragilidad enorme. Y aprovechamos esa fragilidad para mostrar, desde nuestro punto de vista, cómo funcionan estos grupos.

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Hay escenas muy intensas, como la de Luis Tosar con Fariba Sheikhan en la ambulancia, que es de lo mejor que yo he visto en series. ¿Cómo se construyen momentos así?

Ten en cuenta que en una serie el proceso es muy largo. En este caso fueron 16 semanas de rodaje. Llega un momento en que los actores están muy metidos en el personaje, lo conocen mejor que nadie.

Cuando el guionista da con la clave y el director también está completamente dentro de la historia, las cosas empiezan a surgir de forma natural. A veces salen bien y a veces salen mal, pero en este caso yo creo que salió bien.