¿Acercamiento de EEUU a Venezuela?

Petróleo a cambio de sanciones

La superpotencia va a seguir lanzando injerencias e intervenciones contra el gobierno venezolano. Pero la invasión de Ucrania ha sacudido el tablero global. EEUU ha de atender ahora a imperativos estratégicos mucho más importantes y eso ha reordenado sus prioridades.

La invasión rusa de Ucrania no sólo supone un estallido que pone en peligro la paz en Europa y en el mundo, sino que es un terremoto en el plano de las relaciones internacionales, produciendo acercamientos y reordenamientos de prioridades hasta hace poco impensables. Uno de ellos es la posibilidad de que EEUU, que acaba de vetar el petróleo y el gas rusos, busque en los yacimientos de Venezuela una alternativa, abriendo así el camino a una distensión entre Washington y el gobierno bolivariano.

Las vueltas que da la vida. «Respetuosa, cordial, muy diplomática. Ahí estaban las banderas de EEUU y de Venezuela, se veían bonitas. Unidas, como deben estar». Así describía el presidente venezolano, Nicolás Maduro, la reunión que él y su equipo mantuvieron con una delegación norteamericana, para explorar la posibilidad de que Venezuela pueda volver a vender petróleo y gas a EEUU.

Es la primera reunión de alto nivel desde que ambos países rompieron relaciones diplomáticas en 2019, después de que la administración Trump reconociera como presidente al «autoproclamado» Juan Guaidó, desconociendo así la legitimidad del gobierno de Maduro, y presionara a todos sus aliados internacionales a hacer lo propio, cosa que hizo la Unión Europea. Preguntado, nada más tomar posesión del cargo hace un año, por si iban a a normalizar relaciones con Venezuela, la administración Biden dijo que no preveía contacto alguno con Maduro.

Pero la coyuntura internacional ha dado un vuelco con la invasión de Ucrania. EEUU ha vetado los hidrocarburos rusos. No depende en gran medida de ellos, como sí ocurre con Europa, pero la economía norteamericana también sufre de una escalada inflacionista que la Casa Blanca busca remediar a toda costa. Así que ha puesto encima de la mesa de Maduro una posible reducción de las sanciones a Venezuela que permitiría a este país, entre otras cosas, producir más petróleo y venderlo en el mercado internacional, algo que no sólo aliviaría a la economía norteamericana, sino que ofrecería una alternativa más a una Europa muy dependiente de los hidrocarburos rusos. También la UE se ha mostrado dispuesta a revisar al alza sus relaciones con Caracas a raíz del nuevo entorno político generado por la invasión rusa de Ucrania.

Venezuela se deja sondear, pero para que se normalicen las relaciones y el comercio de hidrocarburos, las autoridades bolivarianas han puesto dos condiciones básicas. Una, la eliminación total de las sanciones, y dos, el reconocimiento del gobierno de Maduro como el legítimo ejecutivo de Venezuela. Dos cosas que Biden de momento se niega a aceptar, y que han levantado la frontal oposición del Partido Republicano, pero también de importantes miembros del establishment demócrata, como el senador Bob Menéndez, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado.

El país sudamericano vendía poco más de medio millón de barriles a EEUU, que era su principal cliente, hasta que en 2019 se endurecieron las represalias económicas. El petróleo venezolano no es -de momento- suficiente para suplir la cantidad de crudo que Rusia arroja al mercado mundial. Actualmente, produce unos 700.000 barriles de crudo diarios, muy lejos de los 5 millones de los rusos, el tercer productor mundial. Pero si se eliminan las sanciones y vuelven las inversiones -incluso de compañías norteamericanas como Chevron, que ya se han mostrado interesadas en la explotación de los yacimientos venezolanos- la obsoleta tecnología de extracción podría mejorar y aumentarse cualitativamente la producción. “PDVSA está preparada, una vez recuperada a un nivel básico, para producir y crecer uno, dos y tres millones diarios de barriles de petróleo, si hiciera falta, y estabilizar el mercado petrolero y gasífero”, ha dicho Maduro.

Ante la guerra de Ucrania, el gobierno venezolano ha ido moderado su postura inicial. En los primeros días de la invasión, Maduro reprodujo todas las tóxicas «justificaciones» del Kremlin para llevar adelante su agresión imperialista -«una reacción defensiva ante el acoso de la OTAN», «desnazificar Ucrania»- y ofreció una total cooperación a Putin. Pero luego recogió cable, y adoptó una posición más matizada y pragmática, y al contrario que otros aliados internacionales de Rusia -Bielorrusia o Siria, por ejemplo- no votó en contra de la condena de la guerra en Naciones Unidas, sino que se abstuvo, alineándose con países como China o Cuba que piden el cese de las hostilidades y el diálogo entre las partes.

Se abre para Venezuela una oportunidad para aliviar el cerco de asfixia económica y comercial que desde hace dos décadas le viene imponiendo el hegemonismo norteamericano

Nadie debe llevarse a engaños. Washington sigue calificando a Venezuela como “amenaza a la seguridad nacional y la política exterior, y el gobierno de Biden sigue considerando a Guaidó como «presidente». La superpotencia va a seguir llevando -cuando toque- injerencias y amenazas contra el gobierno venezolano. Pero EEUU ha de atender ahora a imperativos estratégicos mucho más importantes (su propia economía, la estabilidad de su área de dominio europea, el desafío de la invasión rusa, y sobre todo la emergencia china), y eso ha reordenado sus prioridades. «EEUU no tiene amigos, sólo intereses». Esa máxima también vale para sus enemigos.

Pero sin embargo, se abre para Venezuela una oportunidad para aliviar el cerco de asfixia económica y comercial que desde hace dos décadas le viene imponiendo el hegemonismo norteamericano, y contribuir al normalizar sus relaciones a su propia estabilidad y a la del mundo entero.

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Washington también se lo replantea con Teherán y Riad

Por los mismos motivos que con Venezuela, la Casa Blanca está explorando la posibilidad de mejorar sus relaciones con otros países que son grandes productores de petróleo: Irán y Arabia Saudí.

En unos momentos donde la guerra de Ucrania hace escalar el precio de los hidrocarburos a cotas comparables a la crisis de 1973, la administración Biden mueve ficha también en el Golfo Pérsico. “Nos interesa mantener suministros de energía estables, incluso a través de gestiones diplomáticas”, ha dicho el Secretario de Estado, Antony Blinken. “Tenemos múltiples intereses y usamos la diplomacia para tratar de satisfacerlos”.

La pieza que parece más fácil de mover es Arabia Saudí. Durante décadas, este país lleva siendo un aliado y un gendarme militar norteamericano, con todo el entramado de relaciones de vasallaje y subordinación que eso conlleva. Pero en los últimos años, la petrosatrapía de la Casa Real saudí ha adquirido un cierto margen de autonomía nada bien visto en Washington. Además de las buenas relaciones comerciales con China, Arabia Saudí se ha beneficiado en los últimos años de una alianza con Rusia, otro gran productor de petróleo, para contener el suministro de ese combustible y de gas natural y mantener los precios altos.

En unos momentos donde la guerra de Ucrania hace escalar el precio de los hidrocarburos, la administración Biden mueve ficha también en el Golfo Pérsico.

Estas son -y no la denuncia de las atrocidades que comete el brutal régimen saudí contra su propia población o contra países como Yemen- los motivos que llevaron a la inteligencia norteamericana a señalar en 2018 al príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohammed bin Salman (MBS) como el autor intelectual del asesinato del periodista Jamal Khashoggi, que residía en Estados Unidos. Pero ahora Washington necesita que Arabia Saudí y sus aliados incrementen la producción. Riad y los Emiratos Árabes Unidos podrían colocar 2 millones de barriles diarios adicionales en el mercado si se lo proponen. Y eso implica que Biden y buena parte del establishment escondan en un cajón todo lo que han dicho de MBS.

Otro caso es el de Irán, país que podría colocar otro millón de barriles adicionales en el mercado, pero con el que Trump rompió el Pacto Nuclear, imponiéndole además durísimas sanciones que incluyen la exportación de petróleo, su principal fuente de divisas. Irán no sólo ha sido históricamente hostil a EEUU, sino que ahora tiene como presidente a Ebrahim Raisi, que hizo campaña contra el Pacto Nuclear. Las negociaciones entre Washington y Teherán para intentar resucitar el Acuerdo Nuclear, limitando el programa atómico a cambio de levantar las sanciones, podrían resolverse pronto, pero no está claro con qué resultado. Ahora que son evidentes las necesidades occidentales, el régimen de los ayatolás exigirá mayores concesiones.