El agitador ultra Vito Quiles lleva días plantándose a las puertas del domicilio de Javier Ruiz, – presentador de Mañaneros 360, el programa de La 1 líder de audiencia- esperándole, persiguiéndole hasta el portal y hostigándole en la puerta de su propia casa. En su domicilio, el lugar donde cualquier persona debería estar a salvo. Las imágenes son claras, las denuncias son explícitas, y aun así, nada ocurre.
No es la primera vez que Vito Quiles lleva a cabo este tipo de acosos fascistas. La periodista Sarah Santaolalla, también colaboradora de Mañaneros 360, lleva meses denunciando este tipo de persecuciones. Quiles y sus matones van a su trabajo, la esperan en la puerta, la persiguen en coche, poniendo en peligro su vida, y la asedian en el portal de su casa. Santaolalla ha sido perseguida a la salida de actos, de conferencias. Con amenazas, con intimidaciones, incluso ha llegado a resultar lesionada.
No estamos ante una pregunta incómoda en la calle. Estamos ante una estrategia de intimidación deliberada que cruza todas las líneas democráticas: invadir la intimidad, señalar el domicilio, generar miedo. En el caso de Santaolalla, la situación es aún más grave: la difusión de su dirección ha abierto la puerta a amenazas y a un linchamiento digital que pone en riesgo su seguridad.
Quiles no actúa solo, y no nos referimos sólo a los neonazis que le acompañan. Alguien paga los coches de alquiler, con lunas tintadas -cada dia uno distinto- que usa en sus persecuciones. Los “medios” para los que trabaja o ha trabajado -EDA TV por ejemplo- han sido generosamente financiados por publicidad institucional de la Comunidad de Madrid, o de CCAA y ayuntamientos gobernados por el PP y VOX.
Ambos, tanto Ruiz como Santaolalla, han denunciado a Viles en comisaría. La pregunta es ¿cómo es posible que la policía no actúe, que la Fiscalía no actúe, que la Justicia no actúe… ante un acosador fascista rodeado de matones? ¿Cómo es posible que alguien así pueda actuar impúnemente?
¿De verdad esto es tolerable en una democracia? ¿De verdad se puede permitir que un individuo acose a periodistas en la puerta de su casa durante días sin que haya consecuencias inmediatas?
La indignación no puede ser tibia, porque lo que estamos viendo no es un hecho aislado. Es una forma de actuar propia de la extrema derecha más agresiva: señalar, acosar, intimidar y convertir a periodistas en objetivos. Es una práctica que busca amedrentar, enviar un mensaje claro: “sabemos dónde vives”.
Y lo más grave de todo no es solo el acoso. Es la pasividad. Es el silencio. Es la ausencia de una respuesta contundente por parte de las Fuerzas de Seguridad y de la Justicia.
¿Qué tiene que pasar para que la policía actúe? ¿Hace falta una agresión física? ¿Hace falta que alguien cruce un punto de no retorno?
La inacción no es neutral. La inacción es complicidad. Cada día que este acoso continúa sin consecuencias, se legitima. Se normaliza. Se envía un mensaje peligrosísimo: que intimidar a periodistas sale gratis.
Y no, no sale gratis. No debería salir gratis. Porque lo que está en juego no es solo la seguridad de Javier Ruiz y Sarah Santaolalla. Es el derecho de toda la sociedad a tener un periodismo libre, sin miedo, sin amenazas.
Hoy son ellos. Mañana puede ser cualquiera.
