Una extrema derecha que gana posiciones en el continente

Panorámica del avance de la ultraderecha en Europa

La crisis del 2008 creó el caldo de cultivo de malestar social para el resurgimiento de la extrema derecha en Europa, éste no es el factor principal que explica su rápido ascenso de los últimos años, sino el patrocinio -ideológico, pero también financiero- de dos centros de poder externos.

Hace no tanto tiempo, una década y media quizá, en casi todos los países de Europa los partidos de extrema derecha -con discursos ultrareaccionarios y ultranacionalistas, xenófobos y racistas- ocupaban nichos marginales en el tablero político. Hoy gobiernan en varios países de la UE -Italia, Hungría, Polonia- participan en los gobiernos de otras naciones, o son la segunda o tercera fuerza, determinando buena parte del debate político europeo.

El tumor ultra se ha metastatizado, al calor radiactivo de dos grandes focos cancerígenos: por un lado, los centros de poder ligados al ala más reaccionaria del conservadurismo norteamericano, una alt-right norteamericana de la que el trumpismo es su forma más conocida; por otra parte, los ideólogos del Kremlin y su patrocinio de partidos y discursos ultranacionalistas y fragmentadores.

Seguramente hay que remontarse a las elecciones legislativas francesas de 2002 -en las que el Frente Nacional de Jean Marie Le Pen ganó un sorpresivo tercer puesto, superando a fuerzas históricas como el Partido Comunista Francés- para encontrar el momento en el que, tras las largas décadas tras II Guerra Mundial y la Guerra Fría volvió a asomar el hocico. Hasta ese momento, ni sus partidos, ni sus líderes ni sus discursos habían ocupado otra cosa que un insignificante papel marginal.

Muchos sociólogos señalan la crisis del 2008, originada en Wall Street pero luego trasladada a Europa, con su ola de austeridad, paro, recortes y desmantelamiento feroz de las estructuras del «Estado del Bienestar», como el origen del profundo malestar social que trajo la bancarrota de los partidos tradicionales y sus «patas bipartidistas» -la derecha conservadora democristiana, y la socialdemocracia- y el ascenso de dos vectores de signo contrario.

Por un lado, el surgimiento de fuerzas de izquierda rupturistas, anti-establishment y anti-troika (como Syriza, el Movimiento 5 Estrellas, Podemos o la Francia Insumisa).

Por otro lado, el patrocinio de fuerzas de ultraderecha, que apelan a un reaccionario sentimiento nacionalista, y sobre todo, que centran el blanco de la indignación en blancos como «el enemigo interno» (el inmigrante, el marginado, las regiones o países más pobres) o los sectores más oprimidos (las mujeres, el colectivo LGTBI). En una primera hornada de estas formaciones ultras podemos situar al Frente Nacional francés (ahora Rassemblement Nationale), al Vlaams Block (ahora Vlaams Belang) flamenco, a la Liga Norte de la Padania italiana, el FPÖ austriaco, o Amanecer Dorado en Grecia.

El foco de la infección

Si la crisis puso el caldo de cultivo de malestar social para el resurgimiento de la extrema derecha en Europa, éste no es el factor principal que explica su rápido ascenso de los últimos años. Ni siquiera la segura existencia -en las clases dominantes nacionales de cada país europeo- de elementos o de sectores dispuestos a financiar y a alentar a una ultraderecha dispuesta a enfrentar y a dividir entre sí a las clases populares.

Imagen de la última conferencia de la Conservative Political Action Conference (CPAC) norteamericana, celebrada este año en Hungría, con Viktor Orbán de anfitrión y la asistencia de gran parte de la extrema derecha europea

El despegue de la extrema derecha en Europa se ha dado alentado por el patrocinio ideológico, pero también financiero, de dos centros de poder externos.

Por un lado, tenemos a la alt-right norteamericana. Muchos de los partidos de la extrema derecha europea (La Lega, Hermanos de Italia, Le Pen, Vox) han estado adscritos o cercanos a The Movement, una suerte de «internacional de la extrema derecha» promovida por el que fuera principal asesor de Trump y referente de la alt-right norteamericana, Steve Bannon. Otros -también Vox- acuden regularmente a las reuniones de la Conservative Political Action Conference (CPAC), uno de los círculos más ultra reaccionarios del Partido Republicano y de la oligarquía norteamericana. La CPAC no sólo teje sus redes en Europa, sino en todo el mundo: en América Latina organiza cumbres con Bolsonaro o con los ultras de Argentina, Perú o Chile, por ejemplo.

El líder de la ultraderechista Lega italiana, Matteo Salvini, un declarado admirador de Vladimir Putin

Por otro lado -aunque ahora, con la guerra de Ucrania, traten de ocultarlo- tenemos la telaraña rusa. La ultraderecha de Le Pen recibió un préstamo de nueve millones de euros de un banco ruso que necesita la autorización del Kremlin, y oligarcas rusos cercanos a Putin -el magnate Alexey Komov- están detrás de la financiación de grupos integristas católicos afines a Vox, como Hazte Oír y su rama internacional Citizen Go. Ultraderechistas como Matteo Salvini han declarado su amor a Moscú, y el ideólogo de Putin -Aleksandr Dugin, admirador de uno de los inspiradores del nazismo, Martin Heidegger- es a su vez uno de los grandes gurús de todos los movimientos ultras de Europa.

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La ultraderecha en Europa: un cáncer con metástasis

Los que están en el gobierno

Desde hace poco, los Fratelli d’Italia de Giorgia Meloni -que incluyen en su logo la llama tricolor del Movimiento Social Italiano surgido en 1946 y liderado por jóvenes fascistas- gobiernan la tercera economía de la UE, junto con la también ultraderechista Lega de Salvini y la derecha de Silvio Berlusconi.

Pero mucho antes, en 2010, el ultraconservador Fidesz de Viktor Orbán subía al poder en Hungría, y desde 2015, el también ultracatólico Ley y Justicia ganaba las elecciones en Polonia. Desde entonces ambos países se han transformado en lo que muchos llaman «democracias iliberales», es decir, regímenes democráticos, pero con las libertades y derechos civiles severamente restringidos y con gobiernos fuertemente autoritarios.

Mucho más reciente (septiembre de 2022) es el ascenso a la coalición gobernante de los ultraderechistas de Demócratas de Suecia. Con sólo el 20% de los votos, esta formación procedente de una amalgama «blanqueada» de antiguos grupos neonazis, lograron ser la pieza clave para que los conservadores pudieran formar ejecutivo.

Otros países donde la extrema derecha gobierna como socios minoritarios de coalición son Estonia, Letonia y Eslovaquia, único miembro de la UE que, además, cuenta con presencia neonazi en su parlamento.

Los que son segunda, tercera o cuarta fuerza

Ya con una presencia consolidada en la oposición parlamentaria tenemos al Rassemblement Nationale  de Marine Le Pen, tercera fuerza política del país y postulante en las segundas vueltas de las presidenciales desde hace años. En Alemania, la extrema derecha de Alternativa por Alemania (AfD) irrumpió con fuerza en 2017. Luego AfD se ha desinflado, pero la implicación de varios de sus dirigentes en la trama golpista da cuenta de la amenaza que suponen. En España, Vox (también mermando) ha logrado apenas en tres años ser la tercera fuerza política y llegar por primera vez a un gobierno autonómico en Castilla y León.

En Finlandia y Eslovenia, la ultraderecha ya ha superado a los democristianos y lideran la oposición. En Bélgica el Vlaams Belang son ya la segunda fuerza. En Dinamarca y en Austria han retrocedido y son la tercera fuerza, pero a costa de que hasta los socialdemócratas hayan adoptado su ponzoñoso y xenófobo discurso. En Croacia, Portugal y Rumanía, nuevas formaciones ultraderechistas se catapultaron en las últimas elecciones y ya son la alternativa a las tradicionales.

Los que arrancan desde más abajo

En Reino Unido, el Brexit y la xenofobia han dado alas a la extrema derecha, ahora concentrada en el Reform Party, heredero del UKIP de Nigel Farage, hoy comentarista de televisión en GB News, la Fox británica, pero que está sondeando un regreso al primer plano para las próximas elecciones.

Grecia (donde se ilegalizó a los nazis de Amanecer Dorado y se encarceló a sus líderes por sus crímenes) Bulgaria y Luxemburgo son los países donde la extrema derecha ocupa una menor posición en sus parlamentos.

Y por último, Lituania, Malta e Irlanda son los tres países que hasta el momento se han librado de este cáncer del ascenso de la extrema derecha. Al menos, de momento.