Con su quinta y última temporada ya disponible en volumen 1, Stranger Things vuelve con todo: nostalgia, monstruos, y una promesa de cierre épico. Pero detrás del récord de audiencia y el fervor de muchos fans, se esconde una pregunta incómoda: ¿es este el gran final que la serie merece… o simplemente un último estirón calculado hasta exprimir su legado?
Stranger Things se estrenó en 2016 y se ha convertido en el buque insignia de Netflix. Es la serie que ha popularizado la plataforma, se convirtió en un fenómeno global sin precedentes en el mundo del streaming. Con una estética ochentera y una historia que recuerda a los Goonies, se mezcla con experimentos secretos del gobierno, con una chica con poderes mentales y una dimensión paralela, que fueron los ingredientes para este cóctel de éxito. Tal es así que no solo sirvió para que las ventas de Netflix se dispararan, sino que también se dispararon las ventas de gofres (debido a la obsesión con esta comida por parte de una de las protagonistas).
En sus primeros días, los primeros episodios de la temporada 5 sumaron 59,6 millones de visualizaciones, lo que convierte este arranque en “el debut en inglés más visto de la historia de Netflix” hasta la fecha. El volumen 1 (cuatro capítulos) aterrizó el 26–27 de noviembre de 2025, precediendo un lanzamiento fragmentado: el segundo volumen llegará en Navidad y el episodio final, en Nochevieja. Este modelo de “eventos navideños + final festivo” no solo alimenta la expectación sino que convierte el cierre en un evento mediático global, marcando un desenlace pensado más como espectáculo que como simple serie. Este éxito numérico y promocional refuerza la vigencia de Stranger Things como fenómeno pop, aunque no garantiza coherencia narrativa.
La crítica a la primera parte de la temporada es dividida. En portales de crítica, los resultados, si bien aún favorables, registran el valor más bajo de la serie: entre 84% y 86% de aprobación. Los elogios destacan la ambientación ochentera, el tono aventurero y por momentos entrañable, así como el retorno de personajes clave. Señas de identidad de la serie. Pero el reproche más repetido apunta a que la serie ha crecido en escala (monstruos, batallas, efectos, amenazas cósmicas) sin haber profundizado en la evolución emocional de sus personajes. “Más grande sin volverse más profunda”, como han señalado algunos críticos. Según algunos fans, los nuevos giros argumentales pierden la coherencia interna: personajes cuya evolución parecía madura vuelven a comportamientos casi infantiles, y tramas que apuntaban al cierre se sienten apresuradas o superficiales. Ese desequilibrio entre ambición visual y carencia emocional amenaza con manchar el legado de lo que fue una serie con alma juvenil, melancólica y llena de matices.
El reproche más repetido apunta a que la serie ha crecido en escala sin haber profundizado en la evolución emocional de sus personajes.
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Más allá del espectáculo: ¿por qué importa este final?
El final abrupto del volumen 1 ha disgustado mucho a los fans, por diferentes motivos. La serie, desde su primera temporada, funcionó como celebración y revisión nostálgica de los años 80: infancia, amistad, rebeldía contra lo autoritario, valores de comunidad. Al transformar a sus protagonistas en “cazadores de monstruos adultos”, con efectos grandilocuentes y tensiones sobrenaturales extremas, hace perder lo que los hacía especiales: su humanidad, sus miedos reales, su crecimiento emocional. Ese homenaje a películas como Los Goonies, donde chicos normales viven aventuras con tintes de fantasía, se está diluyendo. El desenlace se perfila como un gran espectáculo final, con producción cinematográfica, hype mediático, e incluso proyecciones en cines, un fenómeno de cultura global al servicio del consumo masivo, más que de la profundidad narrativa. Para una generación que creció con ellos, esto plantea un dilema: ¿celebramos el final como logro comercial o lamentamos el distanciamiento de aquello que hizo a la serie entrañable?
Con dos volúmenes pendientes (uno en navidad y el episodio final en Nochevieja) hay margen para que los creadores resuelvan los desequilibrios. Si logran hilar el desenlace emocional con la escala visual, el cierre puede tener fuerza. Pero si priorizan golpes de efecto, con riesgo de que la “estética ochentera + monstruos + nostalgia” prevalezca sobre la coherencia, dejarán un sabor amargo. En todo caso, el final de Stranger Things se jugará como símbolo: ¿será un testimonio generacional digno, o una jugada final de nostalgia comercial empaquetada para consumo mundial?
