EEUU ataca Siria

¡Ni misiles, ni armas químicas!

Los 103 proyectiles Tomahawk lanzados por navíos y aviones de la US Navy -en coordinación con las fuerzas de Reino Unido y Francia- han sacudido el mayor polvorín de Oriente Medio, una Siria en la que se cruzan una madeja de intereses y múltiples vectores geopolíticos en colisión.

Eran las 4:00 en la madrugada de Damasco. Al otro lado del globo, en el Despacho Oval, el dirigente de la potencia militar más mortífera del mundo daba rienda suelta a sus amenazas. La Casa Blanca -en aquelarre con Downing Street y el Elíseo- invocaban una tormenta de Tomahawks sobre Siria, haciendo llover explosiones que retumbaban por todo la incendiaria región de Oriente Medio. La enésima intervención norteamericana sobre Siria -la más anunciada, pero seguramente la más peligrosa- había comenzado.

En la inacabable guerra siria chocan no solo las fuerzas de EEUU y Rusia, sino las de potencias regionales como Irán, Turquía, Arabia Saudí o Israel, con cierto grado de autonomía. Cualquier escalada de violencia en la zona puede -en palabras del propio jefe del Pentágoono, el general James Mattis- «desencadenar una reacción fuera de control» y puede tener graves consecuencias para la estabilidad de Oriente Medio y para la paz mundial.

La superpotencia y sus dos cómplices han dirigido su ataque contra tres objetivos: un centro de investigación científica cerca de Damasco, dos almacenes con armas químicas en la provincia de Homs y un centro de mando ubicado también en esa provincia siria. La ofensiva ha golpeado específicamente las infraestructuras -de supuesta producción y almacenamiento- de armas químicas del régimen de Bachar Al Assad, y no ha producido víctimas mortales.

Washington ha conseguido alinear férreamente tras de sí -en lo que han llamado pomposamente “gran coalición internacional”- a las dos mayores potencias militares europeas de la OTAN: Reino Unido y Francia.

El alineamiento de Gran Bretaña -el más incondicional aliado de Washington en prácticamente todas sus aventuras bélicas- de la mano de Theresa May ha sido completo. Downing Street -que ha aportado cuatro aviones Tornado británicos al bombardeo- ha proclamado que el ataque a Siria ha sido “correcto, legal y exitoso”. La mandataria se ha saltado la obligación de someter a control del Parlamento la participación de la USAF en una acción militar estranjera, pero ha insistido en que ha sido «absolutamente por el interés nacional de Reino Unido”. Los laboristas, aunque ha calificado los bombardeos de “legalmente cuestionables”, no se plantean mayores medidas de protesta.

El mandatario francés, Emmanuel Macron -todavía más proyanqui que sus predecesores- se ha estrenado en el primer ataque militar de su presidencia. El Eliseo participó ordenando el lanzamiento de misiles desde aviones galos y desde fragatas ancladas en el Mediterráneo frente a las costas de Siria. Con esta implicación en los planes del Pentágono, Macron ha demostrado que -más allá de las desavenencias en el conflicto comercial entre EEUU y la UE- su gobierno busca una relación estrecha con Washington.

Una madeja de mentiras químicas y falsas banderas

La ofensiva se ha producido en represalia por el ataque con armas químicas contra el bastión rebelde de Duma, un abyecto crimen genocida que causó medio centenar de muertos entre la población civil -hombres, mujeres y niños, por inhalación del asfixiante gas cloro- y cientos de heridos. Washington atribuye el ataque químico al régimen de Bachar Al Assad, pero del que Damasco y Moscú niegan la autoría, atribuyéndola a la oposición siria prooccidental -o incluso a Londres, ha llegado a decir el Kremlin- para justificar la posterior intervención.

Dado el grado de intoxicación informativa y el carácter criminal y asesino tanto de el hegemonismo norteamericano como del Kremlin o del carnicero régimen de Bachar Al Assad, no es posible saber a ciencia cierta si el bombardeo químico es un acto de fuerza de Siria y Rusia para acelerar su victoria militar, reafirmando su aplastante dominio en unos momentos en los que la administración Trump había afirmado -semanas antes- su intención de retirar los 3000 soldados que tiene en suelo sirio. O bien, si es un «ataque de falsa bandera» norteamericano (o de sus cómplices) para justificar su intervención en la zona.

Ambas versiones antagónicas tienen tantos visos de verosimilitud como trampas tóxicas. Siria aceptó en 2013 renunciar a sus armas químicas después de que un ataque de gas nervioso matara a cientos de personas en Duma. Lo que aún se permite que Damasco tenga es cloro para uso civil, pese a que su utilización como arma está terminantemente prohibido. A pesar de ello, las denuncias por el uso de cloro de Asad han sido frecuentes durante la guerra, aunque a diferencia de los agentes neurotóxicos, el cloro nunca había producido el enorme número de víctimas de la semana pasada. Tanto el criminal régimen de Al Assad como la Rusia heredera de la superpotencia soviética han demostrado sobradamente que son capaces de cometer crímenes más obscenos que éstos.

La Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) tiene un equipo para evaluar el supuesto ataque con gas de la semana pasada, aunque el ataque coordinado de los aliados ha llegado antes de que los inspectores hayan tenido la oportunidad de reunir pruebas sobre el terreno. La verdad ha sido sepultada bajo las explosiones de los Tomahawk.

Pero si la autoría de Damasco o de Moscú en el ataque químico sobre Duma tiene es perfectamente plausible, no lo es menos la posibilidad de que la superpotencia norteamericana haya fabricado un caso de «ataque de falsa bandera» para justificar su intervención en Siria. EEUU tiene el récord de de lanzar guerras por motivos engañosos. El gobierno de Bush afirmó que el régimen de Saddam poseía armas químicas antes de que las tropas de la coalición estadounidense-británica invadieran Iraq en 2003. Armas de destrucción masiva que nunca existieron, y cuyas «irrefutables pruebas» esgrimidas por Colin Powell ante la ONU… resultaron ser un montaje.

Sea como sea, mientras tanto Siria se desangra en una guerra que no parece tener fin. El criminal ataque supone el recrudecimiento de una una vorágine de destrucción que ya ha costado medio millón de muertos, doce millones de refugiados (la mitad de la población), un país devastado hasta los cimientos. Una guerra, no lo olvidemos, que fue desatada por la superpotencia norteamericana en la era Obama, en sus planes de remodelar Oriente Medio.