No vamos a dar nombres. El lector seguro que puede poner uno u otro, lo dejamos a su gusto. Esta no es una reflexión contra nadie, pero sí un intento de clarificar un tema, cuya confusión puede acabar haciendo mucho daño a la literatura… y, por ende, al lector.
La situación se repite cada vez que un libro tiene lo que en lenguaje popular se llama un “pelotazo de ventas” (digamos de alguien que, sin ningún precedente, vende en un corto plazo 100.000 ejemplares o más de su libro). De inmediato se suscita un debate, que no por reiterado, deja de suceder. ¿El indudable éxito (de ventas) de ese libro es una garantía de su calidad literaria?
Es claro que cuando se habla de “éxito” por el número de ventas, se está hablando de un éxito comercial; pero ¿no implica ello, de alguna forma, un indicio de calidad? Si tanta gente lo lee, ¿no es que será bueno, que logra despertar el interés o la curiosidad en el lector y que tendrá a buen seguro valores literarios que lo hacen atractivo? Los lectores no son, de ningún modo, una masa de borregos, que van detrás de cualquier flautista de Hamelín que pasa por la calle. Entonces, ¿no habrá que reconocerle, necesariamente, al “éxito comercial” otro tipo de valores, en este caso “valores literarios”, sean cuales sean? ¿Y, por tanto, no les faltará cierta razón a los autores de éxito cuando responden a las críticas a sus obras, señalando que lo que mueve a sus críticos no es otra cosa que la envidia y el resentimiento… por el éxito que han obtenido?
Hoy asistimos a un nuevo capítulo de este debate interminable. Y convendría empezar a matizar las cosas, para asentarlas en suelo material y no en las nubes. Primero hay que señalar que, que se vendan muchos ejemplares no quiere decir que todos se lean. El efecto de “arrastre” en las ventas masivas es algo muy conocido en el márketing, y se acentúa mucho si el libro consigue ser recomendado por “líderes de opinión” (no necesariamente especialistas en materia literaria) y si, además, el libro y el autor se adscriben claramente a una tendencia política o social relevante en ese momento. Eso, más una publicidad adecuada, pueden ayudar mucho a un libro a convertirse en “un fenómeno de ventas”, sin que ello presuponga ningún valor literario genuino. Bien es sabido, por ejemplo, que cada Navidad se regalan en España decenas de miles de ejemplares del Premio Planeta del año, que se van directamente a dormir en los anaqueles del comedor del receptor, que no los abrirá nunca. Se venden, sí; se leen, no.
¿El éxito de ventas conlleva necesariamente la calidad del libro?
Pero el que aun así se vendan, e incluso se lean, por decenas o cientos de miles, no tiene el efecto “mágico” de conferirle al texto interés y valor literario. Nunca ha habido una correlación directa entre el tamaño de las ventas y el, por así llamarlo, “tamaño literario”. Además, el éxito en un determinado momento no asegura que vaya a seguir siéndolo en el tiempo. Y, al contrario, el “fracaso” inicial de un libro, no significa que no vaya a ser un “éxito” con el tiempo. Recordemos cómo libros que hoy son considerados clásicos, y venden millones de ejemplares en todo el mundo, como La metamorfosis de Kafka o Dublineses de Joyce, apenas si vendieron unos cienos de ejemplares en vida de sus autores. ¿Quién leerá dentro de cien años los superventas de hoy? Seguramente, nadie.
Hay, no obstante, que evitar el error de creer que un libro que venda mucho necesariamente es de baja calidad y que, en cambio, un libro que vende poco seguramente sí la tiene. Esta es una falacia que utilizan muchos autores mediocres para consolarse ante los duros reveses del mercado. Estas “víctimas” del mercado, de hecho, coinciden con los que confunden éxito con calidad: unos y otros dejan de utilizar verdaderos criterios de calidad literaria a la hora de ejercer sus juicios. El autor de éxito invoca, ante todo, el gusto de los lectores. El escritor resentido, las maquinaciones del mercado.
Libros de enorme éxito y gran calidad abundan: Cien años de soledad ha vendido millones de ejemplares y eso que nunca hubo una campaña publicitaria detrás. Libros de enorme éxito y nula calidad también abundan: por citar uno, el famoso Código Da Vinci, texto literariamente infumable que vendió millones de ejemplares en todo el planeta.
¿Toda crítica a un libro exitoso está movida por la envidia y el resentimiento?
La realidad, por tanto, es que no se puede establecer ningún vínculo de necesidad entre el éxito y la calidad (ni tampoco, por supuesto, entre el fracaso y la calidad). Y, por tanto, resulta del todo inaceptable que el autor de éxito trate de desacreditar al crítico (y siempre lo hace) con el manido argumento de que lo mueve exclusivamente la envidia y el resentimiento. Ni mucho menos. El éxito no da ninguna patente de corso al autor. Y el crítico puede ser, perfectamente, un auténtico profesional, con capacidad y recursos para poner de relieve, a través de la crítica, la total falta de valores literarios de un libro determinado, haya vendido lo que haya vendido. E, incluso, le asiste el derecho a enfatizar los riesgos probados que conlleva el tener un éxito desmesurado.
Como nos recuerda el crítico Ignacio Echevarría en su reciente columna en el suplemento El Cultural (que lleva por título “En la cresta de la ola”) “el éxito puede tener por efecto el deseo irresistible de repetirlo, de adular a los mismos lectores que lo aclamaron y de hacerlo repitiendo fórmulas o exagerándolas penosamente, en su resuelto empeño de no defraudar y de hacer aquello que suponen que se espera de ellos”. Por ello reclama al buen escritor, no que eluda el éxito, sino que aprenda a “defenderse de él, de sus más corrosivos efectos, entre los que se cuenta -y no es poco peligro- el de abaratarse y trivializarse”.
